Jesús- Cristo «El camino, la verdad y la vida”

“Todos los sufrimientos, miserias, desengaños, dolores físicos y pérdidas de seres queridos encuentran su consuelo en la fe del porvenir y en la confianza en la justicia de Dios que Cristo vino a enseñar a los hombres. Para el que nada espera después de esta vida, o que simplemente duda, al contrario, las aflicciones caen sobre él con todo su peso y ninguna esperanza viene a endulzar su amargura. Esto es lo que hizo decir a Jesús «venid a mí, todos los que estáis trabajados, y cargados y yo os aliviaré».

El espiritismo nos presenta una figura de Jesús muy diferente a la que hemos tenido a lo largo de los siglos. Para presentar esta nueva figura que es el Cristo que el espiritismo nos ofrece, he seleccionado algunos textos de nuestro maestro Allan Kardec. El primero dice así:

“Muchos puntos del Evangelio, de la Biblia y de los autores sagrados, en general, nos son ininteligibles, y muchos de ellos sólo nos parecen irracionales por falta de la clave que nos haga comprender su verdadero sentido; esta clave está completa en el Espiritismo, como han podido convencerse de ello aquellos que lo han estudiado formalmente, y como se comprenderá mejor aún en lo venidero. El Espiritismo se encuentra por doquiera, así en la antigüedad como en las demás épocas; en todas partes se encuentran sus huellas, en los escritos, en las creencias y en los monumentos, y por esta razón, si abre nuevos horizontes para el porvenir, también arroja una luz no menos viva sobre los misterios del pasado”. (Kardec, p9)

En la concepción del codificador, el espiritismo se encuentra en la naturaleza, es una ciencia que estudia la vida espiritual y sus relaciones con la vida corporal. La consecuencia más evidente es que tenemos que cambiar nuestro punto de vista cuando se trata de conocer la verdadera figura de Jesús.

“La idea clara y precisa que nos formamos de la vida futura, da una fe indestructible para el porvenir; y esta fe tiene inmensas consecuencias sobre la moralización de los hombres, porque cambia completamente «el punto de vista desde el cual se contempla la vida terrestre». Para el que se coloca, con el pensamiento, en la vida espiritual, que es indefinida, la vida corporal sólo es un pasaje, una estancia corta en un país ingrato. Las vicisitudes y las tribulaciones de la vida sólo son incidentes que sufre con paciencia, porque sabe que son de poca duración y deben ser seguidas de un estado más feliz; la muerte nada tiene de horrible; ya no es la puerta de la nada, sino la de la libertad que abre al desterrado la entrada de una morada de felicidad y de paz. Sabiendo que mora en un paraje temporal y no definitivo, toma los pesares de la vida con más indiferencia, y de esto le resulta una calma de espíritu que dulcifica su amargura. Con la simple duda sobre la vida futura, el hombre dirige todos sus pensamientos a la vida terrestre; incierto del porvenir, todo lo dedica al presente; no entreviendo otros bienes más preciosos que los de la tierra, es como el niño que nada ve más allá de sus juguetes, y para procurárselos, lo hace todo; la pérdida del menor de sus bienes es una tristeza penetrante; un desengaño, una esperanza perdida, una ambición no satisfecha, una injusticia, cuya víctima es el orgullo o la vanidad herida…” (Kardec, p50)

Este cambio del punto de vista nos presenta a Jesús como el guía, como modelo o como maestro. No solo como una figura religiosa, no solo un símbolo a ser adorado sino como un maestro a ser seguido. Esto se encuentra también en el Capítulo VI, El Cristo Consolador:

“Todos los sufrimientos, miserias, desengaños, dolores físicos y pérdidas de seres queridos encuentran su consuelo en la fe del porvenir y en la confianza en la justicia de Dios que Cristo vino a enseñar a los hombres. Para el que nada espera después de esta vida, o que simplemente duda, al contrario, las aflicciones caen sobre él con todo su peso y ninguna esperanza viene a endulzar su amargura. Esto es lo que hizo decir a Jesús «venid a mí, todos los que estáis trabajados, y cargados y yo os aliviaré».

