Ante los que partieron

Ningún sufrimiento en la Tierra será quizás comparable al de aquel corazón que se inclina sobre otro corazón congelado y querido que el ataúd transporta hacia el gran silencio. Ver la niebla de la muerte estamparse, inexorable, en la fisonomía de los que más amamos, y cerrarles los ojos en el adiós indescriptible, es como despedazar nuestra alma y proseguir viviendo. Digan aquellos que ya estrecharon contra el pecho un hijito transfigurado en ángel de la agonía; un esposo que se despide, buscando en vano mover los labios mudos; una compañera cuyas manos consagradas a la ternura cuelgan extintas; un amigo que cae desfallecido para no levantarse más, o un semblante materno acostumbrado a bendecir, y que nada más consigue expresar sino el dolor de la extrema separación, a través de la última lágrima.

Hablen aquellos que un día se inclinaron aplastados de soledad, frente a un túmulo; los que se arrastraron rezando en las cenizas que recubren el último recuerdo de los entes inolvidables; los que cayeron atravesados de añoranza cargando en el seno el esquife de sus propios sueños; los que tocaron, gimiendo, la losa inmóvil, y los que sollozaron de angustia en lo íntimo de sus pensamientos preguntando en vano por la presencia de los que partieron.

Sin embargo, cuando semejante prueba golpee a tu puerta, reprime la desesperación y diluye la corriente del resentimiento en la fuente viva de la oración, porque los llamados muertos son sólo ausentes y las gotas de tu llanto fustigan su alma como lluvia de hiel. También ellos piensan y luchan, sienten y lloran. Atraviesan la franja del sepulcro como quien se desprende de la noche, mas, en la madrugada del nuevo día, se inquietan por los que quedaron…

Oyen sus gritos y sus súplicas en la onda mental que rompe la barrera de la gran sombra, y tiemblan cada vez que los lazos afectivos de la retaguardia se rinden a la disconformidad o se vuelven hacia el suicidio. Se lamentan en cuanto a los errores practicados y trabajan con ahínco en la regeneración que significa respeto. Te estimulan a la práctica del bien, compartiendo tus dolores y alegrías. Se regocijan con tus victorias en el mundo interior y te consuelan en las horas amargas para que te no pierdas en el frío del desencanto.

Tranquiliza, de ese modo, a los compañeros que el Más Allá requiere, soportando con coraje la despedida temporal, y honra su memoria abrazando con nobleza los deberes que te legaron. Recuerda que en el futuro más próximo que imaginas, respirarás entre ellos coincidiendo en sus necesidades y problemas, ya que también terminarás tu propio viaje en el mar de las pruebas redentoras. Y, venciendo para siempre el terror de la muerte, no nos será lícito olvidar que Jesús, nuestro Divino Maestro y Héroe del Túmulo Vacío, nació una noche oscura, vivió entre los infortunios de la Tierra y expiró en la cruz una tarde pardusca sobre el monte empedrado, mas resucitó a los cánticos de la mañana, en el fulgor de un jardín.

Espíritu Emmanuel

Médium Francisco Cândido Xavier

Extraído del libro ” Religión de los Espíritus”

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