Tristeza

En todas partes, la tristeza surge en la tierra a la manera de sombra bajo diversas modalidades.

Vemos la tristeza delictuosa de quien no consigue arrojarse al despeñadero del crimen.

Tenemos la tristeza desordenada de aquellos que no pudieron implantar la discordia.

Auscultamos la tristeza destructiva de cuantos solo encuentran frustración en sus planes perversos.

Sondamos la tristeza malévola de aquellos que se vieron inhabilitados para herir…

Identificamos la tristeza coagulante de los enemigos del trabajo que hacen de las horas culto permanente a la ociosidad y a la penuria…

Tristeza de la envidia que envenena la prosperidad de los otros…

Tristeza de la maledicencia que recoge en su curso el antídoto de la bondad…

Tristeza del orgullo cuando no logra sobreponerse a la virtud ajena…

Tristeza de la vanidad que no puede elevarse a la galería de la ostentación…

Tristeza de ricos que ignoran deliberadamente las oportunidades de luz que les enriquecen la existencia, encerrándose, ellos mismos, en cadenas de desordenada ambición y tristeza de pobres que olvidan conscientemente los recursos de amor que Dios les confiere, aprisionándose, ellos mismos, en la cárcel de la incontinencia y de la maldad, de la rebeldía y de la indisciplina…

Tristeza de jóvenes que se olvidan de los propios deberes y se arruinan en la furia de pasiones deplorables, y tristeza de viejos que huyen de las obligaciones que la madurez les delega y se anulan en la corriente sombría del desespero y del dolor inútil…

Pero la peor tristeza de todas, es aquella que nace de la inconformidad en el aprendiz de Jesús, llamado a edificar la verdadera alegría en la Tierra, porque, desconociendo la sublimidad del sacrificio del Divino Maestro, que convirtió la propia cruz en gloriosa resurrección, el seguidor del Evangelio, traído al servicio de la paz, a la humildad y al optimismo, que recogiéndose a la tristeza vacía y estéril, es el mayor agente de contaminación de la pereza y del desánimo, por hacerse instrumento vivo de los anestésicos del mal.

Emmanuel

Médium Francisco Cândido Xavier
Del libro Bendiciones de amor
Espíritus Diversos
Traducido R Bertolinni

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