Jesús en el Evangelio

El Espiritismo presenta a Jesús como el tipo más perfecto que Dios ha ofrecido al ser humano para que le sirviera de guía y de modelo. En el libro Camino de la luz, el Espíritu Emmanuel nos explica que Jesús forma parte de una comunidad de Espíritus puros que dirigen la vida y los fenómenos de todas las colectividades planetarias. Para que Jesús, un ser de tan sublime jerarquía espiritual, pudiera estar físicamente en la Tierra fue imprescindible que se adaptara, cumpliera y se sometiera a todas las leyes físicas que regulan la materia, en una gradual operación de reducción vibratoria, que le permitiera ajustar su psiquismo tan elevado al restrictivo metabolismo biológico de un simple cuerpo carnal, cuya naturaleza, siendo exactamente la misma que la de cualquier otro ser humano, estaría, inevitablemente, sujeta a reacciones distintas debido a las cualidades tan superiores del Espíritu allí encarnado, cuestión que se mostró a la largo de su vida física.

Ese ser, a quien nosotros hemos conocido como Jesús de Nazareth renunció, por amor a Dios y a la humanidad, a las gloriosas regiones celestiales donde se hallaba, para traer, personalmente, a la gran familia humana, la lección inmortal de su mensaje de Amor. Jesús, como Él mismo se declaraba, era un enviado del Padre, pero nunca el propio Dios hecho hombre, como se nos ha presentado tantas veces, que vino al mundo físico como todos nosotros hemos venido, es decir, por vías plenamente humanas y naturales, como consecuencia de la unión sexual, en este caso, entre María y José.

Jesús era, sí, hijo de Dios, pero no “el” Hijo de Dios, sino “un” hijo de Dios, del mismo modo que lo somos todos y cada uno de nosotros, que no estaba tocado por un don o por una gracia especial, sino que, como todos nosotros, empezó siendo un espíritu inmaduro e imperfecto, que se sometió a las mismas leyes naturales del progreso reencarnatorio, viviendo toda la trayectoria de la evolución anímica, aprendiendo y conquistando, experiencia tras experiencia, todos los valores espirituales hasta, finalmente, alcanzar el estatus, por decirlo de algún modo, de Espíritu puro, que ha recorrido todos los grados de la escala y se ha despojado de todas las impurezas de la materia. Y es muy importante entender y concienciarnos de ese hecho, porque Jesús nunca podría ser el guía y modelo de la humanidad que es si antes no hubiera sufrido y vivido en sí mismo todo aquello que enseña a sus alumnos porque, precisamente, por haber pasado por lo mismo, por haberse sublimado a través de incontables luchas físicas, es que podía educar como educó, enseñar como enseñó y hacer todo lo que hizo, reconociendo y valorando, de este modo, la grandeza y superioridad de ese Espíritu que alcanzó, por mérito propio, por el ejercicio de su propio esfuerzo, el conocimiento y la comprensión del Amor como la Ley mayor del Universo. Jesús, a pesar de no ser el propio Dios hecho hombre, ni ese Hijo Unigénito creado especial, hizo muchas cosas extraordinarias y maravillosas, que, sin embargo, erróneamente, por ignorancia, se han clasificado como milagros.

Un hecho, por muy excepcional e inexplicable que sea, si ocurre una sola vez, es porque existen unas leyes naturales que permiten que ello suceda. Y, siempre que esas mismas condiciones o circunstancias se repitan, ese supuesto milagro volverá a producirse, porque las Leyes de Dios son perfectas e inmutables. Jesús, por tanto, no hizo absolutamente ningún milagro porque los milagros, simplemente, no existen. Jesús nunca violentó los códigos del mundo físico o del mundo espiritual, ni nunca derogó las leyes que rigen el universo, sino que, por el contrario, siempre se limitó a aplicar esas mismas leyes, perfectas e inmutables, las cuales conocía sobradamente. En todo caso, si Jesús ha hecho, de verdad, algún “milagro” que ha mostrado su grandiosidad y superioridad ha sido que, a pesar de haber nacido en la más humilde condición, de haber predicado sólo durante tres años con unos medios exiguos, sus enseñanzas y su ejemplo regeneraron y revolucionaron al mundo.

Jesús, con la fuerza de sus actos y su ejemplo, nos mostró el máximo código de conducta y de higiene espiritual y moral que la humanidad ha conocido, donde se enseña y refleja la más pura expresión de las Leyes de Dios: la Verdad y el Amor. En las enseñanzas de Jesús se encuentra la mejor y más sana propuesta para la solución de los problemas emocionales, sociales, educativos y morales de todas las personas. La aplicación firme y segura de esas pautas de comportamiento terminaría con todo tipo de fanatismos, separatismos, sectarismos y luchas, bien fueran sociales, políticas o religiosas, porque bajo el amparo exclusivo del Amor todos los pueblos se reunirían en un gran abrazo espiritual de fraternidad y de solidaridad universal, destruyéndose, por consiguiente, los conceptos exclusivistas y absurdos de raza y de patria que todavía hoy enfrentan, separan, empequeñecen y empobrecen a la humanidad.

