Recurso infalible

La muerte, con raras excepciones, es traumatizante. Al final, el Espíritu deja un vehículo de carne del cual está tan íntimamente asociado que se le figura, generalmente, parte indisociable de su individualidad (o toda ella para los materialistas). Por otro lado, pocos están preparados para la jornada obligatoria, cuando dejamos la estrecha isla de las percepciones físicas rumbo al glorioso continente de las realidades espirituales.

Impregnados por intereses y preocupaciones materiales, los viajantes enfrentan comprensibles dificultades. En tal circunstancia, tanto el paciente que se debilita paulatinamente, como los familiares en dolorosa vigilia, pueden valerse de un recurso infalible: la oración.  Por sus características eminentemente espiritualizantes, representando un esfuerzo por superar los condicionamientos de la tierra para una comunión con el Cielo, ella favorece un “viaje” tranquilo para los que parten.

Los que quedan encuentran en ella una tranquilidad providencial que ameniza las sensaciones de pérdida personal, llenando el vacío que se abre en sus corazones con la reconfortante presencia de Dios, fuente bendecida de seguridad, equilibrio y serenidad en todas las situaciones. Sin embargo, la eficiencia de la oración está subordinada a una condición esencial: el sentimiento.

Si simplemente repetimos palabras, en fórmulas verbales, caemos en un proceso mecánico inocuo. Solo el corazón consigue comunicarse con Dios, dispensando verbalismos.

El propio “Padre Nuestro”, la sublime oración enseñada por Jesús, no es ningún recurso mágico, cuya eficiencia este subordinada a la repetición. Se trata de una ruta relativa a nuestra actitud en la oración, iniciándose con la orientación de que debemos estar con mucha confianza, porque Dios es nuestro padre, y termina enseñando que es preciso vencer al mal que existe en nosotros con el combate sistemático a las tentaciones. Se destaca aquella frase concisa “sea hecha tu voluntad, así en la Tierra como en el Cielo”, en que Jesús deja bien claro que compete a Dios definir lo que es mejor para nosotros.

En cualquier circunstancia, particularmente en la gran transición, si nutrimos sentimientos de desespero e inconformidad, saldremos del santuario de la oración tan perturbados y afligidos como cuando entramos.

Cuando el desencarnante y sus familiares controlan las emociones, cultivando, en oración, sentimientos de confianza y arrepentimiento, los técnicos de la Espiritualidad encuentran facilidad para promover el desligamiento, sin traumas mayores para el que parte, sin desequilibrios para los que quedan.

Richard Simonetti

¿Quién tiene miedo de la muerte?
Traducido por R Bertolinni


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