Tragedias 

Multitudes regresan a la Espiritualidad, diariamente, envueltas en circunstancias trágicas: incendios, derrumbes, terremotos, ahogamientos, accidentes aéreos y automovilísticos…

“¿Por qué?” – preguntan, angustiados los familiares.

La Doctrina Espirita demuestra que tales ocurrencias están asociadas a experiencias evolutivas. No es raro, que representan el rescate de deudas karmicas contraídas con el ejercicio de la violencia en el pasado.

Todos “dudamos” cuando nos vemos con muertes así involucrando a nuestros seres queridos. Muchos, desorientados, se sumergen en crisis de desespero y rebeldía, reacción comprensible ante el impacto inesperado. Solamente el tiempo, fluyendo incesantemente, en el pasar de los días, amenizará sus angustias, sugiriendo un retorno a la normalidad.   

La vida continúa…

Considérese, entretanto, que el desencarnado no puede esperar. Personaje central de la tragedia, se sitúa perplejo y confuso. Aunque amparado por benefactores espirituales, enfrenta previsibles dificultades de adaptación, sintiendo repercutir en él mismo las emociones de los familiares. Si estos cultivan reminiscencias infelices, deteniéndose en los dolorosos pormenores del funesto acontecimiento, fatalmente lo llevan a revivirlo con perturbadora insistencia.

Imaginemos a alguien siendo víctima en un incendio, reviviendo el infierno de las llamas bajo la inducción del pensamiento inquieto y atormentado de los que no se conforman…

En las manifestaciones de esos Espíritus hay una situación común: la llamada para que los familiares retornen a la normalidad y retomen sus actividades, desarrollando nuevos intereses, particularmente los relacionados con la práctica del Bien, bálsamo divino para los dolores de la separación.

En el libro “Vida en el más allá”, psicografiado por Francisco Cândido Xavier, el Espíritu del joven Willian José Guagliardi, desencarnado juntamente con otros cincuenta y ocho, en un accidente con autobús escolar que se precipitó en un rio, en São José do Rio Preto, se dirige a su madre, confortándola. De entre otras consideraciones, dice:

“Estoy presente, rogándote que me ayudes con tu paciencia. He sufrido más con tus lágrimas que yo con la liberación de mi cuerpo… Eso, mamá, porque tu dolor me aferra a recuerdos de todo lo que sucedió y cuando comienzas a preguntar cómo habría sido el desastre, en el silencio de tu desespero, me siento de nuevo asfixiándome.”

Es evidente que no vamos a tener impasible tranquilidad, considerando natural que alguien muy querido parta trágicamente. Por más amplia que sea nuestra comprensión, sufriremos mucho. Tal vez no exista angustia mayor. Necesario, con todo, que mantengamos la serenidad, cultivando una confianza en Dios, no por nosotros solamente, sino, sobre todo en beneficio de aquel que se fue. Más que nunca él necesita de nuestra ayuda.

Richard Simonetti
¿Quién tiene miedo de la muerte?
Traducido por R Bertolinni

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