El vicio de las drogas

El vicio de las drogas se caracteriza por el impulso prácticamente incontrolable del viciado en buscar satisfacción en el ilusorio placer que las mismas pueden proporcionarle. La búsqueda de la droga evidencia la esclavitud en la que se encuentra el viciado, que busca en la misma manifestar su independencia con relación a sus semejantes, o a una situación que aparentemente disminuye su posición en la familia o en la sociedad, y reacciona agresivamente, procurando evidenciar un sentimiento de superioridad.

La inducción a las toxicomanías vienen, casi siempre, de la influencia o de la convivencia con los viciados, que pueden despertar, inicialmente, la curiosidad de las personas hacia su uso, llegando, así, a las primeras experiencias, aparentemente inocuas y que pueden proporcionarles un estado de euforia, de ilusoria disposición y coraje, para enfrentar situaciones en la vida, pero que exigen la continuidad de su ingestión.

Los principales efectos de esas sustancias en el organismo, están subordinados al área neuropsíquica, afectando a su propio juicio, los conceptos e ética y de moral, y donde van surgiendo lagunas progresivamente crecientes, que se caracterizan por la falta de respeto a los valores humanos, llevando a la persona a volverse un antisocial, que no reconoce las barreras de respeto que debe mantener con los semejantes, tanto en la familia como en la sociedad. Para satisfacer sus necesidades puede realizar asaltos, robos, secuestros o llegar al propio homicidio, llegando a la adquisición de drogas. Son vicios que no miran edad, sexo, raza, profesión o situación social, envolviendo, paralelamente, innumerables personas que se encuadran como mercaderes, traficantes y camellos, poniendo en riesgo la seguridad y la tranquilidad de la sociedad.

Prevención de los Vicios

La mejor manera de combatir los vicios consiste en evitarlos. Para ello, son los mismos aquí señalados, para que las personas, responsables de la educación y orientación de los jóvenes, tengan siempre presente el riesgo a que los mismos están sujetos, envolviéndose descuidadamente en compañías de personas viciadas y en la realización de las primeras experiencias con las sustancias causantes de los vicios.

La represión de los vicios no puede hacerse solo con medidas policiales, por más enérgicas y continuas que sean, debiendo comprometer la colaboración de la sociedad, a través de la formación de buenos hábitos de vida de juventud, que está particularmente expuesta a los mismos. Son acciones que deben integrar a las familias, a las asociaciones deportivas y culturales, a las instituciones religiosas y, particularmente, a las escuelas, basadas en la educación integral, mostrando a los jóvenes que ellos son seres humanos, son almas vivientes, responsables delante de la Creación, y que pueden superar las tendencias que los llevan a las ilusorias facilidades en la vida.

La educación es una fuerza poderosa que, vivificada por el ejemplo, por el interés y por el esclarecimiento en el momento oportuno, puede contribuir para formar a las criaturas responsables, dedicadas al trabajo y a la solidaridad que deben envolver a las atribuciones de la vida. Considerando que los vicios están relacionados a disturbios del alma, no se puede esperar que los mismos sean sanados en un corto periodo de tiempo. La Educación Espiritual va de encuentro a las necesidades de esclarecimientos del alma, mostrándole su naturaleza y sus posibilidades de ascender a planos más elevados de esclarecimiento, alcanzando su liberación, de moldes a que se mantenía, sometida por la condición de supervivencia humana.

La Educación Espiritual quiere promover la reforma interior del ser humano, que asume una nueva dimensión de vivencia, al vencer ese escalón de su evolución espiritual, volviéndose capaz de dirigir sus propios actos, y alcanzar planos más elevados de desarrollo.

Tratamiento

Para el tratamiento de los males resultantes del uso de las drogas, la Medicina dispone de admirables recursos, importantes para controlarlos, prácticamente en todos los rincones de la Tierra, aunque ese trabajo no dependa tan solo de las acciones médicas, requiriendo de la sociedad mucha dedicación, respeto y amor. Abordando ese problema, André Luiz, en el libro En El Mundo Mayor, afirma: “La medicina inventará mil modos de auxiliar el cuerpo alcanzado en su equilibrio interno; por esa tarea edificante, ella nos merecerá siempre sincera admiración y ferviente amor; mientras, compete a nosotros practicar la medicina del alma, que ampare al espíritu ligado a las sombras…”. Y continúa: “Es menester encender, en derredor de nuestros hermanos encarnados en la Tierra, la luz de la compasión fraterna, trazando caminos definidos a la responsabilidad individual. Haya más amor ante los valles de la demencia del instinto, y las derrocadas cederán lugar a experiencias santificantes”.

El tratamiento médico se basa fundamentalmente en la asistencia médica y psiquiátrica. Paralelamente, debe hacerse el tratamiento espiritual como la fluidoterapia y demás recursos que se aplican, igualmente, tanto para la prevención como para el tratamiento de las enfermedades del alma. Existen muchas personas que buscan el tratamiento espiritual y esperan obtener la cura inmediata, en un abrir y cerrar de ojos, como si fuese un acto de magia, que las hiciese volver a la normalidad.

Por lo general, la cura espiritual requiere profundidad de propósitos y continuidad de acciones, que llevan a la transformación íntima de la persona, sobre el problema que está enfrentando. Esa transformación, también llamada de reforma íntima, es un proceso que resulta de la educación del alma y requiere la completa adhesión del enfermo al tratamiento instituido. Es a educación que se realiza con la libertad de culto y con responsabilidad de propósitos, de acuerdo con el concepto según el cual Jesús no está encerrado entre las paredes de un templo, sino que alcanza la inmensidad del Universo, como Cristo cósmico, y está presente entre las personas de buena voluntad que pautan sus propias vidas según la Ley de “Amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo”. (Mt 22, 37-39). A través de la educación espiritual, la persona procura valorizar el conocimiento basado en la realidad del alma y comprender los recursos que le son proporcionados para aminorar sus problemas.

Extraído del libro “Enfermedades del alma”

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