Velatorio

Cuando comparecemos aun velatorio cumplimos un sagrado deber de solidaridad, ofreciendo bienestar a la familia.

Infelizmente, tendemos a hacerlo por la mitad, con la presencia física, ignorando lo que podríamos definir por compostura espiritual, expandiéndose en el respeto por al ambiente y en el empeño de ayudar al muerto.

Superada la larga fase de los dolientes, en que obligatoriamente la presencia de la muerte era encarada como algo terrible inspirando compulsorios sentimientos de dolor, con la participación de lágrimas abundantes, fuimos a parar en el extremo opuesto en que, excluidos los familiares, los espectadores parecen estar en una oportuna reunión social, donde viejos amigos se reencuentran, con el anhelo de “poner la conversación al día”. Se cuentan chistes, se habla de fútbol, política, sexo, modas…

Nadie se da al trabajo siquiera de reducir el volumen de la voz, en un zumbido increíble, principalmente al acercarse el horario del entierro, cuando el recinto acoge el mayor numero de personas.

El fallecido es siempre recordado, hasta con palabras elogiosas (en principio todo muerto es bueno, conforme la vieja tradición humana), pero fatalmente las reminiscencias desembocan en aspectos negativos de su comportamiento, generando chistes y cotilleos.

Imaginemos la situación incómoda del Espíritu, aun unido al cuerpo, sumergido en un océano de vibraciones heterogéneas, “contribución” lamentable de personas que comparecen en nombre de la amistad, pero obran como indisciplinados espectadores dificultando la tarea de diligente equipo de socorro en el esfuerzo por retirar a un herido, de los escombros de una casa que se desmorona….

Preso a la residencia temporal transformada en ruina física por la muerte, el desencarnante, en estado de inconsciencia, recibe el impacto de esas vibraciones de falta de respeto y desajustantes que lo alcanzan penosamente, particularmente las de carácter personal. Como si viviese una terrible pesadilla él quiere despertar, lucha por readquirir el dominio del cuerpo, quedándose angustiado y afligido.

En un velatorio concurrido, con expresivo acompañamiento al túmulo, se comenta:

“¡Que bonito entierro! ¡Cuánta gente!”.

Sin embargo, no siempre lo que nos parece agradable es bueno, principalmente cuando enfrentamos la realidad física con la espiritual. Cuanto mayor el número de personas, más heterogéneas las conversaciones, más cargado el ambiente, mayor el impacto sobre el fallecido.

Hace algún tiempo estuve en un hospital preparando el entierro de un indigente. Acertada la documentación necesaria, el muerto partió para el cementerio en un coche fúnebre, sin ningún acompañamiento. Yo mismo no pude hacerlo por motivos de obligación profesional.

“¡Que tristeza! ¡Velatorio vacío! ¡Entierro solitario!”

Espiritualmente, mejor así. No había nadie para confundir y los benefactores espirituales pudieron realizar más tranquilamente su tarea, liberando al prisionero de estrecha prisión de carne para reconducirlo a los gloriosos horizontes espirituales.

Richard Simonetti
¿Quién tiene miedo de la muerte?
Traducido por R Bertolinni

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