Aborto

Después de la fecundación del óvulo por el espermatozoide el Espíritu reencarnante es unido al embrión, constituyendo un ser humano que habitará el vientre materno por nueve meses, protegido en su fragilidad hasta que pueda enfrentar el mundo exterior.

El aborto se sitúa, así, como una desencarnación. Si es natural, cuando el organismo materno no consigue sustentar el desarrollo del bebé, configura una prueba relacionada con infracciones a las leyes divinas, tanto para los padres, que experimentan la frustración del deseo de ser padres, (se acrecienta en la mujer los sufrimientos e incomodidades consecuente de la interrupción del embarazo), como para el reencarnante, que ve malogrado su anhelo de retorno a la carne.

Ya el aborto criminal configura un crimen hediondo, no siempre pasible de punición por la justicia humana (en algunos países la legislación proporciona a la mujer el derecho de arrancar al hijo de sus entrañas, matándolo), pero inexorablemente sujeto a las sanciones de la Justicia Divina, alcanzando no solo a las madres, sino también los que directa o indirectamente se involucran con él (familiares que sugieren y profesionales que lo realizan).

La mujer que asesina al hijo indefenso en la intimidad de si misma, bajo la alegación de que es dueña de su cuerpo, es un sofisma materialista. Nuestro cuerpo es un préstamo de Dios para la jornada humana. Mucho más que derechos tenemos deberes vinculados a su uso.

Lo primero es el de preservarlo, utilizándolo disciplinadamente, con consciencia de sus necesidades.

Lo segundo es el de respetar la vida generada dentro de él, en obediencia a los designios divinos, ya que el Creador compete decidir sobre los destinos de la criatura.

La literatura espirita es pródiga en ejemplos sobre las consecuencias funestas del aborto delictuoso, que provoca en la mujer graves desajustes periespirituales, reflejándose en el cuerpo físico, en la existencia actual o futura, en la forma de cáncer, esterilidad, infecciones renitentes, frigidez…

Problemas de esa naturaleza, frecuentes en la actualidad, demuestran con propiedad como está diseminada esa práctica criminal. Muchas mujeres llegan al cúmulo de usar habitualmente sustancias químicas abortivas siempre que ocurre un atraso menstrual, sin pensar si están embarazadas. Siembran aflicciones que fatalmente recogerán…

En el aborto natural el Espíritu retorna a la Espiritualidad sin mayores problemas. Bien tenues son los lazos que lo prenden al cuerpo, no solo por tratarse de inicio del proceso reencarnatório, sino también frente al mal determinante del desencarne, que lo sitúa como paciente terminal. Consumada la desencarnación, el Espíritu podrá reasumir su personalidad anterior, volviendo a lo que era, añadiendo la breve experiencia.

Si no tuviera suficiente madurez mental para eso, permanecerá en la Espiritualidad como un recién nacido, a la espera de la ayuda del tiempo, que lo habilite a retomar la conciencia de si mismo, desarrollándose como un niño/a, o preparándose para una nueva inmersión en la carne. En el aborto criminoso la situación es más compleja. El Espíritu sufre el trauma provocado por la muerte violenta, aunque amenizado por el hecho de no estar comprometido con los engaños del mundo.

Tratándose de algo no programado, fruto de la irresponsabilidad de los padres, su frustración será mayor.

La readaptación será semejante al del Espíritu perjudicado por el aborto natural. Considérese, entretanto, que, si es moralmente inmaduro, su expulsión podrá provocar en él exacerbado rencor contra los padres, transformándolo en perseguidor implacable de aquellos que rechazaron concederle la oportunidad del recomienzo.

Muchos males que afligen a la mujer, después del crimen del aborto, prolongándose indefinidamente, a pesar de los recursos de la Medicina nacen de esa influencia.

Richard Simonetti
¿Quién tiene miedo de la muerte?
Traducido por R Bertolinni

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.