Por qué mueren las flores

No hay lugar para el acaso en la existencia humana. Dios no es un jugador de dados distribuyendo alegría y tristeza, felicidad e infelicidad, salud y enfermedad, vida y muerte, aleatoriamente.

Existen leyes instituidas por el Creador que disciplinan la evolución de Sus criaturas, ofreciéndoles experiencias compatibles con sus necesidades. Una de ellas es la Reencarnación, determinando que vivamos múltiples existencias en la carne, como alumnos internados en un colegio, periódicamente, para un aprendizaje especifico.

El conocimiento reencarnatório nos permite descubrir los intrincados problemas del Destino.

Dios sabe lo que hace cuando alguien retorna a la Espiritualidad en plena floración infantil.

Hay suicidas que reencarnan para una jornada breve. Su frustración, después de largos y trabajosos preparativos para adentrarse en la carne, los ayudará a valorizar la existencia humana y a superar la tendencia de huir de sus problemas con el auto-aniquilamiento. Al mismo tiempo, el contacto con la materia representará un benéfico tratamiento para los desajustes periespirituales provocados por el traslocado gesto. Niños portadores de graves problemas congénitos, que culminan con la desencarnación, se encuadran perfectamente en esa condición.

Podrán, si es oportuno, reencarnar nuevamente en la misma familia, pasado algún tiempo, en mejores condiciones de salud y con más amplia disposición para enfrentar las pruebas de la Tierra. No es raro, el hijo que nace después de la muerte de un hermano revela un idéntico patrón de comportamiento, con las mismas reacciones y tendencias.

“Es igualito al hermano que murió!” comentan los familiares.

¡Igualito, no! Es él mismo de retorno para un nuevo aprendizaje…

Hay, también, Espíritus evolucionados que reencarnan con el propósito de despertar impulsos de espiritualidad en viejos afectos, sus padres y hermanos, ayudándolos a superar el inmediatismo de la vida terrestre. Se sitúan como niños adorables, frente a su posición evolutiva, extramente simpáticas, inteligentes y amorosas. Los padres les consagran extremado afecto, eligiéndolas como principal motivación existencial. Su desencarnación los deja perplejos, traumatizados. Sin embargo, en la medida en que emergen del cansancio y del desespero, experimentan un bendecido desencanto de las futilidades humanas y sienten el despertar de insospechada vocación para la religiosidad, en lo que son estimulados por los propios hijos que, invisibles a su mirada, les hablan en la intimidad del corazón, en la sintonía de la nostalgia. Los que se lanzan sobre el ataúd de un niño muy amado comprenderán un día que la separación de hoy es parte de un programa de madurez espiritual que les proporcionará una unión más íntima, una felicidad más amplia y duradera en el glorioso reencuentro que ineluctablemente ocurrirá.

Richard Simonetti
¿Quién tiene miedo de la muerte?
Traducido por R Bertolinni

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