Más esfuerzos, más tolerancia

Cuando las multitudes embrutecidas por la ignorancia sienten la fiebre del progreso, en su delirio exclaman: Cuando los pueblos sean libres no tendremos sacerdotes, no tendremos poderes de ninguna especie a los cuales obedecer; viviremos entregados a nosotros mismos, la igualdad absoluta reinará en todas las clases sociales; no habrá pobres ni ricos, todos seremos iguales. Estas y otras palabras parecidas pronuncian casi siempre los agitadores de todas las épocas, siendo entre los ignorantes la cizaña que crece ufana en los sembrados de la vida; y como las religiones en su mayoría han dominado a las masas populares, cuando estas quieren sacudir el yugo, lo primero que dicen es: ¡No queremos sacerdotes! Nosotros al escuchar estas exclamaciones, nos sonreímos con lástima y no podemos menos decir: ¡Cuan equivocados estáis! no queréis sacerdotes y los habréis de tener, porque el desnivel eterno del progreso de los espíritus subsistirá siempre, porque mañana como hoy habrá pequeñitos de inteligencia y grandes en sabiduría. No todos los sacerdotes dejan de cumplir con su deber, y los buenos sacerdotes son necesarios en todas las edades.

Los verdaderos ministros de Dios son muy útiles a la sociedad, porque pueden ser entendidos instructores, pues en su género de vida esencialmente contemplativa, tienen gran posibilidad de entregarse al estudio y la meditación; ésta predispone a la elevación del alma, sublima el sentimiento, y el Espíritu se pone más en contacto con las maravillas de la naturaleza, y puede sentirse mejor, y puede admirar con mayor conocimiento de causa las innumerables bellezas que encierra la Creación. Hasta ahora no se ha llamado sacerdote más que al hombre que se ha consagrado al servicio de Dios, celebrando las diversas ceremonias que tienen las distintas religiones, ofreciendo sacrificios, elevando plegarias, haciendo todo aquello referente al formalismo de las religiones positivas; y a nuestro modo de entender, el sacerdote consagrado a Dios, el ungido que es el instrumento de la providencia y da fiel cumplimiento al mandato divino, no es precisamente el hombre que pronuncia más o menos votos y se viste con traje telar, que el hábito como se dice vulgarmente no hace al monje.

Si el sacerdote es el hombre consagrado a Dios, se puede decir que lo es sin duda alguna el que está consagrado al bien, porque la observancia y la práctica del bien es el sacerdocio, es el único culto digno del Omnipotente, y los hombres consagrados a la fraternidad universal serán necesarios en todas las edades, y en todas las épocas. Hay espíritus cuyo adelanto moral e intelectual llega al grado máximo y en otros no pasa de un punto de grado, o sea una parte mínima; para estos últimos hacen falta hombres verdaderamente entendidos y generosos que se consagren a su educación. Los que no hacen falta ni nunca lo hicieron, son los explotadores de las religiones, los lobos como decía San Pablo con la piel de oveja, los sepulcros blanqueados, los que solo atienden a los intereses terrenales y se descuidan de las muchas moradas que en la Creación nos guarda nuestro padre, ocupándose exclusivamente de las vanidades mundanas, tomando parte activísima en todas las luchas sociales, despertando sórdida ambición en las almas sencillas, trastornando el hogar doméstico, quitando la paz a las familias. Y estos agitadores de todos los tiempos, estos políticos religiosos, estos místicos revolucionarios están llamados a desaparecer: pero quedarán en su lugar los verdaderos sacerdotes, los ungidos del Señor; los que emplean su vida en estudiar la mejor manera de instruir a los pueblos moralizando sus costumbres, dulcificando sus sentimientos, engrandeciendo sus ideas y despertando su inteligencia; estos hombres superiores descenderán a la Tierra en número tan considerable cuanto sea necesario, y estos nobles seres son verdaderamente indispensables para el progreso de las humanidades.

