Gracia,29 de junio de 1881

La pensión la recibí hasta diciembre de 1884, percibiendo desde el mes de julio de 1881 hasta diciembre de 1884, 3.139 pesetas. Sucedió después lo que era de esperar. Aunque la suscripción era voluntaria, por el mero hecho de suscribirse ya era obligatorio contribuir en mayor o menor cantidad. Y nada más enojoso que una limosna obligatoria. Así es que de tantos suscriptores que contribuyeron a mi pensión, hoy sólo quedan diez o doce que muy de tarde en tarde me envían la expresión material de su recuerdo. Mas ¿qué importa que de mi pensión sólo quede la historia? ¿Dejará por esto de haber sido una prueba del interés y de la simpatía que inspiré a mis hermanos? Lo que de la Tierra es, en la Tierra se queda. Recibí el auxilio cuando en realidad lo necesitaba, y dejé de disfrutar de aquél beneficio cuando mi trabajo comenzó a darme algún fruto. Me olvidaron los que me daban dinero, pero no me olvidarán los que por mí han conocido las verdades eternas.

En el espacio tengo muchos amigos, de esto tengo la más íntima convicción. En todas las cuestiones que anda el dinero por medio se acaban pronto las relaciones. En mi larga carrera de propagandista del Espiritismo, he recibido innumerables desengaños y múltiples demostraciones de profunda simpatía.

Desgraciadamente en este planeta, sin el oro no hay medios de trabajar y de vivir, por eso los pobres somos inmensamente desgraciados. Porque como necesitamos de todo el mundo, estamos más en contacto con las miserias humanas, nos asemejamos a las piedras de la calle que los muchachos dejan intencionadamente en las aceras en las cuales todo el que tropieza desvía la piedra con enojo. Y por esta vez yo he sido una de las piedras que han quitado de su camino los favorecidos por la riqueza o por un seguro bienestar. Indudablemente yo habré lanzado en otras existencias a gran distancia las piedras que encontré en la senda de mi vida, por eso hoy me ocupo en atender a los pobres, por eso escribo para ellos, por eso pido a Dios raudales de luz eterna para iluminar los antros del dolor.

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro “Memoria de una mujer”

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