Extraño culto

– ¿Hola, paseando?

– Si, voy a visitar a mi hijo.

– ¡¿Cómo?! ¡Pero él no murió?!

– Voy al cementerio…

Este diálogo surrealista ocurre con frecuencia. Las personas se disponen a visitar a los muertos en el cementerio. Llevan flores y cuidan con mucho cariño de la tumba, la “última morada”.

Determinados cultos religiosos llegan a orientar a sus profesantes en el sentido de llevarles alimentos. Y hay la tradicional quema de velas, para “iluminar los caminos del más allá”.

Cierta vez, en mi infancia, algunos compañeros y yo, jóvenes habilidosos, fuimos al cementerio donde “robamos” decenas de velas, pretendiendo usarlas en nuestras bromas. Al tener conocimiento de la proeza, mi abuela, una viejita italiana muy querida, celosa de las tradiciones religiosas, las recogió todas y, después de regañarme con severidad por la falta de respeto, las encendió en el balcón de nuestra casa.  

– Velas por intención de las Almas – explicó solemne – ¡deben quemar hasta el fin!

Di gracias a los Cielos por verla desistir de la idea de obligarme a volver al cementerio, en plena noche, devolviéndolas, encendidas, a los “propietarios”. Con la generosidad que le era peculiar, aceptó el argumento de que sería imposible identificar exactamente las sepulturas de donde las retiramos.

Hay una increíble deformación en las concepciones al respecto del asunto. Mucha gente no consigue asimilar plenamente la idea de que el Espíritu eterno sigue su destino en el Plano Espiritual, dejando en el cementerio solo ropas carnales en descomposición, que nada tiene que ver con su individualidad, tanto como el traje de un individuo no es él mismo.

La frecuencia a los cementerios se configura, así, como un auténtico “culto a los cadáveres”, que desaparecerá en la proporción en que la criatura humana, asimila nociones más amplias sobre la vida espiritual.

Resáltese que cuando pensamos intensamente en aquellos que partieron es como si los evocásemos, trayéndolos hasta nosotros. No convirtamos, por tanto, las necrópolis en “salas de visita del más allá”. Hay lugares más agradables para ese contacto principalmente para el “muerto”.

Si él desencarnó recientemente y aun no está perfectamente adaptado a las nuevas realidades, se sentirá con pocas ganas de contemplar sus despojos carnales.

Richard Simonetti
¿Quién tiene miedo de la muerte?
Traducido por R Bertolinni

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.