Flores de nostalgia

Si pretendemos venerar la memoria de familiares queridos, transferidos para el Más Allá, elijamos el lugar ideal: nuestra casa.

Usemos muchas flores para adornar la Vida, en el acercamiento al hogar; nunca para exaltar la muerte, en la frialdad del cementerio. Ellos preferirán, invariablemente, recibir nuestro mensaje de cariño, por el correo de la añoranza, sin el sello fúnebre.

Es bueno sentir añoranza. Significa que hay amor en nuestros corazones, el sentimiento supremo que presta significado y objetivo a la existencia.

Cuando amamos de verdad, con aquel afecto puro y despojado, que tiene en las manos el ejemplo mayor, nos sentimos fuertes y resolutos, dispuestos a enfrentar el Mundo. Y tal vez Dios haya inventado la ilusión de la muerte para que superemos la tendencia milenaria de aprisionar el amor en círculos cerrados de egoísmo familiar, enseñándonos a cultivarlo en plenitud, en el esfuerzo de la fraternidad, del trabajo en favor del semejante, que nos lleve a las realizaciones más nobles.

No permitamos, así, que la añoranza se convierta en motivo de angustia y opresión. Usemos los filtros de la confianza y de la fe, dulcificándola con la comprensión de que las uniones afectivas no se encerrarán en la sepultura.

El Amor, esencia de la Vida, se extiende, indestructible, a las moradas del Infinito, puente sublime que sustenta, indeleble, la comunión entre la Tierra y el Cielo…

Hay, pues, dos motivos para no cultivar la tristeza:

Sentimos añoranza – no estamos muertos…

Nuestros amados no están muertos sienten añoranzas…

Y si fuésemos capaces de orar, arrepentidos y serenos, en esos momentos de evocación, rociando las flores de la añoranza con la bendición de la esperanza, sentiremos la presencia de ellos entre nosotros, envolviendo suavemente nuestros corazones con cariñosos perfumes de alegría y paz…

Richard Simonetti
¿Quién tiene miedo de la muerte?
Traducido por R Bertolinni

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