Sin embargo, Jesús pone una condición a su asistencia y a la felicidad que promete a los afligidos, esta condición está en la ley que enseña; «su yugo es la observancia de esta ley, pero aquél, es ligero y éste suave, puesto que impone por deber el amor y la caridad”. (Kardec, p111) La doctrina espirita nos presenta el Cristo consolador, cuya única imposición es la observancia de la ley de amor y caridad. Enmanuel, a través de la psicografía de Chico Xavier, en la introducción del libro: Camino, verdad y vida, escribió:

“Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida. Su eterna en un inicial sobre los milenios terrestres, como el Verbo del principio, penetrando el mundo, hace casi veinte siglos. (…) en el inmenso conjunto de enseñanzas de la Buena Nueva, cada concepto de Cristo o de sus colaboradores directos se adapta a determinada situación del Espíritu, en las sendas de la Vida. La elección del Maestro, más allá de eso, no constituye tan sólo un impositivo para los menesteres de la adoración. El Evangelio no se reduce a brevario para el genuflexorio. Es la ruta imprescindible para la legislación y administración, para el servicio y para la obediencia. Cristo no establece líneas divisorias entre el templo y el taller. Toda la tierra es un alcalde adoración y su campo de trabajo, al mismo tiempo. Podrá darlo en las iglesias y menoscabarlos en las calles es que hemos naufragado mil veces, por nuestra propia culpa. Todos los lugares, por tanto, puede ser consagrados al servicio divino”. “Muchos discípulos, en las variadas escuelas cristianas, se entregaron a investigaciones teológicas, transformando las enseñanzas del Señor en reliquias muertas de los altares de tierra” (…) (Xavier, p9-10) Esta es la película de la historia religiosa de nuestra tierra. “(…) no obstante que, espera Cristo vayamos todos a convertir el Evangelio de Amor y Sabiduría en compañeros de la oración, el libro escolar en el aprendizaje de cada día, en fuente inspirador a de nuestras más humildes acciones en el trabajo común y en código de las buenas maneras en el intercambio fraternal”. (Xavier, p10-11) Por tanto, se trata de un evangelio práctico, que actúa en la intimidad de la criatura humana. De una figura de Jesús que se coloca a nuestro lado en lo cotidiano de nuestras vidas, un Jesús que nos guía. El papel de un guía es llevarnos a un lugar que no conocemos.

Todos los religiosos de la tierra tienen desarrollado las facultades de adoración y de reverencia, pero muchos no han desarrollado la facultad de cambio, de aceptación, de resignación, de fuerza, de fe en el porvenir, en la vida futura y cuando las tempestades surgen en nuestras vidas es necesaria la fe en el porvenir. Es necesario cambiar nuestros puntos de vista, tener una comprensión de la vida presente en su estado relativo, no definitivo, como lo es el de la vida espiritual. Por tanto, prosigue Emmanuel en el Capítulo XI de esta misma obra: “Muchos piden amparo a los mensajeros del plano invisible; pero ¿cómo recibirlo, si llegaron al cúmulo de abandonarse al sabor de los ventarrones impetuosos que soplan, fuerte, en los resbaladeros de los caminos? Consuelo espiritual no es como el pan del mundo, que pasa, mecánicamente, de mano en mano, para saciar el hambre del cuerpo, sino, como el Sol, que es el mismo para todos, pero penetrando solamente en los lugares donde no se haya hecho un reducto cerrado para las sombras”. (Xavier, p23)

La bondad de Dios es un sol que brilla en los cielos, brilla para todos. Mientras tengamos el corazón cerrado, esta luz divina no puede entrar. Nos corresponde a nosotros abrir el corazón. El consuelo espiritual no es como el alimento del mundo, que puede pasar de mano en mano para saciar el hambre; no se entrega, no se transmite. El consuelo está disponible para todos los hombres del mundo. El objetivo de la doctrina Espírita es abrir los corazones a la luz que brilla dese el mundo espiritual hacia la tierra. Necesitamos santificar nuestras actividades, enderezar los caminos de nuestra existencia, degenerar nuestros impulsos y deshacer la sombra que nos rodean a fin de sentir a nuestro lado al Maestro de nuestras vidas.

En el libro «Fuente viva», capítulo 2 Enmanuel prosigue: “Todos hacen alguna cosa en la vida humana, más raros no vuelven a la carne para deshacer cuanto hicieron. Aun mismo la criatura ociosa, que paso el tiempo entre la inutilidad y la pereza, es constringida a tornar a la lucha, a fin de desintegrar la red de la inercia que tejió alrededor de sí misma. Solamente construye, sin necesidad de reparación o corrección, aquel que se inspira en el padrón de Jesús para crear el bien”. (Xavier, FV, p16) No se trata de renacer, de solo renacer, es necesario inspirarnos en el padrón de Jesús para crear el bien. Tener una vida que no necesita de reparación o corrección. Muchos de nosotros nos adentramos en un círculo vicioso de encarnaciones que repiten a lo largo de los siglos los mismos padrones. Necesitamos del Maestro como el guía que direcciona nuestras vidas hacia un nuevo nivel. Pasemos a tener una vida recta, una vida que cree el bien. Actuar en Cristo es hacer siempre lo mejor para todos. No se trata de una regla religiosa tradicional, de un sistema de adoración convencional. Hacer con Cristo es buscar lo mejor para todos. Si todos, alrededor

