Luis y la costurera de botines

Hace siete u ocho meses, el llamado Luis G…, zapatero, cortejaba a Victorina R…, costurera de botines, con la cual debía casarse muy próximamente, pues las proclamas estaban publicándose. En estas circunstancias, los jóvenes se consideraban como definitivamente unidos, y por medida de economía, el zapatero iba cada día a comer a casa de su futura.

Un día que Luis fue, como de costumbre, a cenar a casa de la costurera, sobrevino alguna disputa por una bagatela. Ambos se obstinaron de tal modo y llegó el asunto a tal estado, que Luis dejó la mesa y partió jurando no volver más. Al día siguiente, el zapatero fue a pedir perdón. La noche es buena consejera, como se sabe, pero la obrera, quizá prejuzgando, según la escena de la víspera, lo que podría acontecer cuando no habría tiempo de desdecirse, rehusó reconciliarse. Ni las protestas, ni las lágrimas, ni la desesperación, pudieron ablandarla.

Muchos días pasaron desde que riñeron. Esperando Luis que su amante sería más tratable, quiso dar el último paso. Llegó, pues, y llamó de modo que se le conociera, pero no le abrieron. Entonces el pobre desahuciado reiteró las súplicas, hizo nuevas protestas sin que lograra la entrada, pero nada pudo conmover a la implacable pretendida. “¡Adiós, pues, malvada! -exclamó el pobre mozo-, ¡adiós para siempre! ¡Procurad encontrar un marido que os ame tanto como yo!”. Al mismo tiempo, la joven oye una especie de gemido ahogado, después un ruido de un cuerpo que caía resbalando al lado de su puerta, quedando todo en silencio. Entonces creyó que Luis se había sentado en el suelo esperando que saliera, pero se propuso no salir hasta que él se marchara.

Apenas había pasado un cuarto de hora de esta escena, cuando un vecino, que pasaba con luz por el descanso de la escalera, lanzó una exclamación y pidió socorro. Al momento llegaron los vecinos, y Victorina abrió también su puerta. Un grito de horror profirió al ver tendido en el suelo a su prometido, pálido e inanimado. Todos se apresuraron a socorrerle, pero todo era inútil, había dejado de existir. El desgraciado joven había hundido su cuchilla en la región del corazón, y el hierro había quedado en la herida.

Sociedad Espirita de París, agosto de 1858.

Al espíritu de san Luis:

1. La joven, causa involuntaria de la muerte de su amante, en este caso, ¿incurre en responsabilidad?

R. Sí, porque no le amaba.

2. Para prevenir una desgracia, ¿debía casarse a pesar de su repugnancia?

R. Ella buscaba una ocasión para separarse de él. Hizo al principio lo que hubiera hecho más tarde.

3. ¿De modo que su culpabilidad consiste en haber fomentado en él sentimientos en los cuales no tomaba parte, sentimientos que fueron la causa de la muerte del joven?

R. Sí, esto es.

4. ¿Su responsabilidad, en este caso, debe ser proporcionada a su falta, ésta no debe ser tan grande como si se hubiera provocado voluntariamente la muerte?

R. Evidentemente.

5. ¿El suicidio de Luis encuentra una excusa en el extravío en que le había puesto la obstinación de Victorina?

R. Sí, porque su suicidio que proviene del amor es menos criminal a los ojos de Dios que el suicidio del hombre que quiere librarse de la vida por un motivo de cobardía.

Al espíritu de Luis G…, habiendo sido evocado, se le dirigieron las preguntas siguientes:

1. ¿Qué pensáis de la acción que habéis cometido?

R. Victorina es una ingrata, hice mal en matarme por ella, porque no lo merecía.

2. ¿No os amaba?

R. No, lo creyó al pronto, se hizo la ilusión. La escena que presenció le abrió los ojos, entonces se alegró y tomó este pretexto para desembarazarse de mí.

3. Y vos, ¿la amabais sinceramente?

R. Tenía pasión por ella, y nada más. Así lo creo, pues si la hubiera amado con un amor puro, no le hubiese causado ningún disgusto.

4. ¿Si ella hubiera sabido que queríais realmente mataros, habría persistido en su negativa?

R. No lo sé, no lo creo, porque no es mala, pero hubiera sido desgraciada. Para ella incluso es mejor que los acontecimientos hayan sucedido de este modo.

5. ¿Al llegar a su puerta, teníais intención de mataros en caso de una negativa?

R. No, no pensaba en ello, no creía que fuese tan obstinada. Sucedió que, cuando vi su obstinación, un vértigo me dominó.

6. Parece que no sentís vuestro suicidio sino porque Victorina no lo merecía. ¿Es éste el único sentimiento que experimentáis?

R. En este momento, sí. Estoy aun completamente turbado, me parece estar en la puerta, pero siento otro estado que no puedo definir.

7. ¿Lo comprenderéis más tarde?

R. Sí, cuando haya salido de la turbación… He obrado muy mal, debía haberla dejado en paz. He sido débil y pago la pena. Ya veis, la pasión ciega al hombre y le hace hacer muchas tonterías. Las comprende cuando ya no hay tiempo.

8. Decís que pagáis la pena. ¿Qué pena es la que sufrís?

R. Hice mal en abreviar mi vida. No podía hacerlo, debía soportarlo todo primero que acabar antes de tiempo, y además, soy desgraciado, sufro. Siempre es ella la que me hace sufrir. Me parece estar aún allí, a su puerta. ¡Ingrata! No me habléis más de ella, no quiero recordarla. Me hace mucho daño. Adiós.

Otra vez vemos en esto una nueva prueba de la justicia distributiva que preside al castigo de los culpables, según el grado de su responsabilidad. En la circunstancia presente, la primera falta está en la joven que había fomentado en Luis un amor que ella no tenía y se burlaba de él. Ella tendrá, pues, la mayor parte de la responsabilidad. En cuanto al joven, también es castigado por el sufrimiento que tiene, pero su pena es ligera, porque no ha hecho más que ceder a un movimiento irreflexivo y a un momento de exaltación, en lugar de la fría premeditación de los que se suicidan para sustraerse a las pruebas de la vida.

Allan Kardec
Extraído del libro “El cielo y el infierno.”

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.