Cristianismo primitivo y espiritismo

Estudiar los orígenes del cristianismo primitivo, así como su desarrollo y posterior oscurecimiento, nos puede ayudar a comprender el origen de nuestras principales creencias y las de nuestra sociedad actual. El cristianismo primitivo debemos estudiarlo dentro del marco de las tres grandes revelaciones que nos llegaron a occidente, que son la Ley de Moisés, la primera, las enseñanzas de Jesús, la segunda, y la Codificación Espírita de Allan Kardec, la tercera. La primera revelación nos trajo la Ley Natural condensada en el decálogo de los Diez Mandamientos. La segunda revelación de Jesús nos trajo las enseñanzas de la Ley de Amor y finalmente, la Codificación Espírita nos trajo el conocimiento espiritual necesario para comprender las enseñanzas de Jesús, libres, por fin, de dogmas y de interpretaciones literales.

La primera revelación no trajo al pueblo judío todos los conocimientos espirituales necesarios para la llegada de la segunda revelación. La historia nos demuestra que fue la mayor parte de las creencias espirituales llegaron a través de las civilizaciones colindantes como fueron los egipcios, griegos y babilonios.

De los egipcios tomaron las creencias de la esperanza de la llegada de un mesías salvador, la dualidad de cuerpo y alma, la inmortalidad del alma y el juicio individual del alma. De los babilonios, durante el exilio en Babilonia del siglo IV a.C., tomaron la dualidad entre el bien y el mal, la existencia del mundo espiritual y de los ángeles, adoptando los nombres caldeos y la retribución de Dios en el mundo espiritual por la fidelidad guardada durante la vida, puesto que siendo esclavos en Babilonia la retribución en vida era algo imposible hasta la llegada del mesías. De los griegos (Pitágoras, Platón y religión órfica) tomaron la creencia en el cielo y el infierno, la resurrección del alma pero no del cuerpo y en círculos gnósticos la reencarnación a través de la creencia en la metempsicosis de Pitágoras. Y, por último, de las religiones mistéricas de Serapis, Adonis, Eleusis y la persa Mitra, tomaron la necesidad de alcanzar la salvación y la creencia en el fin del mundo.

Durante el siglo II a.C. bajo la dominación de la dinastía Seléucida llegó el levantamiento de los Macabeos, que para impulsar su liberación promovieron en el pueblo la creencia de la retribución en el más allá según las obras (enfrentándose a los griegos) y la resurrección material después de la muerte, a la vez que rechazaban las ideas puramente judías como la reencarnación. La creencia en la resurrección material prácticamente desapareció unos siglos frente a la creencia en la resurrección inmaterial adoptada por los fariseos en el judaísmo y transmitida al cristianismo hasta la adopción en el siglo IV d.C. de muchas de las ideas paganas que mediante sincretismo transformaron las creencias cristianas hasta la actualidad.

Alejandro Magno, en el siglo IV a.C., con sus conquistas, helenizó prácticamente el mundo conocido, quedando la cultura griega como un nexo de unión entre todas las culturas con su idioma y su filosofía, influyendo incluso en las culturas más cerradas como el judaísmo, llegando a tiempos de Jesús, con una dominación política romana pero griega en lo cultural. El pueblo judío en la diáspora convivió con el helenismo de forma diferente, con mayor aceptación, que el judaísmo palestinense, mucho más celoso de sus tradiciones, conformándose dos corrientes, helenistas en las comunidades de la diáspora y tradicionalistas en las proximidades de Jerusalén. Estas dos corrientes de judaísmo darán origen a dos corrientes de cristianismo diferenciadas, el cristianismo palestinense o judaizante, celoso de la tradición judía, y el cristianismo helenista, con ideas mucho más gloriosas y mejor preparadas para una divulgación universal.

Durante su vida pública, Jesús, que sea conocido, solo predicó para judíos, de forma que los primeros cristianos, antes incluso de llamarse así, fueron una secta mesiánica judía como muchas otras, predicando que el mesías, Jesús, ya llegó y que resucitó. Predicaban por tanto las enseñanzas originales que les dejó Jesús sobre la paternidad del Padre, la proximidad del Reino de los Cielos y la necesidad de estar preparados para ello. Se cuidaban mucho de ensalzar demasiado a Jesús, considerado mesías y maestro, delante de las autoridades judías por peligro de ser apedreados hasta la muerte como le ocurrió a Esteban, al situar a Jesús en una visión a la derecha de Dios (Hechos 7:55). Los apóstoles saliendo en todas las direcciones a predicar las enseñanzas de Jesús, empezaron su ministerio por las sinagogas judías de la diáspora, donde tenían derecho a intervenir como judíos, y donde las enseñanzas de Jesús tenían un público más abierto que en Jerusalén gracias a la influencia helena, más familiarizada con los conceptos espirituales de la vida futura y la dualidad cuerpo y alma.

Pablo de Tarso, de formación helenista en la diáspora, glorificó a Jesús de tal forma que le convirtió en el Señor ascendiendo a los Cielos como el Cristo, divinizándole en ese momento y salvándonos a todos con su muerte vicaria, recogiendo el concepto de las religiones mistéricas y justificando así su aparente derrota. En lugar de exponer al mundo la llegada de un mesías humilde, asesinado y resucitado, que vino a enseñarnos a prepararnos ante la llegada del Reino de los Cielos, adoptó la visión de un cristo, el Señor, divinizado en el momento de su muerte, compitiendo con las religiones mistéricas en cuanto a garantías y facilidades de salvación, justificándose solo por la Fe, simplemente creyendo en él (Romanos 3:28, 5:1, Gálatas 3:24, Efesios 2:8-9).

