Viejo trauma

Recomendaciones:

– ¡Solo me entierran cuando comience a oler mal!…

– No me entierren. ¡Quiero ser incinerado!…

– Cumplan rigurosamente el plazo de veinticuatro horas para el entierro. ¡No importan las circunstancias de mi muerte!…

En conferencias sobre la muerte, la pregunta frecuente es:

– ¿Si paso por un trance letárgico y me despierto en la tumba, que pasará conmigo?

La respuesta jocosa:

– Nada de especial. Simplemente morirás en pocos minutos, por falta de aire.

* * *

Increíble la preocupación de las personas con la posibilidad de ser enterradas vivas, alimentada por viejas leyendas de cadáveres extrañamente girados en el ataúd cuando este es abierto, meses o años después del entierro. Tal vez hechos de esa naturaleza hayan ocurrido en los siglos pasados, particularmente por ocasión de epidemias o de batallas, donde, delante de la cantidad de cuerpos a ser sepultados, se pasaba por encima de ese elemental cuidado de verificar si el individuo estaba realmente muerto.

Nuestros ancestrales habrán confundido, no es raro, la letargia con la muerte condenando a las víctimas de su ignorancia a un desencarne por asfixia. En la actualidad es prácticamente imposible enterrar a alguien vivo, desde que la familia pida la presencia de un medico (lo que en Brasil es impuesto por ley, ya que no se puede preparar el entierro sin el atestado de óbito firmado por un profesional de la Medicina y este no puede hacerlo sin el competente examen del difunto).

El médico constatará fácilmente si el candidato al atestado está realmente muerto o en estado letárgico. En la letargia no cesan las funciones vitales. El organismo permanece en funcionamiento, pero de forma latente, imperceptible a la observación superficial. Con el estetoscopio él verificará tranquilamente si hay circulación sanguínea, sustentada por los latidos cardiacos. Si ocurre una parada cardiaca la muerte se consuma en cuatro minutos. El examen oftálmico también es conclusivo.

Verificándose la midriasis, una amplia dilatación de la pupila, sin respuesta a los estímulos luminosos, el fallecimiento está consumado.

Nos parece que los temores al respecto del asunto tiene origen en problemas de desligamiento, ya que es muy común el Espíritu permanecer preso al cuerpo por algunas horas o días, después del entierro, por falta de preparación para la muerte. Considerando que ciertamente todos ya pasamos por esa desagradable experiencia en vidas anteriores, guardamos en el interior de nuestra consciencia traumas que se manifiestan en el temor de ser enterrados vivos. La comprensión de los mecanismos de la muerte, aliada a la observancia de los compromisos de la vida, nos ayudarán a superar esa incomoda herencia de nuestras descuidadas experiencias del pasado.

Richard Simonetti
¿Quién tiene miedo de la muerte?
Traducido por R Bertolinni

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