Vida y valores (Jesús y su Navidad)

En la antigüedad encontramos una fiesta muy curiosa, realizada en Europa Occidental. Era una fiesta en honra al dios Apolo, que demarcaba oficialmente la entrada del solsticio de invierno. Esta fiesta era marcada el día veintidós de diciembre, cuando entraba oficialmente el riguroso invierno europeo. Esa era una fiesta que reunía mucha gente, principalmente en Roma, porque el templo de Apolo atraía mucha gente, de todas las regiones dominadas por Roma, alrededores, para la fiesta que tenía lugar en la Capital. Era una fiesta que hoy llamamos, los historiadores llaman, de una fiesta eminentemente pagana porque, durante tres días, el pueblo se unía en torno a la figura del dios Apolo, que representaba el sol.

En la hora en que el cielo de Europa se estropeaba, que la nieve comenzaba a caer y que el sol desaparecía, el pueblo hacia provisiones, evocando la presencia del sol, que siempre pasaba en el carro de Apolo. Era Apolo que conducía, en su carro, el sol. Y, en Europa Occidental, era común que las personas, principalmente las dueñas de casa, pusiesen las frutas de las diversas estaciones para secar, para deshidratar, al fin de que pudiesen comerlas en invierno. Preparaban panes, alguna pieza de tejido para que, en ese día, pudiesen intercambiar entre sí, las vecinas, los familiares. Solo entre las señoras eso sucedía y, al lado de todo eso, se homenajeaba el solsticio. Fue gracias a esa festividad, en honor a Apolo, que surgió la Navidad. La navidad de Jesús. Porque, todos sabemos, que nadie jamás descubrió a lo cierto, cual fue el día en que Jesús nació, una vez que hubo, después de Su nacimiento, cambió el calendario. Pasamos a vivir bajo el calendario de Dionisio, el pequeño Abad Dionisio, el exiguo. Fue aquel calendario que colocó dos meses nuevos en el calendario hasta entonces inexistente: los meses de julio y agosto, los dos con treinta y un días, en homenaje al Emperador Julio Cesar, el Emperador Augusto. Como los dos eran meses en homenaje a los dos grandes Emperadores, no podía uno tener más días que el otro. Fueron cogidos dos días del mes de febrero, que pasó a tener veintiocho días.

Ahora, en ese trabajo del calendario, nadie jamás supo cual fue realmente el día en que Jesús nació. Algunos pueblos de Oriente admiten que Él había nacido en octubre, otros en enero, otros en diciembre. Pero, eso es de menos importancia. El día que homenajeamos la Navidad hoy, es una fecha ficticia, es una fecha tradicional, es una fecha postiza, hilvanado por la Iglesia. ¿Y, como fue que la Iglesia decidió escoger esa fecha? La Iglesia Católica entendió que, siendo Jesús Cristo un Gran Señor, y que merecía un gran homenaje, debería ser hecha tal homenaje en un día en que se reuniese el mayor número de personas en Roma. Debería ser una fiesta ya existente, para traer, para atraer a Roma, un número enorme de visitantes. Y se pensó exactamente en esa fiesta del solsticio, que atraía mucha gente a Roma. Durante tres días el pueblo comía, bebía a voluntad, en torno al templo de Apolo, en los famosos chiringuitos, que no son como los actuales, no son cosas modernas, son cosas muy antiguas. Y porque Roma tenía varios vomitorios por la ciudad, el pueblo comía, descargaba, para volver a comer. Durante tres días. Era una fiesta verdaderamente pagana, de comidas y de bebidas sin límite.

Ahora, en el tercer día de fiesta del solsticio, día veinticinco de diciembre, se daba la gran procesión, con la imagen del dios Apolo, que rodeaba el templo y, volvía a su altar, bajo la ovación del pueblo excitado, ebrio, feliz, a su modo, en aquella fiesta notable del solsticio. A partir de ahí, la fiesta de Jesús Cristo fue realizada en solsticio de invierno, en diciembre, en Europa Occidental. Desde ahí, el mundo cristiano pasó a admitir que Jesús Cristo nació en el día veinticinco de diciembre. Es para nosotros un día simbólico, no es verdaderamente en esa fecha que Cristo vino a la Tierra, que Jesús vino al mundo, pero nos acostumbramos a esa fecha, ella ya se tomó lugar en nuestro íntimo, en nuestra conciencia cultural. Por causa de eso, no hay ningún problema en escoger cualquier fecha para homenajear la venida de nuestro Maestro al planeta.

