Plegaria a Dios

¡Vivir sin luz!, sin contemplar del cielo
sus celajes y tintas purpurinas,
sin ver las aves en su raudo vuelo,
¡ni los rayos de sol en las colinas!
Ni esos prados cubiertos de verdura,
¡Que esmaltan bellas y aromadas flores!
¡Vivir sin contemplar de la natura
los encantos, las galas y colores!

¿Es la expiación tal vez? ¿Es anatema
que el destino dejó sobre mi frente?
¿Por qué este llanto, que mis ojos quema?
¿Qué culpa he cometido, Dios clemente?
Dos amores llenaron mi existencia:
En los primeros años de mi vida
adoré del Señor la omnipotencia,
y amé a mi madre por mi mal perdida.

Catorce abriles con sus bellas flores,
amantes me brindaron su fragancia;
la hermosa juventud me brindó amores,
y vi desaparecer mi casta infancia.
Un amor grande, sin rival, profundo,
hizo latir mi corazón amante;
¡Qué hermoso entonces contemplaba el mundo!
¡Sueño divino que duró un instante!
Sueño de amor, de juventud y de gloria;
quimera de placer, sombra querida;
¡Tú siempre vivirás en mi memoria!
¡Tú el recuerdo más puro de mi vida!

La dicha humana tras de largos años
por decreto infalible se derrumba;
hoy me quedan funestos desengaños
y de mi madre la modesta tumba.
Hoja marchita que en los aires flota,
anhelante y cansado peregrino;
de un arpa de dolor perdida nota
sin encontrar un eco en mi camino.
Pero hallaba un consuelo a mis dolores
contemplando las nubes purpurinas;
de los vergeles las pintadas flores,
y los rayos del sol en las colinas.

Me consolaba cuando muere el día
elevar hasta Dios tristes querellas,
y extasiaban mi pobre fantasía
el pálido fulgor de las estrellas.
Pero ¡ay de mí! que lágrimas de fuego
van quemando implacables mi pupila…
No hay en mis labios ya ferviente ruego:
¿Y cómo haber? Si mi razón vacila.
Sí cuando miro el sol resplandeciente,
y pienso que su lumbre esplendorosa
alguna vez abrasará mi frente
y no podré yo ser su luz hermosa…

Es dardo emponzoñado que me hiere,
y me causa tan profunda herida…
Que mi razón, mi pensamiento muere,
ante esa eterna noche de la vida.
¡Vivir sin luz!… ¡Horrible pensamiento…
Donde toda esperanza se derrumba.
No hay tormento que iguale a ese tormento,
con esa eterna noche de la tumba.

¡Piedad, Señor! Tu compasión imploro.
Yo no puedo sufrir esta agonía.
Si mis ojos se queman con mi lloro,
¿Quién a mis pasos servirá de guía?
Llanto de fuego mis pupilas quema,
¡Calma, Señor, tus iras! … tus enojos…
Y en tu clemencia, en tu piedad suprema,
deja un rayo de luz para mis ojos.

Amalia Domingo y Soler. Madrid, Julio, 1865

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