El rizo de sus cabellos. A mi madre

Eres mi amor, mi tesoro,
mi única dicha en la tierra;
en ti el recuerdo se encierra
de mí ya perdido edén.

En ti existen resumidas
mis venturas y mis glorias,
en ti viven las memorias
de mis goces y mi bien.

De un inefable cariño,
de una indecible ternura,
de una celestial dulzura,
de un amante corazón.

Eres tú el santo recuerdo,
eres la imagen querida
a quien consagro mi vida
de pesar y de aflicción.

¿Dónde fueron aquellas horas
que atenta te contemplaba,
y que tu acento escuchaba
con indecible placer?

¡Qué me importaban del mundo
las turbulentas historias,
si yo cifraba mis glorias
en calmar tu padecer!

Y cuando dulce sonrisa
animaba tu semblante,
y tu voz pura y vibrante
me llamaba con amor…

¡Era yo tan venturosa!
tan dichosa me creía,
que hasta el cielo, madre mía,
elevaba mi clamor…

Y era mi plegaria pura
que al Eterno gracias daba,
porque, bueno, me enviaba
Tu cariño celestial.

Afección que nadie puede
apreciar en su valía;
que no hay amor, madre mía,
como el amor maternal.

¡Ay de aquel que cruza, solo,
de la existencia el camino,
sin ese aliento divino
que reanima nuestro ser!

¡Triste de mí que he perdido
de esa ventura el encanto!…
¡A mis ojos resta el llanto
y a mi pecho el padecer!

¡Un rizo de tus cabellos,
que yo con delirio adoro,
es el único tesoro
que guarda mi corazón!….

Para él serán mis suspiros,
mi amor y mi pensamiento;
para él el triste acento
de mi férvida oración.

Amalia Domingo Soler
Santa Cruz de Tenerife 10 de noviembre de 1861

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