Bendecida caridad

Uno de los trasplantes más sencillos, con problemas mínimos de rechazo y de resultados extremamente felices, es el de córnea.

La cirugía para la retirada de los ojos del donador es rápida, no deja marcas exteriores y puede ser realizada hasta seis horas después de la muerte, lo que evita el problema a que nos referimos en el capítulo anterior.

Todos podemos donar nuestros ojos, sin restricciones en cuanto a la edad o a las circunstancias de la muerte. Desde que no estén comprometidas por lesiones, las corneas serán aprovechadas. Para hacerlo basta buscar un banco de ojos en nuestra ciudad (funciona generalmente en un hospital) y realizar la inscripción. En ciudades menores cualquier médico, oftalmólogo de preferencia, orientará al respecto.

Paralelamente, informemos a los familiares sobre las disposiciones, para la posibilidad de nuestro fallecimiento. Sobre todo, es necesario concientizarlos de que no les compete contrariar nuestras disposiciones al respecto del cuerpo que dejamos. Nuestra voluntad debe ser respetada. Ese cuidado es indispensable, ya que alguien deberá dar el consentimiento para la cirugía y es muy común que nadie se disponga a hacerlo.

Prevalecen en esas ocasiones las supersticiones milenarias al respecto de la muerte. Muchos consideran una profanación el aprovechar los órganos del difunto, dominados por viejos condicionamientos. Más allá de constituir un ejercicio de valor, rompiendo con arraigados preconceptos, la donación de los ojos es un bendecido acto de caridad.

Imaginemos nuestra alegría en la Espiritualidad, al recibir la noticia de que nuestra modesta contribución, pequeña parte de una ropa en desuso, proporcionó a alguien el más precioso de todos los tesoros: ¡el don de ver! Y no tengamos duda de que habrá un cuidado más amplio de los benefactores espirituales, evitando que nuestra generosidad implique cualquier perturbación para nosotros, proporcionándonos, aun, condiciones para que más fácilmente superemos los problemas de adaptación a las realidades de más allá del túmulo. A ese propósito, oportuno destacar la experiencia del joven Wladimir Cezar Ranieri, descrita en el libro “Amor e Saudade”, organizado por Rubens Sílvio Germinhasi, con mensajes psicografiados por Francisco Cándido Xavier.

Wladimir hizo la donación de sus ojos, extraídos después de la muerte motivada por un disparo que le alcanzó el pecho. Transcribimos fragmentos del mensaje del joven suicida, dirigida a los padres, donde hay referencias a los beneficios que recogió como donador, a pesar del gesto loco:

“Se que entré en una pesadilla en que veía mi propia sangre brotando del pecho como si aquel hilo rojo no hubiese manera de acabar”.  

“El suicida es un detenido sin barrotes”.

“Admito que los hermanos con problemas semejantes a los míos se reconocen presos sin cadenas y sin cárcel, porque nadie huye de si mismo”.

“Gracias a Dios, mejoré de la hemorragia incesante que me enloquecía. Después de algunas semanas de aflicciones, un medico apareció con una buena nueva”.

“Él me decía que las oraciones de una persona que se benefició con las córneas que doné al Banco de Ojos se habían transformado para mi en un pequeño tapón que, colocado sobre mi pecho en el lugar donde el proyectil me alcanzó, hizo cesar el flujo de sangre inmediatamente. Yo, que no hice bien a los otros, que olvidé siempre la hora de servir, comprendí que el bien mismo hecho involuntariamente por una persona muerta es capaz de revigorizarnos las fuerzas de la existencia”.

Richard Simonetti
¿Quién tiene miedo de la muerte?
Traducido por R Bertolinni

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