¡Una flor sin abrir!

Entre las muchas dolencias que atormentan al cuerpo humano, una de las más terribles es la tuberculosis, que, por regla general, escoge a sus víctimas entre los jóvenes de ambos sexos. Tiene, sin embargo, esta dolencia, cierta poesía: muchos escritores han contado en sus novelas la muerte de alguna joven tísica, en el momento de engalanarse para ir a un baile, o cuando ha concluido de colocar sobre sus sienes la corona de azahares de desposada, o de escribir en su libro de memorias el itinerario de larguísimo viaje de recreo. Es enfermedad que embellece a veces a sus víctimas, animando de un modo particular la expresión de sus ojos, que adquieren una brillantez fosfórica, extraordinariamente luminosa.

En un viaje que hice a Tarrasa conocí a una niña de dieciséis años, presa de tan implacable dolencia. Durante algunas horas permanecí constantemente a su lado, estudiando en su frente y en sus ojos el porqué de su martirio. Sin ser bella en toda la acepción de la palabra, despierta las simpatías y atrae los corazones. Es blanco su cutis, transparente, ligeramente sonrosadas sus mejillas, una dulce sonrisa mueve sus labios, y en sus ojos, en la expresión de su mirada, se lee un amoroso idilio…

Hija de una familia obrera, su traje era humilde, y sus hermosos cabellos rubios recogidos en largas trenzas con las cuales se había formado un artístico círculo, estaban semiocultos por un pañuelo de seda de vivos colores que cubría su cabeza. A pesar de lo avanzado de la estación calurosa, en junio, estaba sentada delante de la ventana, recibiendo con placer los rayos del sol.

-¿No te molesta el calor, Dolores? -le pregunté cariñosamente.

-No -me contestó, en voz tan imperceptible, que apenas pude oír- le gusta mucho el sol, creo que él me va a volver la salud. ¡Cuán bueno es el sol! ¿No es verdad? A todos quiere lo mismo. ¡Yo le quiero mucho, mucho!…

Entró su madre, la miró como miran las madres a los hijos que se les van a ir, y Dolores le dijo:

-Madre, quiero que me compres un ovillo de lana suiza, crema o grana, para hacerme una corbata, y así la tendré preparada para el invierno. ¡Son tan bonitas!… ¡Corre…, tráeme lo que te pido, que quiero aprovechar el tiempo!

La madre salió de la habitación para que Dolores no la viera llorar; yo la seguí, y la pobre mujer se dejó caer en una silla, murmurando con profunda resignación:

-¡Señor! Si ha de ser tuya, llévatela; pero no la hagas sufrir, porque me van faltando las fuerzas para resistir una agonía tan larga.

-¿Ha oído usted, señora? ¿Ha oído cómo hacía planes para el invierno? ¡Y todos los médicos me dicen que a la caída de las hojas se agotará su vida! ¡Qué pena me da oírla! ¡Válgame Dios! ¡Hace tantísimo tiempo que la veo padecer!

-¿Desde cuándo?

-¡Ay, señora, desde que nació!… ¡Su nombre no podía ser más apropiado, Dolores! Crea usted que continuos dolores ha sufrido desde la edad de seis meses, en que comenzó a padecer toda clase de enfermedades, sufriendo operaciones dolorosísimas.

-¡Pobrecita!

-Bien puede usted decirlo: ¡pobrecilla de mis entrañas! Y para remate enfermó del pecho. Cuantos médicos la han visto, han dicho que no tiene cura, y sin embargo, ella sigue confiada en que se pondrá buena, que es lo que más me parte el corazón de pesadumbre.

-¿Ha tenido amores?

-No, señora; pero se conoce que le hubiera gustado tenerlos; porque cuando ve a los jóvenes que van al baile con sus prometidas, o de paseo al campo, los mira… y no deja de mirarlos hasta que los pierde de vista. Nadie ha podido quererla, porque a una muchacha siempre enferma… ¿quién la va a querer?

Y la pobre mujer se cubrió el rostro con las manos para ahogar sus sollozos. Cuando se calmó algún tanto, prosiguió su relato, y nada más triste que la historia de Dolores.

Volví después al lado de la enferma, en el instante que una tos pertinaz desgarraba su pecho. Sentéme a su lado, contemplando largo rato aquella flor sin abrir, abrasada por su mismo fuego febril. ¡Cuánto me dijeron sus ojos! Vi en ellos una larga serie de deseos no satisfechos. Miraba a las otras jóvenes que la rodeaban, con el mayor cariño, les hablaba con ternura, y no obstante ser muy dulce su mirada, notábase en ella esa envidia dolorosa, oculta, inexpresable, que siente el desgraciado ante la felicidad ajena. ¡Cuánto me hizo sentir la mirada de aquella niña! ¡Cuánto compadecí su infortunio! Besé su frente pálida, humedecida por un sudor copioso, y al besarla, Dolores se estremeció de alegría: había nacido para amar y anhelaba ser amada. Por la noche la estuve contemplando sentada junto a su lecho, y al verla tan flacucha, tan enferma, tan rendida de fatiga, pero con aquellos ojos tan brillantes, tan animados; al comprender la terrible lucha que sostenía aquel espíritu con su cuerpo, me dije con amarga ironía:

« ¿Quién podrá dar una explicación satisfactoria de por qué esta pobre niña, blanca paloma sin hiel, ha de haber sufrido desde que nació, sin gozar las santas alegrías de la infancia, ni los delirantes placeres de la juventud? » ¿Por qué esos ojos tan dulces, tan expresivos, que prometen un cielo de amor, no han encontrado otros espejos del alma, que reprodujeran la expresión apasionada? » ¿Por qué esos labios, secos por la fiebre, no han recibido el ósculo de otros labios húmedos por la emoción  sedante, lubricante del amor? » ¿Por qué esa joven que presiente los goces de la vida, se va de la Tierra mirando con dolorosa envidia a las otras jóvenes que viven gozando plenamente de las ilusiones juveniles? » ¿Qué culpa ha cometido

en esta existencia, si antes de balbucear el dulce nombre de madre tuvo que llorar de dolor, víctima de agudos sufrimientos?»

Cuando besé por última vez la frente de Dolores, tuve que apartarme de ella rápidamente para que no me viera los ojos arrasados de lágrimas. ¡Yo no sé qué es más triste, si ver agostarse una flor antes de abrirse, o verla deshojada sin que una mano piadosa recoja los pétalos secos! ¡Dolores! Sólo una vez te he visto, y probablemente dejarás la Tierra sin que mis labios vuelvan a besar tu frente. Cuando estés en el espacio y te des cuenta de que vives, préstame tu inspiración, cuéntame lo que sufriste en este mundo al sentirte morir sin haber vivido, puesto que no has amado, o mejor dicho, no has sido amada, y tú deseabas serlo. Sí, sí; tú has sentido, tú sientes la necesidad de querer. ¡Pobre Dolores! Todo el perfume de tu alma ha

quedado guardado en su capullo. Cuando estés en el espacio, dime tus penas, que deben haber sido muy grandes. Cuéntame si en esas regiones viven las almas como tú has vivido aquí; si también hay seres cuya existencia se asemeje a una flor sin abrir. ¡Dolores!…, ¡tú no has vivido en la Tierra; dime si sonríes en la eternidad!

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro «Cuentos Espiritistas»

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