Velatorio ideal

Comparecimos, cierta vez, al velatorio de un compañero de Doctrina. Los familiares, espiritas también, perfectamente conscientes de los problemas relacionados con el desligamiento, le ofrecieron un inestimable apoyo y edificante ejemplo de equilibrio y compostura que sensibilizó a mucha gente. 

No había ningún aparato fúnebre. Solo flores, muchas flores y música suave, convidando a la meditación. Viuda e hijos recibían las condolencias con serenidad, vertiendo lágrimas discretas, amenizando el trance de amargura con una perfecta conformación a los Designios Divinos. Se pedía silencio y oración. Por dos o tres veces, en el pasar de las horas, eran leídos, en voz pausada, textos espiritas relacionado con la muerte, destacando a los presentes de sus responsabilidades delante de alguien que, en las puertas de la Vida Espiritual, ave presto a dejar la jaula que lo aprisiona, tiene las alas aun frágiles y comprensibles inhibiciones, problemas que pueden ser agravados o minimizados por los presentes.

Antes que fuese cerrada la urna mortuoria, en el horario aplazado, alguien habló brevemente sobre el significado de la muerte, indebidamente situada como el fin de la vida, cuando es solo una extensión de ella, en horizontes más amplios, inaccesibles a la mirada humana, destacando curiosa contradicción:

En la dimensión física la sensación de la pérdida personal, la atmósfera de tristeza, la dolorida nostalgia…

En la dimensión espiritual la alegría de familiares y amigos, anticipando el reencuentro feliz…

En seguida el expositor convidó a la oración, dirigiéndose a Jesús, situándolo por divino intermediario del cariño y de la solicitud de todos en favor del pasajero de la Eternidad, deseándole mucha paz y un feliz regreso a la Patria Espiritual.

Quien conoce los problemas a que se envuelve el desencarnante, tiene el indeclinable deber de contribuir para que los velatorios se transformen en ambientes de mucho respeto y compostura. Podemos hacerlo a partir de nuestro propio ejemplo.

Seamos prudentes. Cultivemos el silencio, conversando, si es necesario, en voz baja, de forma edificante. Hablemos del muerto con discreción, evitando presionarlo con recuerdos y emociones pasibles de perturbarlo, principalmente si son trágicas las circunstancias de su fallecimiento. Y oremos mucho en su beneficio…

Si no conseguimos mantener semejante comportamiento, mejor que nos retiremos, evitando engrosar el ruidoso concierto de voces y vibraciones sin respeto que tanto confunden al muerto.

Richard Simonetti
¿Quién tiene miedo de la muerte?
Traducido por R Bertolinni

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.