Deslices ocultos


“167. ¿Cuál es el objetivo de la reencarnación?

– Expiación, mejoramiento progresivo de la humanidad. Sin esto, ¿dónde estaría la justicia?”

EL LIBRO DE LOS ESPÍRITUS

Te punza el corazón el sufrimiento del leproso lacerado, con amputaciones, sufriendo ruda expiación.

Te aflige el espíritu el obseso emparedado en los corredores oscuros de la perturbación psíquica.

Te angustia la sensibilidad el canceroso con plazo marcado en la contingencia carnal…

Te hace sufrir el recorte social impuesto al delincuente, que se comprometió por infelicidad momentánea, arruinando a otro y a si mismo haciéndose infeliz.

Te constriñe la visión del deformado físico, teratogénico o víctima circunstancial de un desastre o tragedia, que arrastra la ruina orgánica, en viaje de largo curso.

Te suscita piedad el espectáculo deprimente de los huérfanos al desamparo y de los viejitos sin protección, exhibiendo la miseria en las calles de la incomodidad.

Te angustia el pecho los caídos al relente, que hicieron de los paseos y portales rústicos de callejuelas oscuras el catre de dolorosas pruebas.

Te duele la piedad de las madres viudas y hambrientas y de los enfermos sin medicamentos o, aun, de los olvidados por el organismo social.

Todos son pasibles de tu mejor sentimiento de amor y compunción.

Al mirarlo, recordaste a los “hijos del Calvario” y evocas, naturalmente, a Jesús… Ellos, pues, estos sufridores, están en rescate, dependiendo de ellos mismos la felicidad para el mañana.

Ya fueron alcanzados por el invencible poder de la Ley Divina. Otros hay que pasan distribuyendo simpatía y cordialidad, merecedores, sin embargo, de la profunda conmiseración. Algunos tienen el cuerpo joven, y hacen de él mercadería de precio variable en la insegura balanza de las emociones negociables. Muchos sonríen y son tiranos de la familia, que aplastan impiedosamente. Varios son disputados en las altas ruedas de las comunidades y viven del fruto infeliz de las drogas estupefacientes. Diversos mantienen burdeles y seducen a jóvenes livianos. Unos juegan en la bolsa de la usura y engañan a corazones distraídos y arrebatados…Otros comercializan la honorabilidad del hogar o envilecen la dignidad de los ascendentes.

Muchos son agiotistas corteses, aunque inescrupulosos y crueles. Incontables calumnian, maldicen, apuntan las faltas del prójimo y, aparentemente, son justos, leales y buenos.

Alzados algunos a las posiciones envidiables de las artes, de la política, de las religiones son mendaces y empedernidos, delicados por profesión y criminosos disfrazados. Una infinidad de estos, pues, a nuestro lado o bajo nuestro techo parecen nobles y honrados, sanos y correctos, pero no lo son…

Aquellos, en rescate, posiblemente se encuentran arrepentidos, o, bajo el látigo del dolor se predisponen a las tareas del recomienzo feliz, más tarde. Estos, como son ignorados por las leyes de los hombres, desconocidos de los magistrados, prosiguen en la carrera insidiosa de la locura que los arrastra a la meta del suicidio directo o indirecto. Engañando siempre, se olvidan de si mismos. No los olvidará, sin embargo, la Ley.

Lo que hacen y como lo hacen, lo que piensan y contra quien piensan lo inscriben, lo graban en el periespíritu con rigorosa precisión, para después…

Todas las culpas ocultas se transformarán en heridas que clamarán por el tiempo y espacio medicamentos eficaces y dolorosos. Expoliadores de los bienes divinos, experimentarán el fruto de la falacia y de la burla. Oirán, si, a través de los tiempos, las llamadas de la verdad y de la vida. Conocerán y saben cuál es el camino de la rectitud. Pueden obrar con acierto. Prefieren, sin embargo, así. Son los constructores del mañana.

Ora y te apiadas, meditando en ellos y en sus crímenes disfrazados y ocultos, para prevenirte.

La caída y el error, el acto infeliz y el compromiso negativo que los demás ignoran, todos pueden conducir en silencioso calvario. Es necesario, pues, el esfuerzo para la reeducación de la mente y la disciplina del espíritu.

Todas las veces en que el Maestro ofreció misericordia y socorro a alguien en el sublime deseo, su apostolado redentor, fue claro y severo en cuanto a la no continuidad del error.

Pensando en eso, dilata el amor a los sufridores, la piedad a los generadores de sufrimientos, pero cuida de no comprometerte con la retaguardia, ya que mañana, delante de la conciencia liberta, tus sombras serán los fantasmas y crearán problemas contigo ante la Ley Sublime del Excelso Amor.

Espíritu Joanna de Ângelis
Médium Divaldo Pereira Franco
Del libro Espíritu y Vida
Traducido por R. Bertolinni

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