La lluvia de los ojos

“Llueve.
En la fuente de las aguas, llueve.
En la frente de las lágrimas del pasado callado.
Lavando la lluvia de los ojos cansados.
Lloviendo en los mares, en los mares amados.”

¿Hace cuánto tiempo que usted no llora? ¿Hace cuánto tiempo sus ojos no son inundados por lágrimas, por estas pequeñas gotas que parecen nacer en nuestro corazón? ¿Hace cuánto tempo? Así como el fenómeno natural de la precipitación atmosférica, la lluvia, realiza el trabajo de purificar la tierra, el agua y el aire, también nuestras lágrimas tienen tal función. La de limpiar nuestro interior, la de exteriorizar nuestras emociones, sean ellas de alegría o de pesar.

Necesitamos aprender a expresar nuestros sentimientos. Nuestra cultura posee conceptos arraigados, como el de el “hombre no llora”, o que “es feo llorar”, que surgen en nuestras vidas desde cuando niños, en la educación familiar, y acaban por interiorizarse en nuestra alma, continuando presentando manifestaciones en la vida adulta.

Seamos hombres o mujeres en la Tierra, sepamos que todos nos dirigimos para la búsqueda de la sensibilidad, del autodescubrimiento, y de la expresión de nuestros sentimientos. Todo lo que dejamos guardado vendrá de vuelta, tarde o temprano. Si fueran buenos los sentimientos contenidos, estaremos perdiendo una oportunidad valiosa de traerlos al mundo, mejorando nuestras relaciones con el prójimo y con nosotros mismos. Si fueran sentimientos desequilibrados, estaremos perdiendo la oportunidad de encararlos, de analizarlos, y de tomar providencias para que puedan ser erradicados de nuestro interior.

Las barreras que nos impiden de emocionarnos, de llorar, son muchas veces las mismas que nos hacen personas cerradas y retraídas. Barreras que necesitamos romper, para que nuestros días puedan ser más leves, más limpios, como la atmósfera que recibe el agua de la lluvia, y en ella encuentra su purificación. Las lluvias de los ojos hacen un bien muy grande.Desahogar, colocar hacia fuera lo que angustia nuestro interior, o lo que le da alegría, es un ejercicio precioso.

Un hábito saludable. Decir a alguien cuanto lo amamos, cuando este sentimiento surgiera en nuestro corazón – incluso sin un motivo especial –, será siempre una forma de fortalecimiento de lazos. De construcción de una unión más feliz, y principalmente, un recurso para elevar nuestra autoestima, nuestro auto amor.

* * *

Dios nos concedió la lluvia para regar los campos, para hacer más puro el aire. También nos regaló con las lágrimas, para que nuestros paisajes íntimos pudieran ser regados, y para que los aires del Espíritu encontraran la pureza.

Redacción del Momento Espírita.
Traducido por Isabel Porras.

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