Memoria de una mujer

Nunca olvidaré el tiempo que viví en mi pequeño cuartito, ¡allí todo era luz! Luz penetraba por la hermosa ventana, luminosas parecían las paredes porque eran más blancas que la nieve, y luz irradiaba la humilde familia a la cual me reuní. Admirando sus virtudes aprendí a respetar a la clase obrera, porque como yo, en medio de mi modesta medianía, en mi juventud no me traté con la gente del pueblo, no podía comprender lo que valían los hijos del trabajo. Y después, como la clase pobre no es la que proporciona ocupación, cuando me tuve que ganar el pan con el sudor de mi frente estaba en contacto con personas ricas y siempre vivía con familias pobres, pero distinguidas, que guardaban todos los miramientos sociales y que no salían a la calle las mujeres sin su mantilla y los niños sin su sombrero. Así es que desconocía por completo lo que era la gente del pueblo, pues sólo había tratado con una anciana fosforera muy poco tiempo, a la cual debí respetuoso cariño.

Tengo un gran placer en recordar a la honradísima familia a la cual me reuní cuando rompí todos los lazos que me ligaban a la época más horrible de mi vida. Eran madre y dos hijas. La mayor era planchadora, y a la pequeña pensaban darle el mismo oficio. La madre era una buena mujer, pero su hija Francisca era un ángel en toda la acepción de la palabra. Se levantaba cuando aún las estrellas enviaban sus fulgores sobre la Tierra, y cuidando de no hacer ruido encendía el hornillo y preparaba su trabajo para ponerse a planchar hasta las doce de la noche, sin más descanso que el breve rato que empleaba para almorzar y comer, porque la cena siempre la hacía de pie doblando camisas. Y a pesar de un trabajo tan continuo y tan penoso, la más dulce sonrisa se dibujaba siempre en su pequeña boca. Cantaba como un canario, nunca se impacientaba ni se quejaba de su suerte. Sumisa a la voluntad de su madre, trabajaba sin descanso sin pedir en recompensa de su constante sacrificio el ir el día de fiesta ni a un baile ni a un teatro ni a un paseo; para ella todos los días eran iguales. Simpatizamos tanto, que los domingos, cuando tenía algún ratito libre, me preguntaba qué era eso de los protestantes y de los espiritistas, escuchándome atentamente cuando yo le explicaba lo poco que sabía.

Le gustaba muchísimo verme escribir, seguía con ávida mirada las líneas que yo iba trazando, y a no haber sido por su madre me hubiera acompañado a las sesiones espiritistas, porque le llamaba vivamente la atención que se viviera muchas veces. Francisca no se trataba con nadie, sólo salía cuando el dueño de la camisería la mandaba llamar para encargarle algún nuevo trabajo más delicado que los demás. Y a pesar de vivir en un círculo tan reducido, ¡cómo tendía sus alas aquel espíritu! ¡Y eso que apenas sabía leer! Mi alma fatigada, fatigadísima, descansaba dulcemente en aquella atmósfera de trabajo, de resignación y de inocentes alegrías, porque Francisca con sus cantos populares, era capaz de alegrar a un difunto. Mientras ella planchaba yo cosía ropa blanca y estábamos las dos tan contentas.

Los domingos escribía mis primeros artículos para enviarlos a “La Revelación”, y cada vez que concluía un escrito sentía un placer inexplicable. Por ir a velar a un enfermo, conocí a una familia protestante y espiritista, compuesta de madre, hija y tres niños. Con la hija, que era viuda, intimé rápidamente. Al vernos la primera vez estuvimos hablando más de tres horas, y ambas quedamos convencidas que no era aquella la primera vez que nos veíamos. Con mi nueva amiga iba a las sesiones espiritistas y a la capilla. Mi hermana en creencias me decía que me fuese a vivir con ella para estar más en mi centro, pero yo quería tanto a Francisca que no quería separarme de ella. Era mi maestra sin darme una sola lección. Así las cosas, una mañana entró Francisca en mi cuarto llorando y riendo a la vez. Se le había presentado un buen novio y su madre y él querían hacer la boda inmediatamente. Se mudarían de casa, se iban muy lejos y su futuro esposo no quería a nadie que no fuera de su familia en su compañía.

Las dos nos abrazamos llorando con el mayor desconsuelo. Ella me decía:

-¿Dónde irá Usted. que la quieran tanto como yo?

Y sólo se calmó su pena cuando le dije que una buena amiga y hermana en creencias me esperaba con los brazos abiertos. Dejé mi alegre cuartito con verdadero sentimiento. En él había dado mis primeros pasos de propagandista del Espiritismo, en él había llorado dulcemente dando gracias a Dios de haberme concedido la luz del cuerpo y la luz del alma. En él había recibido un magnífico ramo de rosas y azahar, que me mandaron los espiritistas alicantinos, presente simbólico que yo recibí con inmensa satisfacción. Contemplando aquellas flores hermosísimas escribí mis primeros artículos espiritistas, que transcribo a continuación para demostrar el estado de mi espíritu en aquella época, que bien puedo llamar de mi renacimiento.

Amalia Domingo Soler.
Extraído del libro “Memoria de una Mujer”

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.