Solución infeliz

El termino eutanasia, cuyo significado es “muerte feliz”, fue creado por el filósofo Francis Bacon. Él argumentaba que el médico tiene la responsabilidad de aliviar enfermedades y dolores, no solamente con la cura del mal, sino también proporcionando al enfermo una muerte calmada y fácil, si el problema es irreversible.

Aunque universalmente considerada homicidio, la eutanasia cuenta con la benevolencia de la justicia cuando es aplicada en pacientes terminales atormentados por dolores y aflicciones. Son rarísimos los procesos contra personas involucradas en ese crimen.

En algunos países se piensa en considerarla un simple acto médico con el consentimiento del propio enfermo o de familiares, en el piadoso propósito de abreviar sus padecimientos.

Las religiones en general se manifiestan contrarias a la eutanasia, partiendo de dos principios fundamentales:

Primero: Compete a Dios, señor de nuestros destinos, promover nuestro retorno a la Espiritualidad. En la Tabla de los Diez Mandamientos Divinos, recibida por Moisés en el Monte Sinaí, donde están los fundamentos de la justicia humana, hay la recomendación inequívoca: “No matarás”. 

Segundo: Nadie puede afirmar con absoluta seguridad que un paciente está irremediablemente condenado. La literatura médica es pródiga en ejemplos de pacientes en estado desesperado que se recuperan.

El Espiritismo ratifica tales consideraciones y nos permite ir más allá, demostrando que la eutanasia no solo interrumpe la depuración del Espíritu encarnado por la enfermedad, como le impone serias dificultades en el retorno al Plano Espiritual.

André Luiz aborda ese asunto en el libro “Obreros de la vida eterna”, psicografía de Francisco Cándido Xavier, al describir el desencarne de Cavalcante, dedicado servidor del Bien, impresionado por injustificables temores de la muerte. A pesar de sus méritos y el amplio apoyo de los amigos espirituales que lo asistían, él simplemente rechazaba morir, apegándose a la vida física con todas las fuerzas de su alma. Con el moribundo inconsciente y sin ningún familiar para consultar, el medico decide, arbitrariamente, abreviar sus padecimientos, aplicándole una dosis letal de anestésico.

Dice André Luiz:

“En pocos instantes, el moribundo se calló. Se le endureció los miembros poco a poco. Se inmovilizó la máscara facial.

Se hicieron vítreos los ojos móviles.

 “Cavalcante, para el espectador común, estaba muerto. No para nosotros, entretanto.

La personalidad desencarnante estaba presa al cuerpo inerte, en plena inconsciencia e incapaz de cualquier reacción”.

Jerónimo, el mentor que acompañaba a André Luiz, explica:

“La carga fulminante de la medicación de descanso, por actuar directamente en todo el sistema nervioso, interesa los centros del organismo periespiritual. Cavalcante permanece, ahora, agarrado a trillones de células neutralizadas, durmientes, inválido, él mismo, de extraño entumecimiento que lo imposibilita de dar cualquier respuesta a nuestro esfuerzo. Probablemente solo podremos libertarlo después de pasadas más de doce horas”.

Finalizando, el autor acentúa:

“Y, conforme la primera suposición de Jerónimo, solamente nos fue posible la liberación del recién desencarnado cuando ya habían transcurrido veinte horas, después del trabajo muy laborioso para nosotros. Aun así, Cavalcante no se retiró en condiciones favorables y animadoras. Apático, somnoliento, desmemoriado, fue por nosotros llevado al asilo de Fabiano (1), demostrando necesitar de mayores cuidados”.

Aplicada desde las culturas antiguas, la eutanasia, lejos de situarse como “muerte feliz”, es una solución infeliz para el paciente, más allá de constituirse en lamentable falta de respeto a los designios de Dios.

(1) Institución socorrista del Plano Espiritual.

Richard Simonetti
¿Quién tiene miedo de la muerte?
Traducido por R Bertolinni

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