Inconvenientes y peligros de la mediúmnidad

El problema de la mediúmnidad es el problema del ser humano. Demóstenes, quien fuera uno de los discípulos de Platón y padre de la oratoria, afirmó que no hay nada más fácil que el autoengaño; ya que lo que desea cada hombre es lo primero que cree. ¡Y es verdad porque sólo vemos aquello que queremos ver!

¿Conocen la historia de los seis sabios ciegos y el elefante? La contamos brevemente. En la antigua India habían seis sabios ciegos que dialogaban sobre cómo sería un elefante. Un buen día decidieron ir a tocar al animal con el fin de satisfacer sus mentes y poder comprobar verdaderamente cómo es un elefante. Cada uno de ellos se puso delante del animal por un lugar diferente. De esta forma, el primero, al chocarse con el lomo ancho y fornido del elefante, lo comparó con una pared de barro. El segundo alcanzó uno de los colmillos y dijo: ¡vaya, lo que tenemos aquí es muy cilíndrico y suave, esta maravilla de elefante es igual a una lanza! El tercero se acercó al animal por la trompa, la cual se retorció en sus manos; así que, audazmente, dijo: Yo veo que el elefante es igual que una serpiente. El cuarto extendió la mano, la posó sobre una de las patas y expresó: hasta el hombre más ciego puede decir a lo que esto se parece. Niegue el hecho quien pueda, este portento de elefante es igual a un árbol. El quinto alcanzó una de las orejas y dijo: está bastante claro que el elefante es semejante a un abanico. Y el sexto, en cuanto empezó a tantear al elefante, agarró su cola oscilante y replicó: Yo veo que el elefante es como una soga, vieja y delgaducha. Y aquellos sabios continuaron disputando larga y ruidosamente sobre lo que era un elefante. Como dudaron del testimonio de unos para con los otros, terminaron aferrándose cada uno a su propia opinión, pensando que los demás estaban muy equivocados.

Vislumbramos, pues, que el autoengaño y la obstinación en no ver la verdad se convierten en verdaderos obstáculos; obstáculos importantes en el camino hacia el auto conocimiento, en el camino de la liberación. Y, como consecuencia, estos obstáculos van a generar inconvenientes específicos en el uso de la mediúmnidad.

Todos nosotros sin estar ciegos tenemos el mismo problema. La única diferencia es que sabemos que estamos mirando todas las partes de una misma cosa. Pero, no obstante, obtenemos una opinión diferente. ¿Cómo es posible que veamos la realidad de manera distinta si todos miramos una misma cosa? ¿Cómo podemos ver una cosa y la contraria siendo la misma realidad la que está frente a nosotros, una realidad concreta, como es el mundo de la vida? El mundo está ahí fuera, sin embargo, vemos lo que queremos ver. Schopenhauer escribió un sesudo libro para mostrarnos esta realidad. Lo titulo El mundo como voluntad y representación. Forma un sistema filosófico que nos permite comprender el “qué” del mundo. Y es un libro de un único pensamiento pero suficientemente fructífero como para llenar miles de páginas. Ese pensamiento reza así: “El mundo es el autoconocimiento de la voluntad”. Este pensamiento nos permite adentrarnos en la verdad de las cosas, en el mundo de las esencias más allá de las apariencias. Y comprender –que no justificar- el porqué del sufrimiento, de la maldad humana, de la miseria y la injusticia que llenan el mundo. Podemos, en fin, comprender el sentido de una existencia que es, de principio a fin, un sinsentido para el hombre de hoy. Y el filósofo español José Ortega y Gasset afirmó algo que revela toda la verdad con relación a esta problemática. Nos dijo que “El hombre se compone de lo que tiene y de lo que le falta”. Somos seres en transición, seres crepusculares saliendo de la ignorancia absoluta hacia la sapiencia. Estamos en medio de nuestra jornada de trabajo, de nuestro periplo evolutivo, que se expresa en la incompletitud.

