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De todos aquéllos que se acercan al Espiritismo, afirmándose espiritistas, pocos son los que se han definido, apoyados en los objetivos radiantes de su luminosa doctrina. La mayoría aún se contenta con los viejos hábitos del pequeño esfuerzo, admitiendo que su adhesión al Movimiento Espiritista significará suspensión de sus problemas, alejamiento de las enfermedades, a fin de que viva de la misma forma como siempre ha vivido con un pie en el Cielo y otro en la Tierra o, lo que es peor, con los discursos de espiritualización y las realizaciones e intenciones meramente mundanas.

Para el abultado número de personas que llegan al movimiento doctrinario, la marca básica de su carácter es la inmutabilidad de su postura íntima. El Espiritismo es el que deberá, en ese caso ser ajustado a sus hábitos personales, tantas y tantas veces cuantos sean los malos hábitos, para que se digan contentas y satisfechas.

Entre los compañeros que se sitúan en ese contexto de dichos espiritistas, gran cantidad de ellos ignora los conceptos básicos espiritistas, pero hay otros que se esmeran en las lecturas, conocen varios textos y autores, no para sacar la orientación feliz para sus existencias, y sí, a fin de vivir altercando unos con otros, respecto de puntos de vista que, como puntos de vista, estarán siempre sujetos al nivel de madurez y de conquistas de cada uno, sin que, obligatoriamente reflejen el real sentido de las propuestas espiritistas. De ese modo, surgen corrientes de ideas que saben a las concepciones filosóficas de ése o de aquél.

Aparecen contenidos interpretativos completamente dispares de todo sentido común, para retratar las idiosincrasias de sus elaboradores, más vanidosos que reflexivos y lúcidos. No es sin razón que Allan Kardec señala los diversos tipos de espiritistas que más se prestarían a causar perjuicios que auxiliar al progreso de la expansión del Espiritismo en el mundo. Muchos, aun hoy completamente descomprometidos con el conocimiento del mensaje renovador de la Doctrina, andan en busca de cualquiera fenómeno mediúmnico y, cuando lo encuentra, aunque mediocre o de mala calidad, vierten su emoción, dando alas a la imaginación y exagerándolo, llegando al ridículo que siempre trastorna la marcha del Espiritismo. En razón de esa búsqueda irrefrenable de fenómenos, aparecen multiplicados individuos que los ofrecen a cualquier precio, con objetivos de lucro material, de prestigio social, de poder sobre personas incautas, inmaduras o corrompidas que piensan poder comprar las cosas de los Cielos con billetes o monedas terrestres, y todo en nombre del Espiritismo…

El Espiritismo, para ser grande y victorioso entre los hombres, no necesita de esos arreglos, no admite en sus razonamientos lo que no se apoye en la madura coherencia con el equilibrio, con el bien general, con la disciplina. Todos los que lo explotan para obtener cualquier tipo de lucro pasajero o que lo mutilan, a fin de proyectarse, en los procesos de sus vanidades, de eso darán cuenta un día, sin que les falten alrededor de sus pasos aquellos mismos individuos a los cuales engañaron, explotándoles la buena fe o la credulidad, o aquellas otras criaturas a las cuales sedujeron y desencaminaron con sus raciocinios os inmaduros o falseados, únicamente en nombre del personalismo que no pudieron o no quisieron detener. La reencarnación, sin duda, tarde o temprano, pondrá todo en sus debidos lugares, porque nuestro destino es Dios, y Dios es Amor, como bien lo definió el evangelista Juan, pero igualmente es Justicia Perfecta, promoviendo la armonía indispensable en el Universo.

De lo que carece el Movimiento Espiritista, en sus labores, es de aquéllos que se sintonicen con la lógica del pensamiento espiritista aplomada en la consideraciones clarificadoras del Espíritu de la Verdad, capaz de confrontar el avance intelectual terrestre, sin temores, sin tibieza, estableciendo la inquebrantable fe, que hace crecer el alma, iluminarse, libertándose del cruel sentimentalismo o de la exaltación neurótica o, aún, del deseo de dominio de la opinión cuando una luz más alto se levanta, la del Cristo, que el Espiritismo alimenta con los oleos de su celestial inspiración.

Por el Espíritu Camilo

Médium Raúl Teixeira
Extraído del libro “Corriente de luz”

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