El sacerdote rutinario, el que reza porque le pagan la plegaria, el que acompaña a los muertos recibiendo por ello su gratificación, estos funcionarios del formalismo religioso desaparecerán con el tiempo, cuando sus religiones se extingan en la noche de los siglos, pero lo repetimos, quedarán en su lugar los sacerdotes de la razón, los hombres pensadores que pueden dedicarse al estudio de las leyes divinas, y a éstas amoldar cuanto sea posible las leyes humanas. ¡Los regeneradores de los pueblos! ¡Los profetas del progreso! ¡Los enviados de la luz! ¡Los redentores de los mundos, de las naciones y de las familias! esos grandes sacerdotes serán la esperanza de los afligidos. ¡Serán los guías de las ciegas multitudes! ¡Serán los rayos del eterno sol; que con su luz y su calor prestarán vida a las generaciones, haciéndoles comprender su progreso indefinido! Si el racionalismo religioso, esta escuela creada por Cristo hoy renace, hoy reencarna nuevamente, hoy se levanta porque la tierra preparada está para recibir su savia generosa, y los hijos del adelanto aceptan la misión sagrada de destruir la esclavitud de las castas degradadas, emancipando a los espíritus, perforando las montañas de la ignorancia, única causa de su degradación.

Los hijos del progreso vienen a fundar sobre bases sólidas la asociación universal. ¡Días solemnes son los días del siglo de la luz! los sacerdotes de la razón pronuncian sus votos ante el evangelio de la ciencia, y las comunidades de los sabios se dirigen en peregrinación, los unos al desierto del Sahara para encontrar los latidos del corazón de África, los otros a buscar el paso del Nordeste, aquellos levantar observatorios astronómicos en las regiones polares, otros a pedirle a las entrañas de la tierra su fe de bautismo escrita en las capas geológicas, y todos animados con un mismo sentimiento emprenden esa noble cruzada para conquistar ciertos puntos de la tierra, inaccesibles hasta ahora para el hombre civilizado.

¡Cuán hermoso es este movimiento ascendente! Los trabajos de la ciencia son la plegaria de los racionalistas, y los sacerdotes del progreso nos inician en los misterios de la religión del porvenir. Estos misterios están al alcance de todos los seres algo pensadores, porque reconocen un Dios único, eterno e indivisible; germen de toda vida, porque Él es la vida; principio de toda sabiduría, porque Él es la misma sabiduría; síntesis de justicia, porque Él es la justicia suprema; fuente de amor, porque Él es amor mismo; y este todo de la Creación, esta causa de la cual derivan todos los efectos, tiene por templo toda la naturaleza y por sus sacerdotes todos los hombres que hagan el bien por el bien mismo, recibiendo en recompensa de su noble tarea la eterna supervivencia e individualidad de su Espíritu, la continuidad de su existencia en planetas regenerados, siempre avanzando por la vía de la perfección, sin llegar nunca a la perfección absoluta, porque ésta solo la posee Dios.

He aquí la doctrina racional, he aquí el verdadero desenvolvimiento de la vida, el estudio de sus múltiples manifestaciones, el análisis de sus leyes, el examen de sus principios, el exacto conocimiento del destino del Espíritu, esto y mucho más que nos queda por decir es el trabajo del racionalismo religioso, conquistador incansable a quien no seduce los halagos de fáciles placeres, ni le amedrantan los obstáculos que a su paso le presenta la ignorancia. El racionalismo religioso es el primogénito de Dios, y avanza siempre porque su misión es el adelanto sin tregua.

Es la verdad y la vida que nunca tendrá fin; y los iniciados en tan sublime doctrina, son los hombres designados para ser los sacerdotes del porvenir, porque serán más instruidos que la generalidad. Más compasivos con los delincuentes. Más sufridos en las adversidades. Más confiados en la estricta justicia de Dios. Más humildes y sencillos en la opulencia. Más lógicos en sus deducciones, y con esa falange racionalista, el mañana de la humanidad será un día de sol que nunca tendrá ocaso porque el racionalismo religioso es el Fíat Luz de la Creación.

Amalia Domingo Soler

Extraído del libro «La luz del Porvenir»

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