El fanatismo y sus consecuencias

Siguiendo el curso de nuestra filosofía espiritista, fecundo manantial de inspiración en donde la inteligencia humana puede entregarse sin recelo, alguno al estudio de las cosas, vamos a hacer algunas observaciones sobre esa fatal epidemia que tanto perjudica a la Humanidad y a la que grandes pensadores y sabios filósofos dieron el nombre de fanatismo u obstructor de las inteligencias.

Fanatismo, en su verdadero sentido, es alucinación del espíritu, demasiada credulidad en todo, pobreza moral, atmósfera que envenena, costumbre que relaja, velo que ofusca la razón, prisión donde el espíritu gime cautivo sin desarrollo moral e intelectual, sin luz, sin aire, sin vida, sin más porvenir que el error, sin otro horizonte que las sombras y sin más extensión que el reducido círculo de una costumbre rutinaria o una obcecación sin límites. En todas las creencias hay grandes verdades y gravísimos absurdos; ahora sólo falta saber distinguir éstos de aquéllas.

El espíritu que ya ha adquirido un gran progreso, tiene mayor desarrollo intelectual, y por consiguiente, más conocimiento para recoger lo bueno y repudiar lo que no se ajusta a la bondad y a la armonía. Pero el pobre que por su inactividad en progreso ha dejado desfallecer su inteligencia sumiéndola en un cao de preocupaciones y errores, no puede tener el necesario discernimiento para separar la verdad de la mentira, lo justo, de lo injusto. Y el fanatismo, imperando en él, le subyuga, le tiene maniatado de su inteligencia la luz de la razón, le convierte en un ser rutinario e intransigente, hasta con los hechos más reales y positivos.

¡Ah! ¡Lástima da ver a la multitud de seres dejarse llevar por un cúmulo de frases dictadas por espíritus tan atrasados como ellos, sin pararse en averiguar los grados de verdad o mentira que encierran! Vérseles arrastrados por la impetuosa corriente de la superstición y adheridos a las sombras, cual los topos, entre las cuales consumen estérilmente la actividad de su alma sin poder arrancar la tupida venda que les ciega. Lo hemos dicho otras veces y no nos cansaremos de repetirlo: el fanatismo es un mal crónico en la Tierra, que necesita muchos siglos de progreso para su completo exterminio.

Es el constante auxiliar del error, que subyugando a los espíritus excesivamente crédulos, los lleva a la impotencia para el bien y al cumplimiento de los más recomendables deberes; de aquí nacen con frecuencia la discordia en las familias y la relajación de los vínculos amorosos y sociales. Donde la adhesión a una creencia se convierte en fanatismo, no es posible su discusión razonada, porque el fanatismo ciega y la discusión degenera en inmoral pugilato. Y no crean nuestros lectores que aludimos a una sola creencia, sino que nos referimos a todas en general, sin exceptuar la nuestra; pues en todas ellas existen millares de fanáticos que las desacreditan y dificultan el progreso. Dos clases hay de fanáticos: el instruido y el ignorante. El primero es mucho más temible; porque apoyándose en su instrucción, representa un papel más importante en la sociedad y una influencia más activa.

Créese un Aristóteles o un Séneca, y nadie es capaz de hacerle desistir de sus preocupaciones y constante obcecación; así es que, en sus discusiones son intransigentes, antilógicos en sus razones, y despóticos con los demás, a quienes juzgan inferiores. El orgullo les domina en tan alto grado, que no quieren ser aconsejados, sino consejeros; no se creen enfermos de inteligencia, sino con profundísimos conocimientos para recetar a la Humanidad toda, y sus recetas son un veneno activo que, cayendo sobre inteligencias enfermizas e ignorantes, las dispone a creer todos los absurdos imaginables y poner en práctica cuantos errores pueda crear el atraso de ciertos espíritus. De este modo, los unos, merced a su falsa sabiduría, esparcen la confusión; y los otros, víctimas de su ignorancia y excesiva credulidad, forman el grueso del ejército del fanatismo, dispuestos siempre a repeler con la fuerza toda idea regeneradora y progresiva. Del fanatismo nace la intolerancia; de ésta, el desorden, y de aquí el gran equilibrio social y las continuas luchas que, tanto tiempo vienen siendo el azote de las humanidades.

El fanatismo es el detractor del progreso, el sarcasmo de las religiones y el opresor de las inteligencias. Nosotros los espiritistas amamos la razón, porque ésta es hija de la verdad; y la verdad es purísimo destello del amor infinito. Amamos el progreso indefinido, porque en pos de él venimos a la Tierra, y detestamos el fanatismo, porque se opone a la civilización, al desarrollo moral e intelectual, a la verdad y a la luz.

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro «Cuentos Espiritas»

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