Fuga comprometedora

Sin duda, la más trágica de todas las circunstancias que envuelven a la muerte, de consecuencias devastadoras para el desencarnante, es el suicidio. Lejos de encuadrarse como expiación o prueba, en el cumplimiento de los designios divinos, el auto aniquilamiento se sitúa como desastrosa fuga, una puerta falsa en que el individuo, creyendo liberarse de sus males, se precipita en situación mucho peor.

“El mayor sufrimiento de la Tierra no se compara al nuestro” – dicen, invariablemente, suicidas que se manifiestan en reuniones mediúmnicas.

Tormentos indescriptibles se desmoronan sobre ellos a partir de la consumación del gesto lamentable. Precipitados violentamente en la Espiritualidad, en plena vitalidad física, reviven, ininterrumpidamente, por largo tiempo, los dolores y emociones de los últimos instantes, confinados, en regiones tenebrosas donde, según la expresión evangélica, “hay lloro y crujir de dientes”.

Uno de los grandes problemas del suicida es el daño al cuerpo periespiritual. Aquellos que mueren de forma violenta, en circunstancias ajenas a su voluntad, registran en el periespíritu marcas e impresiones relacionadas con el tipo de desencarne que sufrieron. Son, entretanto, pasajeras y tenderán a desaparecer tan pronto ocurra su plena reintegración en la Vida Espiritual.

Lo mismo no ocurre con el suicida, que exhibe en la organización periespiritual heridas correspondientes a la agresión cometida contra el cuerpo físico. Si se dio un tiro en el cerebro tendrá graves lesiones en la región correspondiente; si ingirió soda caustica experimentará extensa ulceración a la altura del aparato digestivo; si se lanzó delante de un tren tendrá traumas generalizados.

Tales efectos, que contribuyen en gran parte para los sufrimientos del suicida, exigen, generalmente, un contacto con una nueva estructura carnal, en la experiencia reencarnatória, para ser superados. Y fatalmente se reflejarán en ella. El tiro en el cerebro originará dificultades de raciocinio; la soca caustica implicará graves deficiencias en el aparato digestivo; el impacto violento bajo las ruedas del tren ocasionará complejos cuadros neurológicos…

Como ocurre en todos los casos de muerte violenta, el suicida experimentará un inevitable agravamiento de sus padecimientos en la medida en que la familia se sumerja en el desespero y en la inconformidad, exacerbados, no es raro, por complejos de culpa.

“¡Ah! ¡Si hubiésemos actuado diferente! ¡Si le diéramos más atención! ¡Si intentáramos comprenderlo!”

Inútil conjeturar en torno del hecho consumado. Delante de un herido, en grave e inesperado desastre, sería contraproducente estar imaginando que podría no haber ocurrido si obrásemos diferente.

¡Ocurrió! ¡No se puede cambiar! Necesario mantener el equilibrio y cuidar del paciente. Lo mismo ocurre con el suicida. Él necesita, urgentemente, de ayuda. Indispensable que reaccionemos al desespero y cultivemos la oración. Este es el bálsamo confortador, el aliento nuevo para sus padecimientos en el Más allá, el gran recurso capaz de volverlo a levantar. Y si nos parece desalentador atentar a las prolongadas y penosas experiencias del compañero que partió voluntariamente, consideramos que sus sufrimientos no serán inútiles.

Representarán para él un severo aprendizaje, madurándolo y habilitándolo para respetar la Vida y volverse para Dios. 

Richard Simonetti
¿Quién tiene miedo de la muerte?
Traducido por R Bertolinni

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