El retraso del desligamiento

Muerte física y desencarne no ocurren simultáneamente. El individuo muere cuando el corazón deja de funcionar. El Espíritu desencarna cuando se completa el desligamiento, lo que demanda algunas horas o algunos días.

Básicamente el Espíritu permanece unido al cuerpo mientras son muy fuertes en él las impresiones de la existencia física.

Individuos materialistas, que hacen de la jornada humana un fin en sí, que no reflexionan de objetivos superiores, que cultivan vicios y pasiones, quedan retenidos por más tiempo, hasta que la impregnación fluídica animalizada de que se revisten sea reducida a niveles compatibles con el desligamiento.

Ciertamente los benefactores espirituales pueden hacerlo de inmediato, tan pronto se de el colapso del cuerpo. Sin embargo, no es aconsejable, ya que el desencarnante tendría dificultades mayores para ajustarse a las realidades espirituales.

Lo que aparentemente sugiere un castigo para el individuo que no vivió la existencia ajustado con los principios de la moral y de la virtud, es solo una manifestación de misericordia. No obstante, la presión y las sensaciones desagradables que vaya a enfrentar, en la contemplación de sus despojos carnales en descomposición, tal circunstancia es menos traumatizante que el desligamiento inesperado.

Hay, al respecto de la muerte, concepciones totalmente distanciadas de la realidad. Cuando alguien muere fulminado por un infarto violento, se acostumbra a decir: “¡Que muerte maravillosa! ¡No sufrió nada!”. Sin embargo, es una muerte indeseable. Falleciendo en plena vitalidad, salvo si es altamente espiritualizado, tendrá problemas de desligamiento y adaptación, pues serán muy fuertes en él las impresiones e intereses relacionados con la existencia física.

Si la causa de la muerte es el cáncer, después de prolongados sufrimientos, en dolores atroces, con el paciente debilitándose lentamente, descomponiéndose en vida, se dice: “¡Que muerte tan horrible! ¡Cuánto sufrimiento!”

Paradójicamente, es una buena muerte. Enfermedad prolongada es un tratamiento de belleza para el Espíritu. Las enfermedades físicas actúan como un inestimable recurso terapéutico, ayudándolo a superar las ilusiones del Mundo, más allá de depurarlo como válvulas de escape de las impurezas morales.

Se destaca que el progresivo agravamiento de su condición torna al enfermo más receptivo a las llamadas de la religión, a los beneficios de la oración, a las meditaciones sobre el destino humano. Por eso, cuando la muerte llega, él está preparado y hasta la espera, sin apegos, sin temores. Algo semejante ocurre con las personas que desencarnaron en edad avanzada, cumplidos los plazos concedidos por la Providencia Divina, y que mantuvieron un comportamiento disciplinado y virtuoso. En ellas la vida física se extingue mansamente, como una vela que oscila y se apaga, poco a poco del todo, proporcionándoles un retorno tranquilo, sin mayores dificultades.

Richard Simonetti
¿Quién tiene miedo de la muerte?
Traducido por R Bertolinni

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