Seguidores de Pablo, años después, fueron más allá de esta visión, sustituyendo al predicador como predicado, convirtiendo el “Reino de Dios” en “Reino de Cristo”, adelantando la divinización de Jesús desde el principio de los tiempos como el Verbo de la filosofía griega, adaptando las cartas de Pablo a su nueva teología y creando otras siete cartas más como apoyo a sus ideas (solo siete cartas de las catorce se admiten como verdaderas de Pablo, pero sufriendo alteraciones). De esta forma se entienden las grandes contradicciones que se encuentran en las cartas de Pablo, unas veces deja entender que la mujer no se diferencia del hombre (Gálatas 3,28), que tiene pleno derecho a orar o profetizar en las asambleas (1 Cor 11,5) aunque cubriéndose la cabeza, pero otras se contradice mandándolas callar y aprender de sus maridos en sumisión y silencio (1 Cor 14,34-35 y 1 Timoteo 2,11-12,15).

En el año 50 d.C, tuvo lugar el Concilio de Jerusalén, donde con mediación de Pedro, Pablo consiguió que los nuevos conversos no tuvieran que cumplir con la Ley de Moisés completa, relativa a la circuncisión y leyes de alimentos y de pureza ritual. De esta forma se permitía a los gentiles abrazar el cristianismo sin tener que convertirse al judaísmo. Después del año 70 d.C., con la destrucción de Jerusalén, prácticamente desaparecieron los grupos judeocristianos, quedando puntualmente varias sectas, los nazarenos, ebionitas y elkasaitas, que perduraron pocos siglos después hasta ser borrados de la historia, perseguidos como herejes, destruyendo sus textos cristiano- judaizantes, como el Evangelio de los hebreos y el Evangelio de los doce apóstoles.

Los cristianos del siglo I y hasta bien avanzado el siglo II se reunían en asambleas locales, era una religión de laicos con dirigentes que no tenían derechos especiales, sin jerarquías y con asambleas que tomaban las decisiones colectivamente. Los apóstoles y profetas eran itinerantes y visitaban a las distintas asambleas quedándose apenas dos o tres días en cada una. Su estancia y tratamiento venía reflejada en el documento Didaché que con sus directrices les permitía estar precavidos de los falsos profetas y de los “traficantes de Cristo”. La mediúmnidad era habitual entre los primeros cristianos y así queda reflejado en la enumeración de carismas de la carta de Pablo, 1 Corintios 12. Sociológicamente no se puede explicar la rápida expansión del cristianismo si no se considera los fenómenos mediúmnicos como los grandes dinamizadores hacia la conversión de la nueva Fe. Sin embargo, el oscurecimiento del cristianismo llegó vinculado al crecimiento de las jerarquías y su poder. La interpretación literal de las escrituras se impuso frente a la interpretación inspirada (mediúmnica), eliminando todo libre pensamiento y filosofía. En el siglo III se afirma que el número de profetas había concluido (Fragmento Muratori 79). La oscuridad se cernió sobre el mundo occidental, el cristianismo se proclamó como única religión lícita (Teodosio 380 d.C.) y las mayores atrocidades se hicieron en su nombre.

Se adoptaron costumbres paganas en un sincretismo sin igual, aparecieron nuevos ritos y cultos “cristianizados” pero de origen puramente pagano, que todavía hoy perduran. La trinidad común en el resto de culturas se adoptó creando la tercera persona como Espíritu Santo, modificando la traducción de las escrituras a partir del concepto judío de “rúaj hakódesh”, que significando espíritu de santidad se refería al estado de inspiración divina que no era otra cosa que la mediúmnidad con los buenos espíritus recibiendo la voluntad de Dios. Por ello, para Juan Evangelista, creador del cuarto evangelio hacia el año 100 d. C aproximadamente, el concepto de “Espíritu santo” (santo en minúscula como adjetivo) no podía ser otro que el de la mediúmnidad con Dios a través de los buenos espíritus enviados por Jesús (ver obra “El Consolador” de Chico Xavier), a partir del significado original de “rúaj hakódesh” que perduró varios siglos, mientras todavía era permitida la mediúmnidad de profecía.

El estudio de la tercera revelación, el Espiritismo, nos permite retomar las enseñanzas originales de Jesús y liberarnos de los dogmatismos, desviaciones y literalismos gracias al conocimiento espiritual que nos aporta con la filosofía, moral y ciencia espírita. El conocimiento espiritual transciende los límites de la religión humana, nos desvincula de los conceptos confusos del pasado, que no debemos reutilizar, y nos lleva a alimentar la Fe razonada en nuestro camino hacia Dios, asistido por los buenos espíritus enviados por Jesús y en verdadera unión, como cuando llegue el día en que se cumpla la escritura:

“Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños.»

(Hechos 2:17-18)

Escrito por Jose Ignacio Modamio
Centro Espírita Entre el Cielo y la Tierra de San Martín de Valdeiglesias

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