Testimonio de gratitud

La propuesta del programa televisivo era encontrar parientes que habían perdido contacto, con el pasar de los años. Los testimonios presentados eran los más diversos, por parte de muchos que, por un motivo u otro, desconocían el paradero de familiares, debido a los distintos caminos trazados. Eran historias de desencuentros y separaciones, de dolores que el tiempo se había encargado de calmar pero que, ante la oportunidad del reencuentro, retornaban con fuerza e intensidad. Y así fue como ella contó la historia de su vida.

Estaba embarazada. Era joven, sin independencia, bajo condiciones financieras precarias, sin ningún apoyo familiar. Al dar a luz, su corazón de madre pensó en el futuro de su hija. Con los dolores dilacerándole el alma, la dio en adopción. Había conocido vagamente la familia que la adoptaría: tenían buenas condiciones financieras y deseaban, ardientemente, un hijo. Aquella familia seguramente la amaría.

Décadas habían transcurrido. Ahora, allí estaba ella delante de las cámaras, buscando a su hija, hablando del dolor que aún traía en el alma. Su gran miedo, entretanto, era el de no ser comprendida por ella, pues la había dado en adopción, en sus primeros días de vida.

La historia llegó hasta la hija, contada de boca en boca, por los que se conmovieron con el hecho. Sin embargo, ella vivía en una ciudad muy distante. Entonces, la red de televisión tomó la iniciativa de ir hasta la hija, para entrevistarla. Madre de familia, rodeada por sus dos hijas adolescentes, empezó su testimonio.

Quería agradecer profundamente a la mujer que es mi madre. Soy madre y puedo evaluar el dolor que ella sintió al tener que darme en adopción. Solo un amor muy grande es capaz de hacerlo. Ella renunció a criarme para que yo tuviera una vida mejor. Soy solo gratitud para con mi madre biológica.

Al concluir, las lágrimas corrían por su rostro, emocionando también a sus hijas. Ninguna palabra de reproche. Ningún juicio, rencor o cobranza. Ella se puso en el lugar de su madre biológica y se compadeció. Entendió sus dolores, su drama y le agradeció. Se permitió la compasión.

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La compasión nace de la empatía que nos permitimos tener por el otro, cuando nos ponemos en su lugar, cuando buscamos entender lo que le ha llevado a tomar determinada actitud, su situación, posibilidades y limitaciones. Ningún juicio innecesario, casi siempre injusto. Solo compasión por el dolor del otro, comprensión de las dificultades y dramas que le rodean. Antes de juzgar, acordémonos de que muchas personas en el mundo enfrentan batallas que ni imaginamos.

No son pocos los que transitan por los caminos de la vida cargando dramas intensos, y dando lo mejor de sí para afrontar adecuadamente las dificultades. El buen samaritano se llenó de compasión y atendió al hombre al borde del camino. Hagamos lo mismo. Hay tantos caídos por los caminos, que necesitan de nuestra compasión y no de nuestros juicios precipitados. Y, en muchas situaciones, que necesitan también de nuestra gratitud.

Redacción del Momento Espírita.

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