Juego peligroso

Hace un juego siniestro, de humor negro, atribuido a los soviéticos, denominado “ruleta rusa”. Se sortea el primer participante, que introduce una bala en un revolver. En seguida gira aleatoriamente el tambor, coloca el cañón en la cabeza y aprieta el gatillo.

Si escucha un clic respirará aliviado y pasará el arma al compañero. Este repetirá el ritual. Así harán ambos, sucesivamente, hasta que uno de ellos se vuele los sesos.

Variante brasileña es la “ruleta paulista”, practicada por jóvenes en São Paulo, hace años. Consistía en cruzar calles a alta velocidad, sin respetar señales de tráfico, montados en sus potentes motos. Al sabor de la suerte el motorista podría llegar ileso al otro lado o chocar con otro vehículo.

Muertes de esa naturaleza no pueden ser atribuidas a la fatalidad. Tanto como los que presionan el cuerpo con sus excesos, estos partidarios de la aventura regresan prematuramente a la Espiritualidad, expulsados de su propio cuerpo, después de destruirlo con su inconsecuencia. Son suicidas inconscientes. Nunca pararon para pensar que acabarían matándose y que responderían por eso.

Algo semejante ocurre con millares de personas, en el mundo entero, que se hacen pedazos en las carreteras, en accidentes fatales. Aunque muchas de esas tragedias sean karmicas, representando el rescate de viejas deudas, hay de aquellas que no estaban programadas. Ocurrieron por imprudencia.

En cualquier sector de actividades hay leyes humanas y divinas a ser observadas. En las carreteras las primeras establecen límites de velocidad, líneas de tránsito, señalización, cambios de sentido, carriles de adelantamiento. Las segundas orientan al respecto de la Vida, sea nuestra o del semejante.

Siempre que dejamos de cumplirlas nos arriesgamos a tener funestos acontecimientos que complican la existencia, normalmente cuando involucramos a otras personas.

Somos artífices de nuestro destino y lo hacemos a corto, medio y largo plazo, en el día a día, en la extensión de nuestras acciones. En un momento de imprudencia podemos complicar la vida física o dejarla antes de tiempo.

Evidentemente todo eso representa una experiencia, en un planeta de expiación y pruebas como la Tierra, donde la Sabiduría Divina armoniza los eventos y aprovecha hasta nuestra inconsecuencia para enseñarnos, ya que siempre recogemos los frutos de ella, aprendiendo lo que debemos o no hacer. Sin embargo, podríamos aprender de forma más suave, con prudencia, orando y vigilando, según la expresión evangélica.

Los que no lo hacen juegan una “ruleta existencial”, colocándose en problemas que podrían ser evitados y a sufrimientos no programados.

Richard Simonetti
¿Quién tiene miedo de la muerte?
Traducido por R Bertolinni

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