Estamos con buena parte de nuestra potencialidad aún inoperante o apagada; mantenemos nuestros valores morales y espirituales aún adormecidos en nuestro ser. Aprendemos nuestra humanidad, en tanto experimentamos nuestra ignorancia, nuestros vacíos. Así que, estamos desarrollando nuestra naturaleza, lo bueno en sí, nuestra conciencia; estamos desarrollando lo que somos y no lo que pensamos que somos. Nos encontramos en un momento en el que somos conscientes de muchas cosas. Nos sabemos y nos percibimos incompletos, paradójicos. De esta forma, cuando realizo algo bueno me enorgullezco. Pero cuando me equivoco, no reconozco mi error y me autoengaño; o bien me culpabilizo y no me perdono. Porque aún no acepto que me equivoco; aún no asumo que fallo ante mi incertidumbre. Necesitamos encender la luz de nuestras almas por medio del desarrollo de nuestras conciencias; pero el paso previo para que pueda brillar la luz de nuestro ser es reconocer nuestras sombras, las tinieblas de nuestras mentes. No es fácil rasgar los velos que ensombrecen la mente humana. Las razones pueden ser de variado orden pero fundamentalmente se debe al hecho de no afrontar el trabajo sobre nosotros mismos: la tarea de autoconocimiento de manera completa. La tarea de autoconocimiento es un compromiso para vivir en verdad. Si yo no habito un clima de verdad en relación conmigo, si no hay honestidad y veracidad en la mirada que tengo hacia mí mismo, es imposible que me abra a verdades superiores. Por tanto, se trata de un trabajo de purificación, y la mediúmnidad es una concesión de la Providencia divina para que alcancemos ese objetivo por milenios postergado, procrastinado en nuestras vidas.

Schopenhauer nos dice que mi verdad es una verdad entre comillas. Es la representación que hago de lo que veo. Y esa representación se manifiesta por mi deseo. Entonces, lo que veo como real es aquello que yo quiero que sea, y no aquello que es per se. Por tanto, utilizamos el deseo para llenar la laguna de nuestra incompletitud. Lo que yo no sé, la parte de la verdad que desconozco, la substituyo por mi deseo. Así que, ante una cosa o una pregunta de algo que desconozco yo respondo que es tal o cual cosa porque yo quiero que sea. Tenemos que cambiar el deseo por el saber, ya que amplía nuestra conciencia. Todos queremos tener mediúmnidad, ¿verdad? Pero no sabemos qué es la mediúmnidad ni cómo se comporta en nosotros, para qué sirve ni cómo conviene utilizarla, cuáles son los peligros que entraña. Con lo cual, el primer deber que tenemos para con nosotros mismos es conocernos como volentes y no como cognoscentes: saber que creemos lo que deseamos y vemos aquello que queremos. Por eso pensamos que los médiums son superiores, son personas privilegiadas a las que vamos alagando para que nos resuelvan los problemas, o nos digan no sé qué cosas.

Deducimos aquí que el autoconocimiento exige asomarse al abismo de uno mismo. Y sólo se puede dar cuando miramos, cuando atravesamos nuestras sombras; es ahí cuando se abre nuestra luz. Yo no puedo abrirme a la verdad, si no tomo conciencia de mis miedos interiores; no puedo abrirme al amor, si no tomo conciencia de mi falta de amor. Hay, pues que indagar en qué nivel me relaciono con la verdad. ¿Soy capaz de oírla, sobre todo de mí mismo; soy capaz de llegar a mi verdad? ¿Realmente atiendo las reales necesidades de mi ser? ¿Estoy en busca de la sinceridad, de la autenticidad, de la integridad? En fin, todas estas cuestiones son interrogantes que tenemos que realizarnos diariamente. Esto es mucho más importante que preocuparme por tener tal o cual facultad mediúmnica, sin reparar en los riesgos que comporta; porque, por otra parte, en verdad todos somos médiums. El problema hoy no es si tenemos o no mediúmnidad porque todos somos instrumentos de las fuerzas con las que estamos en sintonía. El problema es saber que no existe perfeccionamiento mediúmnico sin la purificación de la individualidad. Por tanto, es contraproducente intensificar nuestra fuerza psíquica, el movimiento de la energía, sin disciplinar sus impulsos. Reconocer nuestra sombra y nuestra luz es un requisito para alcanzar el autodominio. Y ello es una exigencia previa para desempeñar la mediúmnidad con seguridad; el infierno y el paraíso están en nuestro interior. Y mientras no sepamos esto, la mediúmnidad no puede constituirse en una lámpara que derrame claridad en nuestro camino.

Comprendamos, pues, que los inconvenientes y peligros más importante en el uso de la mediúmnidad en verdad son el conjunto de las imperfecciones del médium; de la falta de conocimiento de sus verdaderas cualidades, de sus deficiencias y desvíos de comportamiento, que hay que reconocer primeramente para poder liberarnos realmente, ya que no puede liberarse quien no se reconoce esclavo. Por tanto, hay que tener claro que nuestras imperfecciones, así como el entumecimiento de la conciencia y la inexperiencia, fruto de la falta de estudio, van a provocar obstáculos específicos en el ejercicio mediúmnico, tales como el estancamiento, la mistificación, el animismo y la obsesión. Inconvenientes que van a limitar y a comprometer nuestras posibilidades de crecimiento moral o restablecimiento del orden moral, a través de la mediúmnidad.

Escrito por Miguel Vera. Centro Espírita Recinto de Paz de Murcia.

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