de nosotros están bien, estamos en el camino correcto. El bien es siempre el bien de todos. Hemos naufragado muchas veces por buscar solamente nuestro bien, nuestro bien propio, con menosprecio al bien de los otros. El espiritismo no presenta un Cristo que pide sólo que prestemos atención, que miremos por el bien propio y por el bien de todos. De este modo tendremos una sociedad más justa, más libre, más fraterna. Tendremos el reinado de Dios en la tierra. “Buen gusto, armonía y dignidad en la vida exterior constituyen deber, más no nos olvidemos de la pureza, de la elevación y de los recursos sublimes de la vida interior, con que nos dirigimos para la Eternidad”. (Xavier, FV, p48)

No son fuerza que se oponen, podemos tener buen gusto, armonía, dignidad, felicidad material, pero tenemos que tener pureza, pureza de intención, elevación de nuestros sentimientos, de nuestros pensamientos, elevación espiritual genuina y tenemos, también, que dirigir nuestra vida interior hacia la eternidad. Más allá de la tumba nos reconocen por nuestra vida interior. Nuestra vida interior es retratada en nuestro cuerpo espiritual de forma cristalina. Vivimos en una sociedad que ha puesto al foco en el exterior, en un conjunto de habilidades materiales, que son necesarias para nuestra evolución espiritual, pero solo esas no son suficientes. El espiritismo nos invita a todos a desarrollar nuestros potenciales divinos, nuestro carácter de co-creadores. Nuestro pensamiento crea nuestro destino, es una responsabilidad inmensa en nuestras manos. Y aquí estamos todos en esta encarnación, no sólo para el rescate de nuestras deudas sino también para la reconstrucción del porvenir, del futuro. Es una misión doble, tiene dos aspectos, el rescate y la purificación, pero también la construcción, creación del porvenir, por esto necesitamos del guía, por esto necesitamos del maestro.

“Jesús promete otro Consolador; es el «Espíritu de la Verdad», que el mundo no conoce aún, porque no tiene la suficiente madurez para comprenderle y que el Padre enviará para enseñar todas las cosas y para recordar lo que Cristo dijo. Sí, pues, el Espíritu de Verdad debe venir más tarde a enseñar todas las cosas, es porque Cristo no lo dijo todo: si viene a recordar lo que Cristo dijo, es porque lo habrán olvidado o comprendido mal”. (Kardec, p112) La mala comprensión de las enseñanzas de Cristo es responsable por el naufragio del mundo presente. Instituciones, hombres y leyes que nos provocan miseria, sufrimiento. “El Espiritismo viene en el tiempo señalado a cumplir lo que Cristo prometió; el Espíritu de Verdad preside a su establecimiento, llama a los hombres a la observancia de la ley y enseña todas las cosas haciendo comprender lo que Cristo sólo dijo en parábolas.

Cristo dijo: «que oigan los que tengan oídos para oír», el Espiritismo viene a abrir los ojos y los oídos, porque habla sin figuras y sin alegorías; levanta el velo que dejó exprofeso sobre ciertos misterios, y viene, por fin, a traer un consuelo supremo a los desheredados de la tierra y a los que sufren, dando una causa justa y un objeto útil a todos los dolores”. (Kardec, p112) El problema no es el sufrimiento, es la falta de una causa justa para ello. Cuando no encontramos una causa justa, cuando no encontramos un objeto útil para los dolores de la vida, estamos sin esperanza. El desánimo en como un parásito que entra en el interior de un árbol frondoso y lo destruye. De este mismo modo nos derrota el desánimo y los sufrimientos de la vida material, cuando no encontramos una justa razón para todos nuestros males. Esta es la gran contribución del espiritismo, explicar todos los sufrimientos de este mundo. “… viene, por fin, a traer un consuelo supremo a los desheredados de la tierra y a los que sufren, dando una causa justa y un objeto útil a todos los dolores. (…) De este modo el Espiritismo realiza lo que Jesús dijo del Consolador prometido: conocimiento de las cosas que hace, que el hombre sepa de dónde viene y a dónde va y por qué está en la tierra; recuerdo de los verdaderos principios de la ley de Dios y consuelo por la fe y la esperanza”. (Kardec, p112-113)

