A María

En la siguiente poesía, debido a la inspiración de nuestra distinguida colaboradora, la señorita doña Amalia Domingo; creemos admirarán con nosotros, nuestros lectores, a la par que sus elevados pensamientos, esas frases que llenas de ternura y sentimientos religiosos, revelan las virtudes y grandeza de su alma: y nosotros al manifestar a dicha ilustrada señorita nuestra sentida gratitud, le rogarnos, con toda la verdad de nuestro corazón, que no nos prive de aspirar con frecuencia el encanto de sus melodías.

A María

¿Quién eres, niña de negros ojos,
que en mí has fijado tu mirada ardiente,
y en él revelas ansiedad y enojos?
¡Algún recuerdo evocaré en tu mente!

¿Seré yo acaso de un objeto amado
la fiel imagen que tu pecho adora?
¿Por qué tu rostro se tornó angustiado?
¿Qué penas, dime, tu existencia devora?

“¡Me han dicho que hay un Dios, un Ser Supremo
que le presta consuelo al afligido,
y mis plegarias elevarle temo
porque su nombre nunca he comprendido!

¡Quién supiera leer…! ¡Con qué alegría
deslizara yo entonces mi existencia!”
Yo te haré comprender, dulce María,
de ese Dios la ternura y la clemencia.

Por mí conocerás la gran historia
del que formó la tierra, el mar el cielo,
que en sacrificios se fundó su gloria,
siendo la caridad su fiel modelo.

Verás cuanto sufrieron los cristianos
de Roma en las gloriosas catacumbas
en la dominación de los tiranos
que ni a sus restos les dejaban tumbas.

Viste la dulce luz de la mañana
por primera vez en la oriental Sevilla,
que arrebató a la hueste musulmana
el inmortal Fernando de Castilla.

Guerrero de la Cruz, de fe modelo,
que a sus pueblos dictara sabias leyes,
su augusto nombre se grabó en el cielo
que acatan siervos y veneran Reyes.

La fe divina iluminó a Isabela
a proclamar un Dios en la otra zona,
para armar de Colón la Carabela
¡Los diamantes vendió de su corona!

La historia fiel te mostrará triunfante
mil hechos de grandeza y heroísmo,
porque mi pobre acento no es bastante
para bridar el bien del cristianismo.

Ven a mi lado, ven… Dulce María;
del saber en el templo penetremos,
y de nuestra letal melancolía
las sombras del dolor disiparemos.

Hallarás en la ciencia un gran tesoro
la paz del alma por mi mal perdida.
no verterán tus ojos triste lloro,
dulce y serena pasará tu vida.

Cuando de esta existencia tan precaria
halle en la nada a mi dolor consuelo,
ven a orar en mi tumba solitaria,
que la oración del justo sube al cielo.

Amalia Domingo

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.