El Espíritu de la Verdad

Durante el período histórico conocido como la Pax Augusta es cuando, en una noche tranquila y fría de abril, en los montes de Judea nace Jesús, el extraordinario pacificador de la humanidad. En aquel momento la Tierra recibe al ser más formidable y extraordinario que el pensamiento pueda concebir. En una gruta de piedra nace un niño que es el Rey de la humanidad. Viene a predicar las enseñanzas de amor y a cambiar la estructura de la realidad. Diecinueve siglos después Ernesto Renan, Inmortal de la academia de Francia, tendrá la oportunidad de decir que Jesús es tan grande que no cupo en la historia, su nacimiento dividió la historia antes y después de Él. Por doce años Jesús vive como un niño normal en la aldea de Belén. A esta edad se produce su primera visita al templo donde es encontrado dialogando con los rabinos, para asombro de todos. Retorna entonces al anonimato en Nazareth.

Cerca de la edad de treinta años, reunido en una sinagoga un sábado, se acerca al atril y comienza a leer un fragmento de un pergamino, es dominado por una fuerza extraña y su rostro desprende luz, su voz habla, como en una canción, de la grandiosidad de Dios. Dice: “Mi Reino no es de este mundo. Yo vengo en nombre de Dios para anunciar una nueva era para la humanidad. Aquellos que tienen oídos que oigan, aquellos que sienten y que experimentan el placer de la nueva era”. Entonces, en el Público se levanta un psicópata y comienza decir: “Jesús de Nazaret, nosotros sabemos quién tú eres”. Él lo mira y dice: “Cállate, porque todavía no ha llegado mi momento”. Era la revelación divina y es ahora cuando este Jesús sintoniza con el pensamiento crístico. A partir de ese momento es el hijo excelente de Dios, el Mesías.

El Cristo se desplaza a las playas de Cafarnaúm que es una ciudad modesta, de comerciantes y pobres. Es en el mar de Galilea, entre cerca de dos mil embarcaciones donde Jesús nos ofrece las mayores enseñanzas sobre el amor, en primer lugar, amar a Dios y amar al prójimo, pero amarle, como a uno mismo porque, aquel que no se ama a sí mismo no puede amar a otros. En segundo lugar, enseña que no debemos hacer al otro lo que no queremos que nos haga a nosotros.

A Jesús lo matamos, como siempre hemos hecho con los padres del conocimiento, con los profetas. ¿Qué hicimos con Sócrates? ¿Qué hemos hecho con los genios de la humanidad? Nietzsche nos dice que toda nueva idea produce al menos una de tres reacciones en la cultura: primero es negada, luego ridiculizada y por último es aceptada. Matamos a Jesús, pero Él volvió a demostrarnos que la muerte no es el fin. La ciencia de entonces lo llamó milagro, pero no lo es, es un fenómeno natural porque la vida es indestructible.

Después de una profunda persecución, en un primer momento, por parte de las autoridades religiosas judías y luego de las romanas, a los millones de hombres y mujeres que creyeron y comenzaron a vivir las ideas de Jesús, el cristianismo sufre su primera gran transformación cuando es convertida por el Emperador Constantino en religión oficial del estado. Es desde entonces que los perseguidos pasan a ser los perseguidores de aquellos que permanecen en el politeísmo o cualquier otra religión. Los templos de los antiguos dioses se transforman en catedrales. Dejamos el sentimiento cristiano puro, adulterando la enseñanza de Jesús de un Dios que puede ser hallado en cualquier lugar, adorando imágenes y estatuas. En nombre de Jesús se han destruido culturas, religiones, poblaciones, etc., sin embargo, Jesús nunca impuso, simplemente expuso sus enseñanzas.

El mensaje de Jesús es de amor, es simple y la vida cristiana es hermosa y simple. A nosotros nos gusta las cosas complicadas y preferimos creer en sistemas que no alcanzamos a entender. Las cruzadas y la inquisición demuestran lo mucho que se alejó el cristianismo de Cristo.

En el siglo XIX una nueva luz se arrojó sobre la humanidad a fin de recuperar lo que del cristianismo se había perdido. Entre 1857 y 1869 Allan Kardec publica las obras que marcan el retorno de Jesús a la humanidad, de sus enseñanzas. El espiritismo constituye la tercera revelación, el consolador prometido por Jesús. El espiritismo consiguió matar a la muerte y liberarnos del miedo a ella, nos enseña que nadie muere, la inmortalidad es un regalo de Dios. El Espíritu de la Verdad, que es Jesús, viene a enseñar que nacer es volver a vivir, nacer es reencarnar y viene a la tierra por medio del espiritismo a construir una humanidad nueva. Nosotros somos esta humanidad invitada a cambiar la tierra, a transformar al mundo, a hacer que las criaturas despierten para el sentido profundo de la vida. Es por ello que desde hace veinticinco años se celebran en España Congresos para que podamos debatir, para que podamos informar, expandir los horizontes del pensamiento y nosotros tenemos esta energía de Hércules para soportar las dificultades inherentes al cuerpo físico, inherente a nuestros errores y equivocaciones de esta existencia.

Kardec sufrió por la persecución, a causa de la nueva idea que, como todas las nuevas lo son. Un día recibió en su domicilio un ejemplar de El Libro de los Espíritus con una carta muy especial. Dicho libro había sido encontrado por un hombre que había decidido suicidarse a causa de la pérdida de su esposa a manos de la tuberculosis, en el puente desde el que pensaba terminar con su vida. Al abrirlo leyó unas líneas que le enseñaban que la muerte no existe. Sorprendido regresó a su hogar y se entregó a la lectura. Al terminar dice era un hombre nuevo. Desde este momento Allan Kardec trabajó intensamente, como había hecho siempre, hasta morirse de cansancio, a los sesenta y cinco años. Kardec nos legó El Espíritu de Verdad, que son las cinco obras de la codificación, la base del espiritismo. Estamos invitados por el Espíritu de Verdad a cambiar el mundo, pero lo cambiaremos cuando nos cambiemos a nosotros mismos. Cuando adquiramos el estado de paz podremos transmitirla al mundo y para esto es suficiente cumplir únicamente dos condiciones: amar y servir. Los espíritus superiores nos invitan a agradecer a Dios todo lo que nos ha regalado. En la apertura de este congreso me gustaría transmitir un mensaje de esperanza, de amor. El dolor no es punición divina es una experiencia evolutiva, el sufrimiento no es castigo, Dios no castiga, Dios no perdona, Dios ama, quien ama ni castiga ni perdona, el perdón supone un sentimiento negativo y Dios nos ve como microbios pensantes.

Divaldo Pereira Franco
Revista Espirita FEE

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