Miedos infantiles

Existen criaturas que tienen miedos inexplicables. Sin que nadie las haya amedrentado con figuras monstruosas, con la oscuridad o ahogamientos, ellas demuestran temer a la oscuridad, al mar, el río, a las armas. Se atemorizan y corren asustadas para el cuello de los padres, o quedan paradas, llorando escandalosamente, frente a determinadas situaciones. Hay hasta incluso bebés que duermen tranquilos en el regazo materno. La madre les deja dormiditos, los besa con dulzura y los cubre, llena de cariño. Mientras tanto, en cuanto ella sale del cuarto y apaga la luz, ellos despiertan en gritos, con tremendo temor, demorando para calmarse, en la secuencia.

Algunas criaturas tienen dificultad con la oscuridad. No consiguen entrar en un local a oscuras, aun mismo que estén acompañadas. Registran su descontrol agarrándose a las manos de quien están con ellas y aun mismo así, lloran, piden con insistencia que se encienda la luz. Algunos padres, deseosos de que sus hijos crezcan sin miedo, los obligan a enfrentar tales situaciones, llamándolos maricas, bobos, y otros adjetivos aún más infelices. Obligan al hijo a entrar en una sala oscura y tomar algún objeto, a propósito, enojándose si la criatura llora, grita o no hace lo que le piden. Para vencer el miedo al agua, se adentran en el mar, en el rio, o en la piscina con el hijo en los brazos, obligándolo a quedar allí. La criatura llega a la desesperación, arañando y gritando asustada.

Los miedos infantiles de ese orden no son fruto de esta vida, en vidas anteriores, es que son registrados desde los primeros meses, sin ninguna explicación razonable del ahora. Son registros que el espíritu trae, de vidas anteriores, por haber sufrido algún mal, tal vez hasta la muerte, en lugares oscuros o en el agua. Quién sabe si sufrió algún derrumbamiento, quedando a oscuras por algún tiempo hasta consumar la muerte física. O tuvo la muerte por agotamiento, algunas veces por imprudencia propia. Es porque tales miedos infantiles nos merecen todo respeto y cuidado. La criatura deberá ser llevada, poco a poco, con extremado cuidado, a entender que ahora está segura. Los padres podrán asegurarle esto, muchas y muchas veces, diciendo que la aman y la protegerán. Que no precisa temer la oscuridad, que ella desaparece cuando encendemos la luz.

Llevarla al mar, para mojar los pies descalzos, saltar en la arena, y poco a poco, ir hablándole de la necesidad de la prudencia pero también, que no hay motivo para tanto miedo. Quizás llevar al hijo a la piscina muy rasas y quedar con él, incentivándolo asaltar al agua. Jamás, en ninguna circunstancia, reírse de sus temores o calificarlos de forma negativa. Son problemas muy profundos del espíritu y de forma delicada, cuidadosa y profunda deben ser trabajados.

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El hijo que nos llega es siempre un espíritu pidiendo ayuda para su crecimiento interior. Confía en nosotros y por esto nos toma por padres. No le faltemos en los momentos más importantes. Ayudémoslo a superar sus dificultades, con calma. No nos importe el aplauso del mundo, ni si él no ostentará jamás las medallas del hombre corajoso o del mejor nadador. Lo importante es que se torne un hombre equilibrado superando las dificultades una a una, seguro y feliz.

Redacción do Momento Espírita

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