Problemas en la convivencia

Se cuenta, que hace muchos, muchos años, durante una era glacial, cuando parte de la Tierra estuvo cubierta por densas capas de hielo, muchos animales no resistieron el frio y murieron. Sin embargo, un gran grupo de cuerpo espines buscaron una manera diferente para enfrentar el frío y sobrevivir. Los animales concordaron en unirse, juntarse más y más con la intención de protegerse mutuamente. Así, cada uno podía sentir el calor del cuerpo del otro y, todos juntos, bien unidos, se agasajaban y se calentaban, enfrentando por más tiempo aquel invierno riguroso.

Sin embargo, el intento no duro por mucho tiempo. Los espinos de cada uno comenzaron a herir a los compañeros más próximos, justamente a aquellos que ofrecían más calor, aquel calor vital, que era, en aquel momento, una cuestión de vida o muerte. Y, por ese motivo, se apartaron heridos, magullados, sufrientes. Se distanciaron unos de los otros por no poder soportar por más tiempo los espinos de sus semejantes, porque, al final, dolía mucho… Pero esa no fue la mejor solución. Lejos unos de los otros, separados entre sí, comenzaron a morir congelados. Sin embargo, los más expertos decidieron aproximarse poco a poco, con habilidad, con mucho cuidado, de tal forma que, unidos, cada cual conservase una cierta distancia del otro, mínima, pero lo suficiente para convivir sin herir, sin causarse heridas reciprocas. Y fue así que, soportándose unos a los otros, resistieron la larga era glacial sobrevivieron…

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La fábula es sencilla, pero trae en su contenido motivos de profundas reflexiones, si es comparada a nuestra convivencia diaria. El ser humano es un ser gregario, o sea, creado para vivir en sociedad. Si así no fuese, Dios, que es la inteligencia suprema del universo, habría distribuido a los individuos de manera a que todos quedasen aislados, sin ningún contacto. ¿Pero, entonces, porque razón es tan difícil la convivencia? Haciendo una comparación con los animalitos de la fábula, tal vez lleguemos a la conclusión de que la dificultad está justamente en nuestros espinos morales y en nuestro egoísmo.

Porque aun somos muy egoístas, no aceptamos que las personas, con las cuales convivimos, actúen de manera diferente de aquella que nosotros queremos que actúen. Queremos moldearlas a nuestra manera de pensar, de actuar, de hablar, de soportarse, y, hasta aun mismo de vestirse. Y cuando esas personas no aceptan nuestra injerencia en sus vidas, quedamos ofendidos y nos apartamos. Hacemos eso tan naturalmente que ni nos damos cuenta de cómo estamos hiriendo a los otros con nuestra forma de ser y de actuar. Pero, si lo mismo acontece con nosotros, inmediatamente nos colocamos a la defensiva repeliendo cualquier intento que alguien haga por amoldarnos a su gusto. Y para sobrevivir en un contexto de esos, es preciso ejercitar la tolerancia para no herir a los otros y ni herirse. Es preciso mantener el respeto por los semejantes, aceptando como es él, y no como a nosotros nos gustaría que fuese. Y es preciso que tomemos un poco más de cuidado con nuestros propios espinos, con el fin de no herir a nadie. Actuando así, todos sobreviviremos y, al final, habremos aprendido mucho unos con los otros, pues, mientras esa convivencia nos traiga un cierto des confort íntimo, ella es necesaria para el crecimiento mutuo.

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Jesús, el Ángel de los Ángeles, descendió en la convivencia con las criaturas frágiles y delincuentes, sin resaltar sus llagas vivas, no obstante guardar entre ellas el objetivo de iluminarles el camino.

Redacción de Momento Espirita (Fabula extraída de la Revista Presencia Espirita)

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