Muerte de niños

El desencarne en la infancia, incluso en circunstancias trágicas, es más tranquilo, ya que en esa fase el Espíritu permanece en estado de somnolencia y despierta lentamente para la existencia terrestre. Solamente a partir de la adolescencia es cuando entrará en la plena posesión de sus facultades.

Ajeno a las circunstancias humanas él se exime de envolverse con vicios y pasiones que tanto comprometen la experiencia física y dificultan un retorno equilibrado a la Vida Espiritual. El problema mayor es la tela de retención, formada con intensidad, ya que la muerte de un niño/a provoca una gran conmoción, incluso en personas no unidas a él o ella directamente.

Símbolo de pureza y de la inocencia, alegría del presente y promesa para el futuro, el pequeño/a ser resume las esperanzas de los adultos que rehúsan encarar la perspectiva de una separación.

En favor del desencarnante es preciso imitar actitudes como la de Amaro, personaje del libro “Entre la tierra y el cielo”, del Espíritu Andre Luiz, psicografía de Francisco Cándido Xavier, delante del hijo de un año, desengañado por el médico, acercándose la muerte. En la madrugada, mientras otros familiares duermen, él permanece en vigilia, meditando. Describe el autor:

“La aurora comienza a reflejarse en el firmamento en largas rayas coloradas, cuando el ferroviario abandonó la meditación, aproximándose al hijo casi muerto.

“En un gesto conmovedor de fe, retiró de la pared un viejo crucifijo de madera y lo colocó en la cabecera del agonizante. En seguida, se sentó en la cama y acomodó al niño en su regazo con especial ternura. Amparado espiritualmente por Odilia, que lo unía, miró sobre la imagen del Cristo Crucificado y oró en voz alta:

“- ¡Divino Jesús, compadécete de nuestras debilidades!…

¡Tengo mi espíritu frágil para lidiar con la muerte! Danos fuerza y comprensión… ¡Nuestros hijos te pertenecen, pero como nos duele devolverlos, cuando tu voluntad nos lo reclama de vuelta!…

“El llanto, le embargaba la voz, pero el padre sufridor, demostrando su imperiosa necesidad de oración, prosiguió:

“- Si es de tu designio que nuestro hijo parta, Señor, ¡recíbelo en tus brazos de amor y luz! ¡Concédenos, pues, el preciso valor para soportar, valerosamente, nuestra cruz de nostalgia y dolor!…

¡Danos resignación, fe, esperanza!… ¡Ayúdanos a entender tus propósitos y que tu voluntad se cumpla hoy y siempre!…

“Amaro es casado en segundas nupcias. Odila es la primera esposa, desencarnada.

“Chorros de zafirina claridad escapaban de su pecho, envolviendo al niño, que, poco a poco, adormeció.

“Julio se apartó del cuerpo de carne, acogiéndose en los brazos de Odila, a la manera de un huérfano que busca templado nido de caricias”.

La actitud fervorosa de Amaro, su profunda confianza en Jesús, sustenta su equilibrio y favorece el retorno de Julio, el hijo muy amado, a la patria espiritual, conforme estaba previsto.

Richard Simonetti
¿Quién tiene miedo de la muerte?
Traducido por R Bertolinni

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