El camino también nos remite a una ética, a un comportamiento o modo de vivir, eso es el camino, una práctica. Los seguidores del Cristo son reconocidos por su vida, por su práctica, por su modo de vivir. Los horrores que hemos visto a lo largo de los siglos ocurrieron porque sacamos del cristianismo la práctica, sin la práctica del bien, no existe el verdadero cristianismo. Jesús no es sólo un filósofo, Jesús es un modelo de vida, modelo de felicidad, de esperanza, de fe, de gratitud. Es también la verdad porque la verdad, no es un conjunto de creencias, la verdad no es un conjunto de tesis, la verdad es transparencia, un modo sencillo de vivir, un modo claro de vivir. La vida es el supremo sentimiento de que todos nosotros somos amados por Dios. Tenemos imperfecciones, hemos acumulado muchos errores a lo largo de muchas encarnaciones, sin embargo, el amor de Dios no cambia nunca. El Cristo siempre enfatizó el amor de Dios, las personas a su alrededor fueron invadidas por un sentimiento profundo y poderoso de amor, de aceptación, de resignación. Tenemos un Padre, tenemos un creador que ama su creación. Tenemos un creador que educa, perfecciona, desarrolla nuestras potencialidades. Esta perspectiva es grandiosa y nos ofrece un largo camino de actividades para nuestra evolución espiritual.

Hay un mensaje del espíritu de verdad que resume la figura del propio Cristo, la figura de Cristo presentada por el espiritismo. “Vengo, como en otro tiempo, entre los hijos descarriados de Israel, a traeros la verdad y a disipar las tinieblas. Escuchadme. El Espiritismo, como otras veces mi palabra, debe recordar a los incrédulos que sobre ellos reina la verdad inmutable, el Dios de bondad, el Dios grande que hace crecer la planta y levantar las olas. Yo revelé la doctrina divina; yo, como un segador, até en haces el bien esparcido por la humanidad, y dije: Venid a mí, vosotros los que sufrís. Pero los hombres ingratos se desviaron del camino recto y ancho, que conduce al reino de mi Padre y se han extraviado en los ásperos senderos de la impiedad. Mi padre no quiere aniquilar la raza humana; quiere que, ayudándoos unos a otros, muertos y vivos, es decir, muertos según la carne, porque la muerte no existe, os socorráis”… (Kardec, p113-114)

Si tuviese autoridad pondría en la entrada de todas las ciudades: la muerte no existe. La mayor mentira que han contado a los hombres es que ellos mueren. Esto nos provoca muchos sufrimientos, la buena noticia del espiritismo es: la muerte no existe. Estamos aquí para desarrollarnos como un cedro. Teniendo en mente la verdad todo se relativiza, todo cambia, todo es pasajero. Nuestros verdaderos afectos nos acompañan desde el mundo espiritual, nos observan, nos miran, con amor y esperanza. La vida corporal es breve. “Hombres débiles que comprendéis las tinieblas de vuestras inteligencias, no alejéis la antorcha que la clemencia divina pone en vuestras manos para iluminar vuestro camino, y conduciros como niños perdidos al regazo de vuestro Padre”. (Kardec, p114)

«El hombre común es una representación parcial del hombre trascendente” (…) Estamos aquí en parte, sólo una parte, nuestra trascendencia no se puede ver con los ojos mortales. El olvido temporal y la condición física provocan una penumbra en nuestra conciencia.

El sentimiento es lo que define nuestra posición espiritual, nuestra capacidad de interpretación de las circunstancias de la vida, depende de nuestros sentimientos, por eso el Cristo presentado por el espiritismo es un supremo educador de nuestros sentimientos. Todo lo que se permiten esta educación encuentran en la vida venidera una condición de más alta espiritualidad, de más felicidad. En la vida corporal estamos limitados como un pájaro en una jaula. Tenemos ganas de un vuelo grandioso, pero hay que esperar, hay que resistir, hay que resignarse. El espiritismo bien comprendido, pero sobre todo bien sentido, es capaz de desarrollar nuestra verdadera humanidad. Todos nosotros tenemos el sueño de un mundo mejor, de un mundo de justicia, paz, fraternidad, igualdad. Esta es nuestra misión como verdaderos espiritistas, muchas veces hecha de formas humilde y silenciosa.

En muchas ocasiones recuerdo el libro que cambió mi juventud: Memorias del Padre Germán, de Amalia Domingo Soler. El Padre Germán es un verdadero hombre de bien cuya caridad, fe y justicia inspiraron a todas las personas que cruzaron su camino. Hasta el día de hoy, la figura del Padre Germán está en mi mente y en mi corazón, inspirándome el verdadero sentido de la palabra espiritista. El espiritista es una persona que cambia el mundo simplemente porque cumple sus deberes, siendo justo, lleno de bondad y caridad. El verdadero Cristo consolador no es el Cristo de los altares, es el Cristo vivo y que vive en nuestras acciones rectas. Todos podemos ser un instrumento de consuelo para nuestro prójimo.

Haroldo Dutra Días. Revista FEE

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