Los trabajadores de la última hora

Muchos, si no todos, conocemos la parábola de los trabajadores de la última hora. En ella el Maestro nos cuenta que un padre de familia salió muy de mañana a buscar trabajadores para su viña y concertó con ellos el sueldo de un denario por el día de trabajo. Salió otra vez unas horas más tarde y volvió contratar trabajadores por el mismo sueldo. Finalmente, casi ya al final de la jornada, contrató algunos trabajadores que le dijeron que nadie les había dado trabajo. También a estos los mandó a su viña a trabajar, pese a que quedaba no más que una hora para finalizar la jornada. Como todas las parábolas que nos dejó Jesús, también esta, sobre los trabajadores de la última hora, nos convocan a desarrollar una mirada nueva sobre los hechos de la vida.

Nos invita el Maestro a reconsiderar nuestras posturas, sopesar nuestros valores  desarrollar concepciones renovadas ante situaciones que tal vez nos parecen obvias, pero no lo son, sí asumimos el prisma de la justicia divina o la inmortalidad del alma.

En el caso de la parábola de la que nos ocupamos en estos momentos, el desafío está en comprender cómo puede ser que trabajadores que hayan trabajado unas pocas horas cobren lo mismo que otros que empezaron la labor con los primeros rayos del sol. ¿Dónde la justicia? ¿No nos quejaríamos también nosotros si fuéramos de los que, habiendo empezado la jornada a la primera hora de la mañana, viéramos como unos trabajadores que llegaban cuando el trabajo duro estaba todo hecho cobraran los mismo que nosotros? ¿No mereceríamos más los que trabajamos más?

Si la perspectiva asumida fuera la materialista, intranscendente, seguramente sí. Jesús, sin embargo, nos habla del “padre de familia”, Dios, fuente cósmica de sabiduría y justicia. Para “la causa primera de todas las cosas” no hay diferencias entre las criaturas. No importa si hemos trabajado mucho o poco, de hecho, no es una cuestión de cantidad, sino de calidad. ¿Qué amor le ponemos a lo que hacemos? ¿En qué medida somos tolerantes, pacientes y mansos con nuestros semejantes? Dios no ama más al que hace más tareas en su nombre, ni al que acierta más. Dios no ama menos a la criatura que se ha equivocado más, ni a la que se ha negado de forma reiterada a abrazar la ley cósmica de amor. Dios nos ama a todos por igual, nos da a todos las mismas condiciones para alcanzar la perfección. Es una clase de amor al que no solemos comprender, porque es incondicional.

Nuestro amor, nuestra amistad y nuestra admiración suelen estar condicionados a que los demás cumplan con lo que esperamos de ellos. Dios nos ama porque existimos. Él no espera nada de nosotros, más bien nos espera. Espera que cada una de sus criaturas encuentre su camino hacia él, a su ritmo, aprendiendo y creciendo moral e intelectualmente de forma única.

Nos dice el Espíritu de Verdad, en el Evangelio según el Espiritismo, que nos mantengamos juntos en la labor, trabajadores de la última hora que somos los espiritistas. No somos los únicos, ni tampoco hay diferencias entre nosotros. Los que hayan conocido el espiritismo “en la cuna” y los que lo hayan abrazado recientemente; los presidentes de centros espíritas, los médiuns y los que se ocupan de labores como la biblioteca, la cesta básica, la limpieza… Todos hemos llegado cuando el trabajo duro ya está hecho. Caminamos en brazos de gigantes, los profetas de la primera hora, los mártires del cristianismo que se entregaban a las fieras confiados en el amor del Maestro antes que abjurar su fe.

Nosotros, los espiritistas, somos los que cobramos un denario habiendo trabajado con el sol ya a punto de ponerse. Lo que se nos pide no es que compitamos unos con los otros sobre quién trabaja más, quién se merece más… lo que se nos pide es unión, fraternidad, amor incondicional o lo más cerca que nos podamos acercar de ello. “¡Felices los que habrán dicho a sus hermanos: «Hermanos, trabajemos juntos y unamos nuestros esfuerzos, a fin de que el Señor, cuando llegue, encuentre la obra concluida!”, es lo que nos dice el Espíritu de Verdad. Al fin y al cabo, el denario, o el pago por el “día de trabajo”, es la conciencia tranquila, es el sentimiento de que se hizo lo que fue posible, por amor. ¿Es una cuestión de cuanto hemos trabajado? ¿Es comparable lo que uno hace a lo que hacen los demás? No. Cada uno ha de rendir cuentas ante su propia conciencia, no existe un tribunal exterior que nos absuelva o condene, pesando lo mucho o lo poco que hemos servido. La conquista de luz propia es un camino lleno de renuncia, disciplina, sacrificio y amor. El hecho de que tengamos la eternidad para alcanzar la plenitud, sin embargo, no debe hacer con que nos demoremos en la búsqueda de la auto-iluminación.

El apóstol de los gentiles, que quedó cegado en las puertas de Damasco por la luz del Maestro, nos invita a que disputemos el trabajo del Cristo, o, en otras palabras, que no nos acomodemos, que busquemos de forma pro-activa servir al Maestro. Paulo de Tarso es un ejemplo para toda la cristiandad. No se demoró en la culpa ni tampoco se empequeñeció por no haber caminado junto al maestro. Este trabajador de la última hora nos recuerda que nada tenemos de nuestro, más que nuestras imperfecciones. El servicio es del Cristo, el mérito es del Cristo. Los que le servimos, y alguna vez consolamos o esclarecemos a alguna de las criaturas de Dios, nada más merecemos que el sentimiento de la conciencia tranquila, de haber hecho lo posible, por amor. Cualquier expectativa de reconocimiento diferente a esto es comparable a la de los trabajadores que, habiendo servido más horas, sin comprender la justicia o el amor de Dios, creyeron que merecían más que los demás.

El trabajo es la mayor de las bendiciones que Dios nos ha concedido. Cuando esperamos reconocimiento, gratitud o aprobación por nuestra labor, en realidad estamos alejados del proyecto divino. El trabajo mismo es la recompensa, la oportunidad misma de servir es el denario nuestro de cada día. Cada vez que se nos diga gracias, que en los labios y en el corazón haya únicamente un “Gracias a Dios”, como respuesta. Que sigamos trabajando juntos, unidos por el ideal espírita, agradecidos a la fuente cósmica de amor y justicia, y a Jesús, modelo y guía de la humanidad, por las oportunidades de trabajo que tenemos.

Escrito por Janaina de Oliveira

Centro Espírita Amalia Domingo Soler de Barcelona. Revista FEE

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.