¿Te acuerdas?

Cuando la sombra de la muerte desciende sobre un hogar y arrebata a un hijo querido, de inmediato nuestros pensamientos se vuelven hacia los padres.

¿Cómo soportará el dolor el corazón materno? ¿Cómo conseguirá ser fuerte el corazón paterno? Y, casi siempre, no nos acordamos de los hermanos del que ha partido. Si son pequeños, niños, parece que tenemos la idea de que, para ellos, aquello no es tan grave. Explican que el hermanito hizo un largo viaje, fue al encuentro de Jesús. O que se transformó en una estrella y está iluminando el cielo. O, también, que está viviendo con su ángel de la guarda. Sin embargo, los lazos que unen a los hermanos son, a veces, muy fuertes y llevan a los niños a pensar en su hermanito o hermanita, preguntándose:

¿Será que donde ellos se encuentran hay juguetes? ¿El hermanito echará de menos al osito con el que siempre jugaba? ¿Será que echa de menos su cobertor calentito, el chupete, el biberón, su bicicleta? Tal vez pensando en eso, una niña le escribió a su hermanita, que había muerto antes de completar cinco años:

¿Te acuerdas de las piedritas que pisaste, que sentiste bajo tus piecitos y te gustó?

¿Te acuerdas de las florcitas que regaste, que oliste?

¿Te acuerdas de las estrellas, cariño?

¿Te acuerdas de la luna en el poste de luz de la calle? La miraste, te pareció muy bonita y te encantó.

¿Te acuerdas de la manera como veías gracia en medio del dolor?

¿Te acuerdas de la carcajada que compartiste y de todas las revueltas que ella deshizo?

¿Te acuerdas de las palabras que pronunciaste? ¿Te acuerdas, querida?

¿Te acuerdas de la musiquita que cantaste y de todas las letras y palabras que inventaste?

¿Te acuerdas del desayuno y del almuerzo, servidos con amor junto a tu abuelo, a todas tus amiguitas?

¿Te acuerdas de las bellas historias que tu abuela te contó y de todas las uñas que tu hermana te pintó?

¿Te acuerdas de cuántas horas pasamos juntas?

¿Te acuerdas de la casita de muñecas que papá montó y de los buenos momentos que ella te proporcionó?

¿Te acuerdas, cariño, de quien te cuidó? ¿Y de todo el mundo que te ayudó, en casa, en el hospital?

¿Te acuerdas, en la hora final, de quién besó tus mejillas, tu carita? ¿De quién sujetó tus manos?

¿Te acuerdas de la oración? ¿De las lágrimas de dolor? ¿Será que te hicieron mal? Pero, ya ha pasado, ¿verdad?

Era el río de nuestra nostalgia desbordando por los ojos, como una cascada que parecía no tener fin.

¿Te acuerdas de los juegos que te gustaban? ¿Aún te acuerdas de jugar, cariño?

¿Te acuerdas del castillo que imaginaste, querida, que, de tanto construirlo, tan real se ha vuelto? ¿Te acuerdas del árbol de Navidad, de las lucecitas coloridas y otras cosas parecidas?

¿Y de la paletita, de la regadera, de la arena que tamizaste?

¿Te acuerdas de las conchitas de varios tamaños que juntaste, colocaste en tu cama y me mostraste? Pues así es. Yo me acuerdo de todo, cariño. Me acuerdo mucho, esperando que mis recuerdos lleguen a tu corazón y que tú también te acuerdes. Esto le hace bien a mi nostalgia. También habrá de hacer bien a la tuya. Y espero que, por la noche, cuando me vaya a dormir, consiga ir a tu encuentro para que podamos nuevamente abrazarnos. Quizá podamos hacer, juntas otra vez, algunas travesuras. Quizá podamos jugar entre las nubes o en los jardines del mundo espiritual. Te echo mucho de menos, hermanita. ¡Hasta cualquier momento!

Redacción  del Momento Espírita, con algunas frases de Marina Costa Macedo.

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