El vestido en el guardarropa

Las escenas más fuertes de las películas de terror, aquellas “de miedo”, muestran, generalmente, urnas funerarias y cadáveres. Los cineastas que explotan el miedo mórbido y atávico de la criatura humana en relación con la muerte, para atender a los que cultivan el insólito placer de llevar sustos, se verán en la posibilidad de escoger otros temas, en la proporción en que comprendemos que la caja fúnebre es solo una caja de madera forrada de paño y que el cadáver nada más es que la vestimenta carnal de alguien que, después de la práctica terrestre, regresó al mundo de origen – al Plano Espiritual.

Sería ridículo sentir escalofrío al contemplar un guardarropa o, dentro de él, el traje de un familiar ausente. Sin embargo, es exactamente eso lo que ocurre con mucha gente en relación con la muerte.

Conocemos personas que, sistemáticamente, se recusan en comparecer a velatorios, no queriendo el contacto con cajones de difuntos, incluso cuando se trate de familiares, dominados por indefinibles temores. Probablemente tiene traumas relacionados con ocurrencias trágicas en el pasado.

Para la gran mayoría, sin embargo, el problema tiene origen en la forma inadecuada de encarar la gran transición, principalmente por un defecto de formación en la edad infantil.

Me acuerdo de que, en mis verdes años, varias veces fui solicitado a besar familiares muertos, lo que hacía con desagrado, opuesto al contacto de mis labios con la frente fría, pálida y rígida de alguien que yo conocía pleno de vida, con quien convivía y que ahora se quedaba, inerte, solemne, sombrío…

Y me dejaba contagiar por las lágrimas de desespero y doloridas lamentaciones de los menos prudentes, sedimentando en mi cabeza la idea de que la muerte es algo de terrible y pavoroso, una infeliz imagen que solamente en la edad adulta, con el conocimiento espirita, conseguí superar.  

Es necesario mucho cuidado con los niños, habituándolos a la concepción de que somos seres espirituales eternos, usando un vestido de carne que un día dejaremos, así como se abandona un traje desgastado, después de un determinado tiempo de uso.

Es de esta forma que el cuerpo sin vida debe ser mostrado al niño, cuando se disponga a verlo, explicándole, en imágenes sencillas, de acuerdo con su entendimiento, que el abuelo, la tita, el papá o cualquier familiar desencarnado, fue a vivir a otro lugar, donde tendrá una ropa nueva y mucho mejor. Igualmente, importante es el ejemplo de serenidad y equilibrio de los adultos, ofreciendo a los pequeños una visión más adecuada de la muerte, situándola como la separación transitoria de alguien que no murió. Solo se fue.

Richard Simonetti
¿Quién tiene miedo de la muerte?
Traducido por R Bertolinni

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