Libertad cristiana

“Todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen”

Fijando los límites de la libertad cristiana o, en otras palabras, estableciendo reglas para el buen tono evangélico, advierte Pablo a los miembros de la Iglesia por él fundada en Corinto, Grecia, en 1ª Cor. 10:23, en cuanto a la licitud y conveniencia de las cosas.

La orientación Paulina es sabia y equilibrada, dado a que favorece nuestra comprensión en cuanto al comportamiento heterogéneo de los hombres, en determinadas circunstancias de la vida común. Para una mayor claridad del pasaje en estudio, la reproducimos también según otras traducciones bíblicas: “Todo me está permitido, mas no todo conviene; todo me es permitido, mas no todo edifica.” En primer lugar, recalquemos al respecto, al Libre Albedrío individual, en el substrato ético del Cristianismo: todo está permitido al hombre, mas él modificará esa libertad de elección, dejará de usar ese permiso tan luego la Espiritualidad le muestre más amplios horizontes evolutivos, o la evolución le muestre más amplios horizontes espirituales.

El hombre puede hacer esto o aquello, desde que en esto o aquello se complace. Con todo, esclavo es el hombre en la cosecha, dado a que lo que es libre, es la siembra. El pensamiento del Apóstol de los Gentiles es algo parecido, en el tópico bajo análisis, con el del Maestro (a quien Pablo tanto supo amar y a cuyo ideal tan bien supo servir), cuando rogaba por los discípulos, en la llamada “oración sacerdotal”: “Padre, no ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal.” La advertencia de Pablo nos lleva, inicialmente a reflexionar en cuanto a la conveniencia o no, de ciertas cosas.

Nos impele, igualmente, hacia un detalle significativo: cuando un hombre determina su voluntad hacia las realidades eternas, (del Bien y la Moral, del Sentimiento y de la Cultura), ciertas normas de vida son, para él, evidentemente lícitas, pero no le convienen. No le convienen porque no le edifican. No le construyen íntimamente. No le perfeccionan. No le aprovechan al Espíritu Inmortal.

Estudiemos este asunto, delicado sin dudas, bajo algunos aspectos de la vida de relación. La vida social, teóricamente, es agradable y necesaria algunas veces al mantenimiento del círculo de amistades que el hombre forja día a día. Entre tanto, hay criaturas que colocan este problema en términos tales, que llegan a afirmar: “Mi vida social es tan intensa, tan absorbente, que no me queda tiempo para nada más.” Es entonces el caso de ponderar con el Apóstol: Es lícito mantener una vida social, con todo, si tal programa, por su intensidad, se torna obsesivamente esclavizante y esclavizantemente obsesivo, con perjuicio para otro sublime programa, (el de las ocupaciones espirituales), obviamente no conviene, porque no edifica. Otro caso, ahora relacionado con las diversiones.

Hay personas que las frecuentan, durante casi la semana entera, no reservando siquiera una noche para la visita a un enfermo, a un encarcelado, a uno que sufre, a un amigo que atraviesa una prueba. Comparecer a diversiones instructivas, es naturalmente cosa lícita, inclusive porque ventilan y educan al Espíritu, aliviándolo de las sobrecargas mentales de un día de intenso trabajo. Es lícito, sin duda, pero no conviene al aprendiz de buena voluntad, procurarlas muchas veces en la semana, porque esas noches serán más cristianamente vividas si son utilizadas en la visita a los necesitados o en el cumplimiento de cualquier tarea espiritual. En suma, el problema de la criatura, realmente interesada en dinamizar la propia renovación, es el de la vivencia cristiana por un mayor número de horas. Renovarse es liberarse. Liberarse es ascender en la comprensión y en el entendimiento. Cada hora, en nuestra existencia, es una oportunidad que nos compete valorizar, utilizándola en el Bien, en cualquiera de sus variadas modalidades. Frecuentar las diversiones educativas, (simplemente las educativas y nunca las licenciosas) una vez que otra, es cosa lícita. El Espiritismo no pretende privarnos de ellas. Con todo, si se torna el hombre esclavo de las filas, obcecándose por los anuncios de espectáculos, no conviene porque no edifica. Penetremos bien en el pensamiento de Pablo: “Todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen.”

Martins Peralva
Extraído del libro «Estudiando el Evangelio a la luz del Espiritismo»

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