¿Llegó la hora?

“<¡Solo el pavo muere en la víspera!” – dice el adagio popular, haciendo referencia al hecho de que nadie desencarna antes que llegue su día. En realidad, ocurre lo contrario. Pocos cumplen integralmente el tiempo que les fue concedido, con raras excepciones, el hombre terrestre atraviesa la existencia presionando la máquina física, comprometiendo su estabilidad.

Destruimos el cuerpo de fuera para dentro con los vicios, la intemperancia, la indisciplina…

El alcohol, el tabaco, los tóxicos, los excesos de alimentación, tanto como la ausencia de ejercicios, de cuidados de higiene y de reposo adecuado, minan la resistencia orgánica a lo largo de los años, abreviando la vida física.

Destruimos el cuerpo de dentro para fuera con el cultivo de pensamientos negativos, ideas infelices, sentimientos desequilibrantes, envolviendo celos, envidia, pesimismo, odio, rencor, rebeldía… Hay individuos tan habituados a reaccionar con irritación y agresividad, siempre que son contrariados, que un día “implosionan” el corazón en un infarto fulminante. Otros “ahogan” el sistema inmunológico en un diluvio de tristezas y resentimientos, depresiones y angustias, favoreciendo la evolución de tumores cancerígenos. Tales circunstancias fatalmente implicarán en problemas de adaptación, como ocurre con los suicidas.

Aunque la situación de los que desencarnan prematuramente en virtud de intemperancia mental y física sea menos complicado, ya que no pretendían la muerte, aun así, responderán por los perjuicios causados a la máquina física, que repercutirán en el periespíritu, imponiéndoles penosas impresiones.

Como siempre, tales desajustes se reflejarán en el nuevo cuerpo, cuando vuelvan a la experiencia reencarnatória, originando deficiencias y males variados que actuarán por indispensables recursos de reajuste.

No somos propietarios de nuestro cuerpo. Lo usamos por un tiempo indeterminado, como alguien que alquila un coche para un largo viaje. Hay un programa a ser observado, incluyendo itinerario, ruta, duración, manutención. 

Si abusamos del cuerpo, acelerándolo con indisciplinas y tensiones, envenenándolo con vicios, olvidando los lubricantes del optimismo y del buen ánimo, fatalmente nos veremos delante de graves problemas mecánicos. Más allá de interrumpir el viaje, perjudicando lo que fue planeado, seremos llamados a prestar cuentas de los daños provocados en un vehículo que no es nuestro. En un futuro, en un nuevo “viaje”, probablemente tendremos un “trasto” con limitaciones variadas, exigiendo mayor suma de cuidados, imponiéndonos benéficas disciplinas.

Richard Simonetti
¿Quién tiene miedo de la muerte?
Traducido por R Bertolinni

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