La tabla de salvación

A mi mejor amiga la Sra Doña Sofia Cerutti, en la muerte de su hija. ¡Pobre Sofía! ¡Qué larga es tu expiación! ¡La profunda ternura de tus sentimientos, la clara inteligencia que te distingue, el verdadero interés que te inspira la desgracia, y otras buenas cualidades que posees, no han sido bastantes para borrar las culpas de tus pasadas existencias y has tenido que librar la copa de la amargura y apurar hasta la última gota, pobre mujer!… Llora, sí; llora, porque el llanto del dolor es el Jordán bendito que purifica a la humanidad.

En esas crisis supremas, en esos momentos de pruebas terribles, si a nuestros ojos no acudiera el llanto, caeríamos como herido del rayo y nuestro globo no hubiera contado apenas dos siglos de existencia. Tu queja es justa; no hay filósofo en el mundo que al perder el todo que le unía a la vida, no se olvide, siquiera por una hora, de todas las razones lógicas, de las consideraciones más profundas, de las deducciones mejor meditadas; el espíritu está unido íntimamente a la materia y no siempre está en completa elevación, no se empequeñece, se vulgariza, y toma una parte activa en nuestros dolores y en nuestras alegrías.

Los hombres más eminentes, las almas mejor templadas, han derramado una lágrima en la tumba de sus esposas y de sus hijos; nosotras que hemos pasado por el mundo como pasan las hojas secas, sin dejar huella, no es extraño que el dolor domine nuestro organismo. ¡Llora, pobre Sofía! llora; yo uno mi llanto al tuyo, siquiera por la analogía que hay en nuestras existencias, que aunque por distintas causas, no tenemos ni un débil arbusto que nos preste sombra, pudiendo repetir estos versos de Camprodón:

Y cruzamos un valle pedregoso,
y arenales tostados por el fuego,
y al fin me dice que hallaré reposo,
y camino…
y camino…
y nunca llego.

Qué peregrinación tan penosa; cuánto te compadezco, pobre amiga mía; cuánto siento no estar a tu lado en esas primeras horas en que la intensidad del dolor nos hace dudar de todo, y cuando acudimos a la religión, nuestra mente extraviada se pierde en un dédalo de conjeturas y de ilógicas apreciaciones. Muchas veces me has preguntado: ¿Y qué es el Espiritismo? ¿Qué bien reporta a la humanidad el creer que los muertos hablan? Uno muy grande, Sofía, te contesto yo.

La humanidad ha caminado a ciegas; y de sofisma en sofisma, de error en error, y de locura en locura, ha querido descubrir la incógnita que velaba a la causa de todas las causas, pero como hasta ahora se apoyaba en un débil muro de arena, y como el edificio de sus creencias flaqueaba en su base, estas se deshacían para dar lugar a otras, y la fe de la humanidad era como la tela de Penélope.

La religión cristiana, aumentada y corregida por los santos padres de la iglesia, fijó cuatro lugares para las almas, el purgatorio, el infierno, el limbo y la gloria; y las imaginaciones, algo avanzadas, encontraban tanta injusticia, tanta tiranía, tan inconcebible absurdo en la existencia de estas religiones, que juzgaban a Dios como un ser vengativo, egoísta y que se colocaba a gran altura, como decían vulgarmente, para que no le alcanzara la venganza de los mortales.

Cuantas veces antes de conocer yo el Espiritismo, he contemplado a esos ancianos andrajosos, colocados en pequeño carros por estar inutilizadas sus piernas y que imploraban la caridad pública, y he murmurado, con desconsuelo: ¿Para qué vivirán estos seres? ¿Qué falta harán en el mundo, desheredados de la gran familia? Y en cambio mueren niños hermosos que simbolizan una esperanza, y desaparecen, de la tierra mujeres hechiceras que estaban llamadas a ser buenas esposas y excelentes madres…

