El oro y el talento

En el sagrado templo del destino
el oro y el talento se encontraron,
y parándose un rato en su camino
con arrogante audacia se miraron.

¿A dónde vas cansado peregrino?
Los labios mofadores pronunciaron
del oro seductor: ¿vas tras la gloria
esa vana creación de la memoria?

Me inspiras compasión siempre anhelando,
siempre corriendo en pos de la esperanza;
siempre consuelo a tu dolor buscando,
y siempre padecer tu vista alcanza

Tu azarosa existencia va pasando
y entre el llanto de ayer, y en lontananza
ves una estrella cuyo disco puro
te brinda su fulgor para el futuro.

Tras esa luz que brilla débilmente
te forja una visión la fantasía,
y deslizas tu vida ansiosamente
tras esa gloria que soñaste un día;

Amargas decepciones a tu frente
le quitan su frescura y lozanía.
¿Y luego para qué? Para que el hombre
murmure acaso con desdén tu nombre.

Inútil es tu afán, vano es tu empeño;
quieres a la creación dictarle leyes:
tú quieres ser del universo dueño,
que te acaten los siervos y los reyes;

Y es ilusión nada más, plácido ensueño;
pues aunque mucha lumbre tu destellas,
yo brillo más que tú, y en mí se alcanza,
realizada del hombre la esperanza.

Yo doy grandeza a tu precaria vida
y por mí es tu tumba venerada,
la casta virgen, la mujer perdida,
en mí encuentra su dicha realizada;

Por mi sus penas el mortal olvida;
mi aparición es siempre deseada,
mi poder es inmenso y sobrehumano;
¡Yo soy del ancho mundo el soberano!

Lo que vales lo sé: dijo el talento;
pero les es necesario a tu grandeza
el sublime poder del pensamiento.
Para darle más brillo a tu belleza

Necesitas ternura y sentimiento;
le hace falta el saber a la riqueza;
así, pues, depongamos nuestro orgullo;
mi poder te sostiene y a mí el tuyo.

Amalia Domingo Soler

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