Muerte que no es muerte

Hermana mía: Vas a morir, vas a dejar este valle de lágrimas, este infecundo arenal donde has caminado algunos lustros sin encontrar un árbol que te prestara sombra, ni una fuente que calmara tu sed. ¡Pobre mártir…! Hace diez años que te vi por primera vez: entonces eras joven, simpática y graciosa; en tus ojos irradiaba la esperanza, tus labios sonreían, tus mejillas tenían el color de la rosa en capullo, tus rubios cabellos coronaban tu frente, tu talle gentil se inclinaba con elegante abandono.

La juventud te brindaba sus sueños de oro, y llena de actividad trabajabas incansable, esperando mañana estar mejor. Pero llegó un día en que la miseria se presentó en tu hogar, y desató los dulces lazos de la familia: tu padre y tus hermanos dejaron su nido y huyeron a la desbandada, como las errantes golondrinas; tú te quedaste sola. ¡Pobre Fermina…!

Laboriosa por excelencia, seguiste buscando en la reina del trabajo los filones de la tranquila medianía; pero vino un momento que sentiste frío, hambre y sed, tus labios secos se humedecieron con la sangre que arrojaba tu pecho, tus ateridos miembros sintieron el calor de la fiebre, y no tuviste ni el más duro lecho donde reclinar tu marchita sien.

La aurora del bien apareció: un hombre fijó su mirada en ti y murmuró en tu oído una palabra de amor; más tarde te dio su nombre y encontraste en los brazos de tu esposo el cariño de un hermano, la condescendencia de una madre y el delirio de un amante. ¡Eras feliz! En tus labios pálidos se dibujó una sonrisa, y en tus tristes ojos brilló la alegría. No te ofreció la opulencia su lujo superfluo, pero la humilde medianía te prestó abrigo. Pasó algún tiempo y tu cuerpo débil se inclinó de nuevo y no pudiste dejar tu lecho; sin embargo, entonces no estuviste sola, tenías a tu esposo que constantemente te acompañaba, y que a fuerza de cuidados y de ternura, te quería arrebatar de los brazos de la muerte.

Si la solicitud y el tierno afán tuvieran podrir suficiente para detenernos en este mundo, tu vida se prolongaría como la de los antiguos patriarcas; pero tu misión, se ha cumplido y vas a recibir el premio en otra región mejor. ¡Dichosa tú!. Si algo envidio en este mundo, es tu modo de morir. Cuando estoy a tu lado en tu pequeña casita y te contemplo dulce y melancólica, sentada al lado de tu marido, que te mira con la más santa compasión; cuando te veo lejos de esta engañosa sociedad sin que una mirada indiscreta profane tu santa agonía, sin que tu pensamiento se fije en el mañana, ni la más leve ansiedad fatigue tu delicado organismo; cuando te veo morir con tanta paz, no puedo menos que repetir estos dos versos de Ayala: ¡Oh, cuan dulce es morir como tú mueres! ¡Oh, cuán triste es vivir como yo vivo!»

Tú has encontrado, amiga mía, el único goce que existe en la tierra: un alma se ha identificado con la tuya y habéis formado un solo ser, y antes que el huracán de las pasiones se desencadene, antes que la fatalidad, bajo la forma de una mujer joven y bella para dejarle un agradable recuerdo, y tu espíritu, que lentamente va dejando la envoltura corporal, sin perturbación, sin agonía, entrará en las desconocidas regiones del infinito, consagrando a los seres que té amaron aquí, una tierna predilección.

Tú no eres espiritista, y cuando yo te hablo del Espiritismo te sonríes con incredulidad, pero como el amor hace prodigios, y en un ser tan bueno como tú, mucho más, cuando yo te digo que velarás por él, que estarás a su lado, que enjugarás su llanto y que llegará un día que hablarás con él, cuando yo te pinto la eternidad de los efectos, entonces, ¡oh! entonces quieres creer en el Espiritismo. ¡Qué ciego no desea ver! Fermina mía, para tu adelanto futuro te es necesario qué fijes tu pensamiento en el más allá; no en el cielo ni en el fabuloso infierno; no; sino en esa vida eterna, progresiva, ascendente; en esa perfección que nunca acaba: es preciso que borres del tiempo las tres etapas de ayer, hoy y mañana; el tiempo. Es, no Fue ni Será.

Es siempre inmutable, fijo y eterno. Aprovecha los pocos días que te quedan de estar aquí; analiza, juzga y compara, y verás que los mundos se encadenan, y las generaciones son sus eslabones; que lo que aquí principia tiene su desenlace en otro planeta, y que lo que aquí acaba comenzó en otra nebulosa; que la familia humana conocida con los nombres de padres, hijos, hermanos y esposos, es mucho más dilatada, y sus antecesores se pierden en la noche de los tiempos. ¡Ay! Si yo pudiera inculcar en tu pensamiento las ideas del infinito, si yo te pudiera hacer comprender algo de la vida en la verdadera acepción de la palabra, sería aún más dulce tu agonía; y no dirías con tristeza: ¡Adiós, Amalia!, me dirías sencillamente: Hasta luego.

Alejandro Dumas (padre) decía, contemplando el cadáver, de Lamartine, que envidiaba a los hombres que le decían a un muerto hasta la vista, porque él no podía decirle más que adiós. Yo también decía antes lo que el novelista francés. Este mundo, ¿que da? nada por nada. Hoy soy más dichosa, porque puedo decir que este mundo nos da todo.

Adiós, Fermina: Si estas líneas logran fijar tu atención, y si por una vaga curiosidad me dices con algún interés: explícame el Espiritismo, yo creo que entonces seré médium inspirado, y espíritus superiores me comunicarán sus pensamientos, y serán más tranquilos tus últimos días en la tierra. El cariño más tierno y la compasión más sincera, me impelen a dedicarte estas pobres páginas, muy pequeñas, en la forma, pero grandes, inmensas en su fondo, porque las inspira el amor y la fe.

1874

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro “Ramos de Violetas”

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