En favor de él (2)

Amigo.

Si cultivas un principio religioso, sabes que la muerte no es el fin. El Espíritu eterno, con los potenciales de inteligencia y sentimiento que definen su individualidad, simplemente deja la cárcel de carne, como mariposa libre del capullo, rumbo a la amplitud.

Raros, entretanto están preparados para la grandiosa jornada. Pocos ejercitan alas de virtud y desprendimiento.

Natural, por tanto, que el “muerto” experimente dificultades de adaptación a la realidad espiritual, principalmente cuando no cuenta con la cooperación de aquellos que comparecen al velatorio, en el arrastrar de las horas que preceden al entierro.

El bullicio de las conversaciones vacías y de los comentarios menos edificantes, así como los desvaríos de la inconformidad y el desequilibrio de la emoción, repercuten en su consciencia, imponiéndole penosas impresiones.

Si es alguien muy querido a tu corazón, considera que él necesita de tu valor y de tu confianza en Dios. Si no aceptas la separación, cuestionando los Designios Divinos, tu desespero lo alcanza, inclemente, como devastador vendaval de angustias es el amigo que admiras, por quien nutres especial consideración, ríndele el homenaje del silencio, respetando la solemne transición que le define nuevos rumbos…

Si tu presencia se inspira en deberes de solidaridad, ofrécele, en la intimidad del corazón, la caridad de la oración sencilla y espontánea, sustentándole el ánimo.

Acuérdate de que un día también estarás de pies juntos, tumbado en una urna mortuoria y, aun preso a las impresiones de la vida física, desearás, ardientemente, que respeten tu memoria y no perturban tu desprendimiento, amparándote con los valores del silencio y de la oración, de la serenidad y de la comprensión, a fin de que atraviesen con seguridad los umbrales de la Vida Eterna…

(2) Distribuimos este mensaje en los velatorios de Bauru, con buena receptividad. Teniendo en vista la heterogeneidad de creencias de las personas presentes, evitamos alusiones más claras a los problemas del desprendimiento.

Richard Simonetti
¿Quién tiene miedo de la muerte?
Traducido por R Bertolinni

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