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A partir del momento que sabemos que la fecha de la Navidad es una fecha simbólica, que nosotros ya pusimos en nuestro psiquismo cristiano, vale la pena pensar que Jesús Cristo nace en nosotros, nace en cada criatura, en periodos diferentes de su vida. Un notable escritor paulista escribió, en uno de sus cuentos, en uno de sus trabajos, una página titulada: ¿Jesús nació, donde y cuando? Esa página vino firmada por Vinicíus, que era el pseudónimo de Pedro de Camargo. En ese mensaje, él procura situar, por ejemplo, en la vida de María de Magdalena, cuando fue que Jesús nació para ella. No nació en ningún veinticinco de diciembre, nació en aquel día en que la retiró de la prostitución, para darle una vida notable, de respeto, de autorrespeto. Si preguntásemos a Simón Pedro, cuando fue que Jesús nació para él, ciertamente podría responder que Jesús nació, después que él le había negado tres veces y se dio cuenta del equívoco y, cuando el Maestro apareció para él, abriéndole los brazos, como si nada hubiese pasado, en nombre del amor y del perdón.

Jesús nace para cada una de las criaturas humanas, para cada uno de nosotros, en un momento diferente, en un momento de dolor, de muerte, de dificultades financieras, de enfermedades de un pariente, de un hijo, en una hora de desespero o en un momento de gran ternura y de inmensa paz. Luego, es importante que la Navidad sea más que una fiesta en honor al comercio, y de las ventas de final de año. Importe que, para nosotros, la Navidad sea una fiesta de intimidad, de corazón, de familia, de amor. Es natural que podamos aprovechar esa fecha de Navidad, que el mundo conmemora, que la Iglesia instituyó, para reunir nuestra familia. Todas las fechas que podamos usar para el bien será una buena fecha para el bien. Reunir a la familia, cenar, comer, cambiar mimos, ningún problema. Lo que deberíamos tener cuidado es de no transformar la Navidad en cambio de regalos. No convertir la Navidad en la mesa llena de comida y de bebidas. No, no es eso la Navidad. Nosotros nos valemos de la fecha de la Navidad para hacer esa confraternización, conscientes de que lo más importante que cambiar regalos, todas las comidas que tengamos, bebidas que bebamos, lo más importante es abrir nuestra intimidad, nuestra gruta en el corazón, para que ahí, entonces, Jesús pueda nacer.

Sería válido cada cual de nosotros preguntarse: ¿Será que en la vida que yo llevo, de la manera como lo llevo, Jesús ya nació para mí? ¿Será que Cristo corresponde para mí una realidad viva o aun es un mito reverenciado en los altares, colgado en el pendentif?. ¿Qué es Jesús para mí? Entonces, en esos tiempos de tantas adaptaciones, cuando el mundo actual convirtió a Jesús Cristo en un producto vendible, en un producto comparable, a cada cristiano autentico, a cada cristiano consciente de cuanto representa para sí el mensaje del Nazareno, se pueda preguntar: ¿Será que yo ya permití que Él nazca en mi corazón? ¿Será posible que Jesús Cristo ya exista en mi interior? Y, cuando seamos conscientes de que Cristo ya nació en nuestra intimidad, a pesar de todos los ademanes en torno de esa fecha, de las ventas, de las compras, de muebles nuevos, de la casa nueva, de los parientes, de las comidas, de las bebidas, si, a pesar de todo eso, y más allá de todo eso, nosotros ya habremos conseguido que Jesús Cristo anide en nuestro corazón, ya habremos logrado entronizarlo en nosotros, nuestra vida habrá ganado calidad; porque es necesario, como estableció, Juan el Bautista, conforme a las notas de Juan, el Evangelista, 3:30: Conviene que Él crezca y que yo disminuya.

En la medida en que vamos permitiendo que Cristo crezca en nosotros, a través de nosotros, a partir de nosotros, es natural admitir que vamos creciendo con Él. Cuando deseamos crecer, sin la presencia de Cristo en nuestra vida, crecemos como la cola de un animal, crecemos para abajo y, naturalmente, nos volvemos personas infelices. La navidad de Jesús no puede ser una mera conmemoración de mesas y de comercio, de intercambios y de alegrías, sino deberá ser el momento de profunda reflexión, para comprobar si ya somos capaces de convertirnos, íntimamente, en la cuna, en que nació el Celeste Amigo.

Raúl Teixeira

Transcrição do Programa Vida e Valores, de número 118, apresentado por Raul Teixeira, sob coordenação da Federação Espírita do Paraná. Programa gravado em outubro de 2007. Exibido pela NET, Canal 20, Curitiba, no dia 21.12.2008. Traducido por Jacob.

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