Jesús nos mostró el camino, fundamentado en el Perdón y en el Amor, quedando de nuestra parte recorrer ese camino para que cada uno de nosotros se salve a sí mismo individualmente, porque toda regeneración y renovación tiene que comenzar desde el interior de cada uno, a través del esfuerzo propio. Sin embargo, este mensaje tan limpio y claro de Jesús fue adulterado, degradado y desnaturalizado a lo largo de los tiempos, convirtiendo su sencilla doctrina en una religión idolátrica y ritualista, llenándola de dogmas, fórmulas rígidas y de misterios que en nada corresponden a la realidad, olvidando, demasiado a menudo, la transparencia de sus enseñanzas fundamentadas en ese Amor y en ese Perdón. La visión espírita de Jesús está dirigida a rescatar el sentido, pureza y sencillez de sus enseñanzas, cumpliendo, entonces, la Doctrina Espírita, el papel del Consolador prometido por Jesús, que habría de enseñar todas las cosas y recordar aquello que había dicho.

El estudio del Espiritismo nos permite comprender más y mejor a Jesús y sus enseñanzas, interiorizando y viviendo su mensaje de Amor de una manera racional, no cabiendo, en la Doctrina Espírita, la imposición o los dogmas, sino que cada cual debe acoger sólo aquello que esté de acuerdo con su entendimiento y su sentir, haciendo uso de la más preciosa conquista del ser humano: nuestra capacidad de raciocinio, nuestro libre albedrío y libertad de conciencia. Jesús, a pesar de haber sido el ser más sublime que ha vivido en la Tierra, de ser la encarnación del Amor, de la Bondad y de la Pureza, fue apresado, calumniado, azotado y crucificado, todo ello en medio de burlas e insultos. En el momento de su crucifixión, Jesús vibraba en el más puro y elevado amor, porque el Amor era el fundamento de la toda obra del Maestro y el Amor, por lo tanto, fue su ejemplo hasta el final de su vida física. Sin una sola queja ni reproche salido de su boca, abriendo el corazón a todos aquellos que le condenaron y crucificaron, desde lo alto de la cruz, Jesús elevó los ojos hacia el cielo e, intercediendo por todos ellos, dirigió al Padre Creador aquella impresionante y sublime rogativa plena de misericordia, exclamando: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» …

Jesús, después de su muerte, nos mostró, personalmente, la inmortalidad del alma, eje sobre el cual giraban todas sus enseñanzas, porque fue visto en varias ocasiones por sus discípulos, habló con ellos, siendo, incluso, tocado, como es el caso del incrédulo apóstol Tomás, creyendo ellos, en su desconocimiento de las causas que originan el fenómeno de las apariciones y materializaciones, que se trataba de un cuerpo físico resucitado de entre los muertos cuando, en verdad, ese fenómeno no se aparta en absoluto de las leyes de la Naturaleza, explicándose por las propiedades del periespíritu que, “siendo invisible en su estado normal puede, bajo determinadas circunstancias y condiciones, volverse momentáneamente visible, en mayor o menor medida, hasta el punto, a veces, de llegar a la tangibilidad real y engañarnos sobre la naturaleza del ser que tenemos delante nuestro”. (La Génesis, cap. 14, ítem 35, Allan Kardec)

El Espiritismo nos invita a buscar a Jesús y seguir su ejemplo. Trabajemos con y para Jesús, respondiendo con alegría y sin miedo a la convocatoria del Maestro, a pesar de que la tarea que nos propone pueda ser un camino lleno de espinas, que requiere voluntad, sacrificios y renuncias… Pero por ardua que sea esa tarea, no desfallezcamos, sigamos siempre a Jesús, que encarnó, vivió y murió enseñando cuán grande es su amor por Dios y por toda la humanidad, presentando la más pura moral, la que debe iluminar y transformar al planeta Tierra en una morada superior a la que es hoy en día, hecha de paz, de fraternidad y de solidaridad común.

Jesús nos resumió sus enseñanzas de un modo preciso y muy sencillo de entender, diciendo: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. Y el segundo, semejante es a éste: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». (Mateo, cap. XXII, v. 36 a 39).

¿Qué es lo que aún no hemos entendido de amar a Dios y amar al prójimo como a uno mismo? ¿Por qué? ¿Por qué nos cuesta tanto seguir esa enseñanza, si tenemos el mayor y más sublime ejemplo y modelo en Jesús, nuestro amigo fiel, nuestro maestro, nuestro guía?

Alfredo Tabueña. Centro Espirita Amalia Domingo Soler.

Revista FEE

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