Esto es un contrasentido, esta es la más extraña de las anomalías. Los ministros del Evangelio se han quejado siempre de la poca fe que ha germinado en el corazón de los hombres, a los oradores religiosos les ha parecido poca y a mí me parece mucha; demasiado buena ha sido la humanidad, o demasiado ignorante, que se ha sacrificado en aras de un Dios monstruoso. He aquí la causa, el por qué los profundos pensadores, y los hombres esencialmente científicos han sido ateos: porque, antes de creer en algo que rechaza la razón, es preferible no creer en nada. Cuando un ser tiene conciencia de sí mismo, cuando reconocen que ha querido a los suyos, y ha consolado a los extraños, y ha vivido sin perjudicar a nadie, y siente sobre su cabeza desplomarse el infortunio, tiene que rebelarse indispensablemente ante su desgracia, si ve a otros que han cometido abusos y hasta crímenes, y, sin, embargo, la fortuna les sonríe, la sociedad les halaga. Y el mundo les otorga consideraciones.

Dices que en Francia, los suicidios alimentan de una manera prodigiosa; nada más natural. La vida, sin estar iluminada por la clara luz de la razón, la existencia luchando con la duda y vencida por el indiferentismo, no tiene otro fin que buscar en la muerte la última sensación del dolor, pero como a nuestro planeta no le ha llegado aún la hora de su completa descomposición, Dios, envió una tabla salvadora, para que los náufragos, en su desesperada agonía, pudieran asirse a ella y ganar la orilla de la resignación y la esperanza. Esa tabla es el Espiritismo, amiga mía; el Espiritismo con la lógica definición de un Dios misericordioso y justo, con la eterna e inmutable ley de la compensación, con la íntima y razonada creencia de que no tenemos más que lo que merecemos, nuestro orgullo se rebela, no queremos conocer nuestras faltas, no; medimos el tiempo por las horas que estamos en la tierra, pero miremos más lejos, mucho más lejos y caeremos anonadados contemplando nuestros desaciertos.

Sofía del alma, amiga íntima de mi corazón, llora, si, llora, pero no llores por tu hermosa Julia, no lamentes que deje en la tierra un esposo amante y tres ángeles de amor; tu hija era muy buena, y por eso su estancia: en el mundo ha sido tan breve; era un espíritu demasiado elevado para vivir entre nosotros, y no puedes imaginarte en la esfera tan radiante que se encontrará, desde donde mirara con pena tu profundo desconsuelo.

Tiemblas ante tu porvenir, no temas, no; si aún tienes que vivir en la tierra, la providencia te abrirá un camino más o menos escabroso, pero al fin una senda, para poder cruzar el erial de la vida. Acuérdate de mí, acuérdate cuando te decía, que anhelaba encontrar el secreto de morir sin dolor, para morir yo así. Acuérdate cuando apoyada en tu brazo miraba a la inmensidad, y te decía: No comprendo, la vida sin la luz… Recuerda cuánto he sufrido, Sofía, las pocas condiciones que yo tenía de vida propia y, sin embargo, viví… Me encontraba más sola que tú en la tierra y. al fin hallé hermanos del alma y, como el hijo pródigo, encontré un Dios, un padre cariñoso; no desesperes de la providencia divina, si no puedes aceptar tan triste prueba con el entusiasmo del héroe, acéptala, al menos, con la resignación del mártir.

Si en tus pasadas existencias fueron grandes tus culpas; en la presente, muchos seres desgraciados te han debido consuelo, entre ellos yo; muchas lágrimas has enjugado, y lo que hoy te causa tan inmenso dolor, la desaparición de tu hija, será tal vez lo que influya poderosamente, en tus últimos días, para tu completa regeneración. Vive y espera. El célebre Dumas, a pesar de su ateísmo, decía que la sabiduría humana se reducía a estas das palabras: confiar y esperar. Confía en Dios y espera en su justicia divina, y así como otras te dirán que no llores, yo te digo, llora, pobre Sofía, llora, porque el llanto es el Jordán bendito que regenera a la humanidad.

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro «Ramos de Violetas»

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