Sociabilidad

“El hombre es un animal social”, ya lo decía, con acierto, un famoso pensador de la Antigüedad, queriendo significar con eso que él fue creado para vivir, o mejor, convivir con sus semejantes. La sociabilidad es instintiva y obedece a un imperativo categórico de la ley del progreso que rige a la Humanidad. Es que Dios, en Sus sabios designios, no nos hizo perfectos, nos hizo perfectibles; así para alcanzar la perfección a la que estamos destinados, todos necesitamos unos de los otros, pues no hay cómo desarrollar y modelar nuestras facultades intelectuales y morales si no en la convivencia social, en esa permuta constante de afectos, conocimientos y experiencias, sin la cual la suerte de nuestro espíritu sería el embrutecimiento y la debilitación.

Siendo el fin supremo de la sociedad promover el bienestar y la felicidad de todos los que la componen, para que tal sea alcanzado hay necesidad de que cada uno de nosotros observe ciertas reglas de procedimiento dictadas por la Justicia y por la Moral, absteniéndose de todo lo que las pueda destruir.

En efecto, el buen orden en la sociedad depende de las virtudes humanas. A medida que nos fuéramos esclareciendo, tomando conciencia de nuestros deberes para con nosotros mismos (amor al trabajo, sentido de la responsabilidad, temperancia, control emocional, etc.) y para con la comunidad de la que formamos parte integrante (cortesía, desprendimiento, generosidad, honradez, lealtad, tolerancia, espíritu público, etc.), cumpliéndolos al pie de la letra, menores y menos frecuentes se irán volviendo los temores y los conflictos que nos afligen; más estable será la paz y más deleitable la armonía que deben reinar en nuestro seno.

Además de eso, para que la sociedad funcione y pueda corresponder a su finalidad, existe otro principio que necesita, también, ser observado: el de la autoridad. En el menor tipo de sociedad que se conoce, el hogar, por ejemplo, si aquél que la debe ejercer, el jefe de familia, no recibe por parte de la mujer y de los hijos el acatamiento y la obediencia debidos, la anarquía toma cuenta de la casa, con serios perjuicios para todos los familiares. En la sociedad civil sucede lo mismo. Si los individuos y los grupos no dieran correcta atención a las normas trazadas por el gobierno (que de ellos recibió delegación de poderes para dirigir los destinos del Estado), antes las infrinjan o desobedezcan, el desorden no tardará en hacerse señor de la situación, resultando nulas las medidas propuestas en el sentido del progreso social.

Uno y otro – jefe de familia y gobierno – no deben, sin embargo, extralimitar sus funciones, sea imponiendo una sobrecarga de obligaciones a los que estén subordinados a su jurisdicción, sea frustrándoles el gozo de sus derechos individuales, porque eso, entonces, ya no sería autoridad, sino tiranía y despotismo. Estos conceptos, ampliados, son válidos igualmente para la sociedad natural, formada por el concierto de las naciones, cuyos miembros deben respetarse y auxiliarse mutuamente, haciendo todo por la concordia entre los pueblos y la prosperidad universal, porque, siendo interdependientes, siempre que algunos componentes del cosmos social entren en guerra o se vean comprometidos con crisis económicas, todos habremos, de una forma o de otra, sufrir sus perjudiciales consecuencias.

Ya que la vida social es una necesidad general, ¿qué pensar de aquellos que se aíslan completamente, huyendo (según dicen) al pernicioso contacto del mundo? Por la Doctrina Espírita, tal procedimiento revela una fuerte dosis de egoísmo y sólo merece reprobación, ya que “no puede agradar a Dios una vida por la cual el hombre se condena a no ser útil a nadie”.

Ya aquellos que se apartan del bullicio ciudadano, buscando en el retiro la tranquilidad reclamada por cierta naturaleza de ocupación, así los que se recogen en determinadas instituciones cerradas para dedicarse, amorosamente, al socorro de los desgraciados, obviamente, aunque estén apartados de la convivencia social, prestan excelentes servicios a la sociedad, adquiriendo doble mérito, por cuanto, además de la renuncia a las satisfacciones mundanas, tienen a su favor la práctica de las leyes del trabajo y de la caridad cristiana. (Cap. VII, preg. 766 y siguientes)

Rodofo Calligaris
Extraído del libro “Las leyes morales Según la Filosofía Espírita”

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.