A la memoria de mi padre

Eras joven, feliz, pero la muerte
tendió sobre tu sien su mano fría:
¿Por qué habrá sido tan fatal tu suerte?
¿Por qué tan horrible tu agonía?…

Tu vida de placer y de ventura,
tu existencia de goces y de encanto.
¡Quién dijera que muerte prematura
te hiciera derramar copioso llanto!

Cuando reconociste que la hora
era llegada de fatal partida,
exclamaste con voz desgarradora:
“¿Cuál será? ¡Oh cielos, mi segunda vida!

Yo que al mundo me lancé
y la copa de placeres
en mi delirio apuré,
y el amor de cien mujeres
en mi locura olvidé…

Al placer culto rendía,
a la dicha y al encanto;
y mi alma no enternecía,
si alguno por mí vertía
inmenso raudal de llanto…

En mi juvenil edad
tras los placeres corrí;
lánceme a la sociedad,
y olvidé la eternidad…

¡Oh, cuan insensato fui!”
Descansa, padre mío, sí ¡Reposa!
En tu tranquila y eternal mansión;
yo en la noche sombría y silenciosa
dirijo al cielo férvida oración.

¿Sabes por qué tu alma en santa hora
pudo salvarse del terrible averno?…
las pegarías, ¡Oh padre!, del que llora
siempre llegan al trono del Eterno

Yo elevé mi oración santa y ferviente
al Ser supremo, rey de la Creación,
benigno se mostró, el Omnipotente;
¡Padre mío! ¡Logré tu salvación!

Y ya que mi plegaria alcanzar pudo
tu ventura eternal en mi desvelo;
¡Sé tú mi buena estrella! ¡Sé mi escudo!
¡Protégeme en el mundo desde el cielo!

Amalia Domingo Soler

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